domingo, 1 de noviembre de 2009

Y A POCO NO?


MALDITO ALCOHOL

VENENO QUE EMBRUTECE

ME QUEMAS LA GARGANTA

Y LUEGO ME ENLOQUECES.


MALDITO ALCOHOL

MIL VECES TE MALDIGO

TU ERES EL CAUSANTE

QUE ESTE HECHO UN MENDIGO.


QUISIERA YO PODER PODER

OLVIDARME DEL PASADO

CURARME LAS HERIDAS

QUE EL AMOR ME HA CAUSADO

ALEJARME DE ESTE MUNDO

DE PERVESOS DE MALVADOS.


MALDITO ALCOHOL

AMIGO Y CONFIDENTE

TU AHOGAS MI DOLOR

CUANDO MIS PENAS CRECEN.


QUISIERA YO PODER PODER...


JULIO JARAMILLO

martes, 15 de septiembre de 2009

satanás



SATANÁS



I
Al parecer lo que era luz
fue amplio resplandor de las cosas
que brillaron sin la oscuridad
del objeto mundano.

El envase de cerveza,
incluso su majestad la nube:
quebradizos esqueletos
del primer alumbramiento.

Pero como todo eso te será obvio,
te contaré de qué manera
conversan los peces:

hacen así y asá con una aleta
y asá y así con la otra,
como tú das vueltas en tu pecera de concreto.

Era una mascara el mediodía,
un holgado faldón para soterrar la tarde
en el ardor de un secreto por mí revelado,
por mí acontecido fue que lo vi de visto,
al Cristo apaleado fumar mi cigarro,
probarse mi sombrero,
escribirte la carta de este martes enlutado.

Te habló de la cajita socrática para el daimon,
copió un pétalo de flor y canto
donde bailó con su bondad ahogada.

Lo que ves arrugado,
removidas las letras por el borrador,
era una nota simple donde había escrito:

Querido Judas,
el ojo del universo no es infinito, pero sí la mirada,
tan eterno es el esplendor de lo visto
que garabateo sin descanso su nombre
aunque sobre el alma pesa el nombre mío,

es una Eva que todavía no sueña con el sapo,
pero no puede ser una bruja, sin la dulzura disidente,
es una chava loca que agarra la onda,
pero no puede ser la cariátide de ningún templo, con la cabeza tan erguida,
es una rubia bendita entre las rubias,
pero no es bálsamo para mordida de dragón,
por la amargura en que se hunde.

A esta mujer la componen cuatro triángulos
con nueve lunas gitanas
cosidas en una falda de mirtos,

el sol pasó su esmeril de orfebre
por la dermis para que radiara como él
y como él por la noche siguiera caliente,
en la medida de todo lo cálido.
Prometo encadenar el porvenir de mis visiones,
el ojo arrojará el trofeo,
seré de la tierra como es ella,
seré dentro de ella y fuera,
seré las cosas y lo que habla en las cosas,
tiempo sin calendario, estaciones sin nombre,
seré el estallido, la ráfaga de balas.

A nadie contaré lo que he visto.

II
Cualquier prado no es hogar para mi carne,
no preciso narcisos pero sí un amplio jardín
donde salir las mañanas
a orar el credo para las aves que persisten,

a plugar por mi desgracia encadenada
bajo todos los suelos del universo,
condenado como he vivido
mi revuelta no es ya la confusión,

aunque ahora comprendo al
vidente rubio que dictó
a su hija mi epopeya,
no persigo absolución para mi castigo,
el crimen llegó cuando me acusaron,
no es verdad que soy un renegado,
quería tan sólo algunos hilos
con los que juegas a bailar a esos tipos,
yo tampoco comprendo su pleitesía que los castiga,
escupo larvas cuando escuchó sus lamentos,
han llamado a las puertas de mi casa
para brotar de su vicio mi tormento,

no persigo más a la liebre del paraíso,
el tiempo vedó mi estirpe,
ahora soy de carne, de mármol,
de aluminio, de fibra, de pluma,

yo, al contrario de ti, nunca quise estar en todas partes.
III
En los días del diluvio
el barullo fue gotera,
fue relámpago, correr de agua fue,
apareció sin que mi escena diera fin,
en pleno escenario interrumpió mi pathos,
en pleno brote del zacate sacó las tijeras.
Me salvó de sujetar el cuello a la correa,
pero me quitó sus nalgas tan bonitas, tan redondas,
por usted no iré más a las fiestas de la familia,
ni estaré nervioso si el padre se emborracha y grita,
pero no tendrán barullo de hadas dulces mis tímpanos,
si el verbo deja de ser traicionero
y sede algo de su gloria a la ignorancia
de mis días precedentes,
daré amor empaquetado
en lustroso revoltijo de temores y papeles,
por supuesto:
se trató de amar a una mujer oscura, pero inocente.

IV
Confiscada la piratería
que ironía que ironía
saldrán a vender más los viejos
parroquianos de la copia maestra,

encontrados la divina mendicidad
y el pulcro derroche
armaran revuelo los duques,
los condenados y los presos,

ya el cuerpo reciente las espinas de la cama,
es hora de saludar a la mañana hedionda,
el día hediondo, el autobús hediondo.

Sonríale si quiere a las margaritas
rotas que lo asaltan en los semáforos,
esos fantasmas de hule que no soñaron
Sor Juana ni Byron.

Pero que en su viaje al leteo,
Lucifer sí conoció encaramadas en su lecho
de rosas negras y aromáticos servicios
de té japonés.


Porque estoy convencido de que es el más dulce de los ángeles,
le ofrezco el latido de la fría tarde y el zumbido rapaz
de la autopista y la desgracia
de las nubes apelmazadas.


Para que nos procure el olvido feroz
con que castigan los reyes a los súbditos,
con que aceptó Moctezuma la sumisión de los antiguos,
con la que me siento en la fuente a esperar
a que llegue de no sé donde y a no sé qué,
pero ebria y diciendo en mi oreja:
me quiero picar la vena,

cuando sienta la punta dentro del musculo
bendeciré la maravillosa oportunidad de aniquilarme
y nadie estará ahí para pergeñar las gracias de la tierra,
sólo laudes y guitarras eléctricas chillarán
en la mecánica noche del bien morir,

estoy listo, venga la estocada épica
del aguijón, venga el derrotero continuo
de mis esfuerzos, venga el amigo fracaso
a dormirme entre sus brazos.
V
Qué es la raíz de la flor
sino una condena que aferra
la dulzura del color a la tierra,

y qué el amor sino otra
cara de el hambre de los cuerpos,
y qué el hambre de los cuerpos:
nostalgia de lo que no se dio,
cosquillas arrepentidas todo el día.

Elijo tu providencia de pantalla,
porque es adorable
como una nube que
dispersa el humus en los parques,

nuestra conversación de confesionario,
nuestros secretos palpitados,
puestos ahí, a la usura de los incrédulos.

Si observaras la flor de la embriagues
que me hace pensar en Kleist,
te escribiría como él cartas largas a Enriqueta,
quizá podría hacerte soñar
mañanas mandarinas
con la complicidad de la bala que se entierra.
VI
Contempla los arbustos enraizar
ansia oscura,
haz como las hormigas:
guarda en lo ajeno.


Tibio licor en el saco,
un trago rápido para adormecer,
uno largo para despistar.

Por el oriente
hacia la punta de tus pies
no hay sol que apueste
en el mismo juego de obscurecer.

Es el tedio la mano tendida del engaño,
usted y yo la palma que busca estrecharse,
usted manía de escarabajos,
yo líquenes de no ver,
espejuelos simétricos,
usted la calma,
yo el ansia domesticada,
usted usted usted
y yo.
VII
Un ave murió en el patio,
cambié el frio lecho de su finitud
por la tersura del cartón
de una caja de zapatos.

La caja trinaba,
me acerqué para desmentir el milagro
y calló por fuerza del canto
de diez aves la tapa.

Vibró en mí lo que es y no cascara
de odio que odiaba al esperpento,
los pájaros alzar las alas no podían
cantaban, cantaban, cantaban.

De madrugada era cuando abrí
el nido no formado,
volaron cenizas por la ventana.

Vienen las aves las tardes todas aquí,
vienen volando en la negritud
¿traerán mis ojos
que se llevaron de aquí?
VIII
Ciempies azul
camina la mitad del sí
la mitad del no
fabulosa estrella
centrifuga su risa
en el pavimento
será verdad
lo que sueñan
los hombres
atrapar moscas
ya es la guerra
y reír ancho
ampliar cínico el desquicio
decir te amo
vacuidad de palo
para vientos huecos.

IX
Para descorazonar una manzana
hay que purificar la cuchilla
que penetra al fruto
de la conciencia y de el culo.

Cuchilla enhiesta
en la izquierda profana,
la pulpa revelada,
centro de una vagina amplia,
ejemplifica.

Corta la mano filosa,
imaginó como de costumbre
la Avenida Juárez de todo el país
chillar el alarido herido
de la orfandad sacra en el hurto.
X
¿Por qué no te corto como a la manzana
el corazón con mi mohoso cuchillo
cubierto de espinas que curan?

¿Por qué cifro la sintaxis en
versos que nacen del deseo
y no de la conciencia?

¿Y el escondrijo de la rata esta,
acechar por oficio el recuerdo
de tus, simplemente, dulces gestos?

domingo, 16 de agosto de 2009

ESE CHICO CHE SABÍA DE LO BUENO




Pues dandome un rol en esta telaraña-internet, encontré una sabrosa cumbia del que ya era mi cumbiero favorito CHICO CHE; su ritmo es contagioso, su letra ingeniosa y precisa, sus chistes mamonsísimos, su vestuario curioso, este si es el pinche rey de la cumbia y pa' acabar le compuso una rola a mi unico amor Mary jane.


aqui tienen la letra de "La mata de mota" y si pueden metanse a la página a escucuchar este cumbión en honor a todos los adoradores de santa juanita.

LA MATA DE MOTA


EN UNA MATA DE MOTA
MI HAMACA YO LA COLGUE
Y COMO ESTABA GRANDOTA
A SU RAMA YO ME TREPÉ.


EMEPECE A CORTAR SUS HOJAS
UN CARRUJO YO FORJÉ
CUANDO LLEGO LA TIRA
JUNTO CON ELLOS ME LA TRONÉ.


¡PERO HAY QUE RICA SÍ QUE ESTA LA MOTA!
YO NO LE HAGO NO A OTRA COSA
YO LA FUMO SÍ CON MI NEGRA
PERO QUE RICA SI QUE ESTA LA YERBA.


EMEPECE A CORTAR SUS HOJAS
UN CARRUJO YO FORJÉ
CUANDO LLEGO LA FLOTA
JUNTO CON ELLOS ME LA TRONÉ.


PERO AY QUE RICA SI
YO NO LE HAGO NO
A OTRA COSA
YO LA FUMO SI
CON MI NEGRA


PERO HAY QUE CHIDA SI
QUE CHIDA ESTA LA YERBA.

sábado, 1 de agosto de 2009

OTRO CUENTO

SOLUCIÓN SENSILLA A UN PROBLEMA COMPLICADO
Habíamos llevado hasta la orilla del mar un par de sillas, veíamos a las olas estrellarse, luego a la espuma retornar al océano. Sentía que los cangrejos, los mosquitos, todas las otras criaturas hacían lo mismo, que se detenían en un punto apacible y contemplaban al jefe mar rugir poderoso, imponiendo su presencia como un viejo que detesta las visitas.
Marcela me había invitado a pesar de que le confesé que no me gustaba viajar, a pesar incluso de que no tenía un peso en la bolsa, me rogó para que la acompañara. Pensé que estaría bien si salía un momento de mi casa, que podría pasar una semana muy cómoda en el mar, con todos los caprichos pagados.
Fuimos a la playa con Antulio y Mersilda, una pareja de maestros universitarios que eran amantes y no podían frecuentarse con libertad en la ciudad; Clara, hermana del maestro, Miriam una niña de siete años, sobrina de Marsela, ella y yo.
Por suerte Mersilda había pedido prestada una camioneta a su padre, no tuvimos que lidiar con los transportes públicos, pero sí con el endemoniado compac de los veinte éxitos de Barney que la ridícula sobrina adoraba; alcancé a contar cinco re inicios, más seis del track quince que la chiquilla cantaba con especial tono de rata atrapada.
Marsela iba a mi lado, la estimaba, pasaba buenos ratos de risa, me excitaban mucho sus senos enormes, en realidad enormes, me regalaba cerveza de su bar, me compraba coca los sábados, aunque ella no inhalara, sólo para que mantuviera firme el palo. Ponía la mano sobre mis huevos, los acariciaba cuando se hacia la dormida, con la cabeza apoyada en mi hombro, se creía que aquello me gustaba, hacerme sentir como el muñeco en el pastel de la boda.
Clara se había sentado a un lado de Marsela, con ella terminé de convencerme de viajar, la conocí mientras subía el equipaje a la camioneta e intentaba contestar las miles de preguntas que me hacia Miriam; llegó con su hermano, era bonita como un adagio de Shubert y como todo lo que es contrario a la feo. Mientras las ruedas nos conducían fuera de la ciudad me gustó verla recargada en la ventanilla, reír con la plática de su hermano, dejándome ver la hermosa sonrisa que coronaban la blancura de su piel y los grandes y brillantes ojos claros con los que iluminó la impaciencia que me producía Marsela, todo el tiempo besando mis mejilas, el cuello, las orejas.
La primera noche en la playa, cuando terminamos de cenar y habíamos bebido unos tequilas, Mersilda y Antulio se perdieron en el prolongado litoral, Clara se había sentado a un lado de la modesta fogata que hicimos para cocinar, veía las llamas crecer alimentadas por los vientos de la próxima tormenta, semejaba tanto a una estatua del Quatrocento. Marsela y yo estábamos frente al mar sentados en las sillas que el dueño de una ostionería nos rentó por cincuenta pesos. La luna era norme y resaltaba la silueta espesa de la selva. Estaba aburrido de la plática de Marsela, de su aparente estilo desenfadado de vivir, un estilo en el que imperaba hacer notar a los demás que vivían mal, que lo correcto era fingir respeto por la vida, este respeto consistía en exagerar el hipócrita miedo a la destrucción del mundo. Ella todo el tiempo pregonaba el derecho de los animales y las plantas, pero no entendía la mínima diferencia entre arbusto y matorral.
Fingí que tenía sueño y que no podía seguir contemplando la noche. Dentro de la casa de campaña acomodé unas cobijas para acostarme, ya debajo de ellas sentí a Marsela que abría la puerta, se desnudaba y comenzaba a tocarme, ella había creído que la estaría esperando, pero sólo quería descansar de su palabrería, de su “buena vibra”.
Me hice el dormido, se vistió y fue a la otra casa de campaña con la sobrina. Cuando noté que todos se habían acostado la imaginación me hizo prever que si me arriesgaba tendría suerte con Clara, había notado que me veía cuando Marsela me tenía atrapado en su melcocha, su mirada era compasiva, yo leí en ella: ven conmigo.
Abrí el cierre de la casa donde ella dormía y la encontré despierta, me dijo hola, acostada con la mano izquierda sosteniendo su cabeza. Me acerqué a sus labios, le besé el cuello, ya estaba en sus pezones cuando me apartó para pedirme que saliéramos a caminar, a conocer el pueblo, agregó ya dando los primeros pasos.
Apenas habíamos avanzado unos metros escuchamos que nos llamaban, era Miriam, venía corriendo, le pidió a Clara que la lleváramos, ya se habían entendido en el viaje, aceptó contenta y no pude negarme.
Caminamos casi un kilometro hasta el pueblo, hacía calor, sólo había algunos niños y ancianos en las entradas de sus casas, acostados en hamacas, fumando o bebiendo licor. Uno de ellos, que ya se veía muy viejo, nos pidió que nos acercáramos a donde la parca luz de una vela alumbraba de manera muy escueta la habitación de carrizos y palmas.
El viejo nos saludó con mucha cortesía, se puso de pie para darnos la mano y nos invitó a sentarnos con él. Miriam quería que siguiéramos el paseo pero yo y Clara necesitábamos beber el ron que nos había servido.
El anciano dijo que se llamaba José, estaba tan borracho que batallaba mucho para armar una frase, no podía tenerse en pie, canturreaba cumbias y hablaba con su perro, una criatura enorme, como un san Bernardo pero de pelaje liso y negro. La bestia esperaba aburrida a que el amo se metiera a la cama, soportaba sus arrumacos con la jetas colgadas en evidente gesto de enfado.
Miriam se levantó para acariciar al perro, el animal luego de gruñir y ladrar se abalanzó a ella, le clavó los dientes en el cuello y la zarandeó como si fuera un jergón de la cocina. El viejo intentó desprenderla de las fauces de su monstruo pero estaba aferrado a darle la muerte.
Miriam resistió el ataque, el perro la soltó cuando lo golpeé con un remo de lancha que estaba por ahí. Le clavó los colmillos en el rostro, la sangre que le salía con borbotones tiñó el piso de concreto blanco del anciano. La niña se había desmayado por el dolor o había muerto por toda la sangre que perdió, no lo sé.
Clara la estrechó contra su pecho mientras corría a la clínica de la comunidad, una casa de piedra con una camilla, una doctora vieja que no quería abrir y algunas medicinas. Está muerta, nos dijo al más puro estilo medico sin compasión y nos la entregó envuelta en una sábana, limpias las heridas.
El viejo no fue con nosotros ni quisimos reclamarle, en realidad él no era culpable y nosotros teníamos el lió gigantesco de contárselo a Marsela como para exigir algo imposible. La doctora se ofreció llevarnos al campamento. Le habíamos mentido, ella creía que clara y yo éramos los padres de la nena, la sensibilidad anestesiada del quirófano se le aflojó un poco y una vez que le pedimos que nos bajara nos regaló quinientos pesos, para que la entierren como es debido, agregó antes de pisar el acelerador.
Marsela ya estaba histérica porque no encontraba a Miriam, los profesores también dejaron el lecho amatorio para buscarnos y no habían regresado. Le dije a Clara que no podíamos contarle la verdad, que nos culparía por no avisarle que llevaríamos a la niña, quizá cuando los padres se enteraran nos meterían a todos a la cárcel. pero ya todo el pueblo estaría con el chisme del ataque del perro de don José y sí Marsela cruzaba palabra con algún lugareño lo descubriría todo.
La veíamos a pocos metros ir de un lugar a otro llorando, detrás de unas palmeras decidimos inventar una historia menos cruel en apariencia, pero que escondería su verdad repugnante bajo el sabor de un delicioso platillo costero.
Escondimos el cuerpo entre la maleza, lo cubrimos con hojas de plátano. El taxista que nos regresó al pueblo nos dijo que tuviéramos cuidado porque a esas horas algunos animales bajan a la carretera. Con los quinientos pesos compré un cuchillo de carnicero, un cazo grande e ingredientes para una paella de diez porciones, además el viaje de vuelta a la playa, cerca de la hierba donde habíamos dejado el cadáver.
Lo descuartizamos, lo deshuesamos y preparamos un platillo suculento, parecido a la paella pero con muchísima carne, parecía más una porción de birria de pozo. Los sobrantes los enterramos en una fosa profunda que cavamos entre los dos ayudados de palos y rocas, ahí mismo pusimos la ceniza de la fogata con que cocinamos y la ropa de la niña y su cabeza que no quisimos abrir.
Con el tazón entre las manos saludamos a Marcela, yo no podía controlar los nervios, la voz se me quebró un poco cuando le dije que habíamos ido al pueblo a comprar aquella ración de birria costera. Marcela nos dijo que Miriam había desaparecido, fingimos alarma y nos pusimos a buscarla como si en verdad ignoráramos donde estaba.
Dejámos pasar un par de horas, los profesores volvieron, venían del pueblo y cuando lo mencionaron sentí un escalofrío repulsivo, pero nadie les había contado del perro ni de la doctora, parecía que no estábamos en una tierra de soplones. Clara se acercó a nosotros cuando discutíamos si avisarle a los marinos del faro o a la policía del pueblo; allá me encontré su ropa en una piedra, nos dijo a todos en una actuación fabulosa, con lágrimas de verdad, que le brotaban de veras por la muerte de la niña y por las mentiras que la habían envuelto.
Sobre la piedra estaba la blusa y la falda, Marcela calló en la trampa y cuando llegó la policía, porque había decidido hablarles, les contó que la niña se había salido de la casa en la noche para jugar en el mar y que seguramente se había ahogado. Es frecuente que esto pase dijeron los oficiales cuando se marchaban. El equipo de buceo no encontró el cadáver y en tres horas cesó la búsqueda.
Marcela no habló con nadie, sólo lloraba. Al amanecer, cuando todos nos habíamos levantado y preparábamos las cosas para irnos, le dije a Clara que hiciéramos fuego para calentar el estofado, ella me miró con asco, pendejo, me dijo casi en silencio.
Le pedí a Antulio que me ayudara, le dimos fuego al banquete y entre los dos casi terminamos con el guiso. Los primeros bocados me dieron asco, después decidí creerme que aquello era carne de cerdo, pues sabía muy parecido. Antulio incluso insistía en que le dijera en qué restaurante lo habíamos comprado, como si pudiera volver algún día por más. Ni Clara, ni Mersilda ni Marcela quisieron de la fabulosa comida, así que preparé unos emparedados con los sobrantes para el camino.
La carretera fue un doloroso viaje al hastío, Marcela no paró el llanto, pretendía que aliviara un poco su dolor pero yo había tenido suficiente dolor también, a mi tampoco me había gustado descubrir mi frialdad y mi desinterés por la vida ajena, aunque toda existencia es ajena si lo consideramos unos minutos.
Meses después supe que Marcela había roto toda relación con sus parientes y que se había quedado algo loca, que andaba por las calles preguntando por la sobrina, como si fuese una de esas niñas secuestradas, de esto me mantenía al tanto Antulio con el que había hecho buena amistad desde el viaje y al que me interesaba tener cerca por su hermana, porque a pesar del asco que fingía tenerme también rebanó y deshueso a la chiquilla, había decidido también ir conmigo al pueblo.
Antulio me contó que Clara había guardado el disco de Barney y que lo escuchaba casi todas las noches, antes de dormir.

domingo, 19 de julio de 2009

UN POEMA SONETIADO QUE NO EN SONETO

XLIV

En la urna escupo un voto
o rallo cuervos sobre la boleta,
hará falta el bastón y la maleta,
y hasta nunca, porque estoy roto.
Mejor mirar sonrisas en la foto,
escuálida, sin rigor la paleta,
hacía falta el idiota de coleta,
jinete áspero, rey de la moto.
Entonces ni gobiernos ni recuerdos,
guardemos la vida en un cajón
alejada de los negros enredos.
Porque la jugada es parecer enfermos
nadie dice yo derrumbo el nubarrón,
nadie firma recibido por los ruegos.
En la estación más parca del alma
por sordera juzgada la justicia
desprendido brote de toda calma
su gesto alargado es pericia.
Se nota el apetito por la fama,
la tarántula teje con malicia
su más mortal pero sedosa cama,
que del sueño la muerte es delicia.
Permite a mis dientes morderte los
senos, morder además el miedo,
porque engaño son gobierno y celos.

sábado, 11 de julio de 2009

UNA HISTORIA

NO TODOS LOS ACCIDENTES TRAEN LA MUERTE
Elena iba sentada a la derecha e intentaba cambiar de estación en la radio. Aunque el automóvil dejaba demasiado rápido el paisaje como para notar que estaban en un lugar lejos de casa, sentía que la equivocación más terrible de su vida había iniciado al aceptar pasar unos días con él en ese bosque.
Estaba consiente de que los años agotan el alma, hay un momento en que se considera que la vida tiene sentido sólo si la frustración es mínima y se concentran esfuerzos para poner una prueba pequeña cada día y uno rodea el obstáculo en lugar de intentar derribarlo, entonces se está viejo o peor: acabado.
El profesor no estaba acabado ni era un anciano, pero su vida había dado tan pocas vueltas que desconocía la profundidad de los términos emoción y aventura, en cambio había penetrado profundamente en los de trabajo y rectitud. En ese afán por ser correcto había equivocado la flecha. En efecto era un hombre decente, que tenía un empleo bien remunerado, que estaba al corriente con la secretaría de hacienda, puntual, lector sólo de los clásicos latinos, soltero pero fiel a su pareja, católico por tradición familiar, como la mayoría de los católicos; se abstenía de votar, odiaba el futbol, era estricto como profesor y como amante, pero le gustaba la bebida más que las piernas de Elena y el ritmo vertiginoso de Virgilio.
Había comenzado a beber entrado en la madurez, rozando los cuarenta probó su primer tequila con limón, la garganta le ardió durante toda la semana, con la cruda brutal no encontró otro remedio que seguir tomando, sin parar, ya no permitía que se le bajara la peda, lo hacía en todo momento, incluso mientras escribía en la pizarra, se las arreglaba para introducir entre su ropa una botellita de licor de la que salía una tripa, la sujetaba al botón del cuello de la camisa y cuando había oportunidad sacaba la tripa y chupaba un trago largo de mezcal o ron de caña.
El aliento y la palabrería de un borrachín de esquina le hicieron mala reputación, su estatus como profesor comenzaba a deteriorarse, pero el director de la preparatoria había conseguido su voto favoritario, sin él no habría escalado jamás de secretario a director, él tenía de su parte al sindicato de maestros, no podía correrlo, pero sí podía encargarle que asistiera a los cursos de ética para profesores, que la universidad de la capital impartía cada año, ese tocó en una pequeña ciudad del norte, conocida por una agradable zona boscosa, donde todavía se podía encontrar algo de eso que la gente enferma de nostalgia nombra: tranquilidad de un pueblo.
El profesor tomó bien la noticia cuando el director lo llamó a la oficina para comunicársela, al salir fue con la clase para despistar un poco. Les platicó una de esas historias sobre la revolución que fueron inventadas después para ganar simpatía en las elecciones; los muchachos no le tenían aprecio por ser un amargado que no les permitía voltear a ver el cielo mientras él hablaba, ni los dejaba reír de una simpleza, enemigo de la minifalda y las cadenas y las perforaciones y los tatuajes.
Al atardecer mientras disfrutaba de un filete empanizado que su madre recién le había puesto en el plato, contestó el teléfono para hablar con Elena, ella quería pedirle un consejo sobre regalar a su primo La Eneida o el viejo libro de poemas de Petrarca. El profesor le pidió que se encontraran en la noche, que la quería invitar a un viaje.
Con Petrarca corre el riesgo de creer que una mujer es la pura perfección y con la Eneida encontrara que la perfección es un defecto horrible para un ser humano común que no tiene porque aspirar a ella, porque debe ser feliz con las cosas del mundo y estas son impredecibles, decía mientras su dedo atravesaba cariñosamente los mechones de cabello que Elena siempre llevaba a un lado y otro de la cabeza. Le propuso que viajara con él, que sólo pondría su nombre en las listas del curso pero no entraría a ninguna sesión, tendremos cinco días pagados en ese bonito bosque, imagínanos recogiendo piñas, montados en un hermoso caballo negro que al trote nos conducirá por las veredas de ese lugar misterioso. Elena se abrochó el sostén, viajaría con él sí prometía no beber en el camino, le asustaba que no tuviera los cinco sentidos sobre la carretera, no quería terminar despedazada en un barranco a los veinte años. Entonces la Eneida, le dijo cuando él aceptó no alcoholizarse hasta que llegaran.
Apenas dejaron atrás la ciudad se detuvieron en una gasolinera para llenar el tanque. El profesor entró al sanitario, tardó más de diez minutos en aparecer de nuevo, desde entonces Elena sintió el presentimiento de que no había hecho bien en aceptar el viaje, cuándo dio el portazo su aliento lo delató, se había bebido un cuarto de brandy encerrado en el baño, sentado en una taza con los pantalones abajo.
Ella no aguantó más y expresó su enfado, le dijo que quería regresar, que no estaba cómoda, que la podría reconocer algún pariente y le llamaría a su padre para preguntar si estaba bien pues la había visto con un viejito. El profesor no toleraba que se burlara de su edad, cuando eso sucedía significaba que una pelea extrema tendría lugar ahí mismo. Pero las peleas pocas veces los encaminaban a una solución, terminaban olvidando todo hasta que volvía a pasar.
Aquella pelea había sido fuerte y aún no surtía efecto la reconciliación. Él comía un bistec a la ranchera mientras ella digería la orden de enchiladas que había ordenado. Esa fonda de carretera era bonita, pintada de amarillo chillón, adornadas las mesas con manteles azules, un aroma a guisados caseros que la hacían recordar la casa de su abuela en el desierto. Antes de salir el profesor se metió al baño y abrió una nueva botellita de brandy, cuando salió ella ya se había subido a la camioneta
¡Que pendejo, saca de una vez todas tus botellitas y tómataleas aquí, que tampoco soy tu mamá! El profesor, como un niño que ha sido desenmascarado de alguna fechoría, desembolsó de su chaleco de fotógrafo tres cuartos más de su licor favorito, le dio un sorbo a una botella y comenzó a manejar.
A Elena se le había bajado el mal humor, sonreía a las imprudencias de su amante embriagado que le contaba anécdotas estúpidas de cuando trabajó en un programa de televisión donde personas deformes se presentaban haciendo un show de circo. No les faltaba mucho para llegar, se notaban ya los pinos y los robles, la neblina y la humedad de la región. A ella le llegaron las ganas de orinar todo el té verde que se había bebido y le pidió al profesor que se detuviera en un puesto de fresas a un lado de la carretera.
La mujer que atendía el puesto era amable y le indicó donde podía desechar el liquido. Él se quedó en la camioneta, subió el volumen a la canción que sonaba. Unas niñas jugaban a pocos centímetros del camino, eran tres, una repartía la comida en trastecitos de plástico, otra se daba un banquete llevando frijoles fantasma con su mano a la boca, la tercera parecía disgustada con el juego, quería corretear con la pelota, ella iba de un lugar a otro y cuando notó que la camioneta estaba abierta y adentro había un hombre bebiendo de una botella, se acercó para averiguar que más había ahí. El profesor cerró la puerta, le disgustaban los niños pequeños, también los grandes. Elena apareció cargada de mangos y fresas, están muy baratos, le decía al amargado mientras ponía las nalgas sobre el asiento.
En realidad la niña sólo intentaba sacar la pelota que se había metido debajo de la camioneta, estaba frente a la defensa cuando arrancó, apenas había rugido el motor, las llantas delanteras le apachurraron el cerebro a la hasta tronarlo como a una nuez. La mujer del puesto aventó los frutos que estaba acomodando, la expresión en su cara le había estallado los gestos de horror, gritaba, maldecía, su llanto era más estruendoso que los relámpagos que comenzaban a escucharse. Elena también gritaba, se había puesto a llorar, en un ataque desenfrenado arañó con profundidad el rostro del profesor, que no se detuvo, al contrario, dio más velocidad a su poderosa máquina.
El trayecto mínimo de dos kilómetros fue un interminable infierno de reproches e insultos, él estaba tan asustado que se detuvo y vomitó hasta caer exhausto sobre la hierba, el sonido de la cabeza que se partía bajo la llanta re repetía incontables veces en su cabeza, todo el cuerpo le temblaba, no quería ni le era posible levantarse. Elena permanecía en la camioneta, también llorando, pero sabía que habían escapado, el miedo la hizo bajar por el profesor, meterlo y arrancar con rumbo a la siguiente gasolinera, donde intentarían conseguir un aventón de regreso a la ciudad para esconderse y esperar o la cárcel o el olvido, aunque bien sabían los dos que nunca olvidarían la escena, los gritos, la sangre en la salpicadera.
No habían avanzado ni un kilometro cuando aparecieron las patrullas, los detuvieron en un operativo que rayaba en lo exagerado, ocho patrullas con diez policías cada una, una ambulancia, dos patrullerros de caminos, tres agentes del ministerio público, un perito y dos militares. Al profesor le echaron cinco años por homicidio imprudencial más uno extra por beber mientras manejaba, a Elena sólo una multa administrativa para que aprendiera a no andar por ahí con viejos enfermos, le dijo la jueza mientras tomaba su declaración. Ella no paraba de llorar, pedía disculpas a todas las personas, incluso si no tenían nada que ver, hasta a una vendedora de comida rápida que entro a ofrecer sus platillos a la agencia del ministerio publico.
El profesor llamó a su ex suegro que era un abogado famoso, incluso había sido candidato alguna vez para presidente municipal, él hizo los trucos propios de un pillo político para sobornar a la jueza y liberó en menos de quince días a su ex yerno, pero con la condición de que le iría pagando cada mes y se dejaría de pelear la custodia de su nieta.
Desde que salió de prisión telefoneaba a Elena pero ella no quería saber nada de él y se escondía incluso cuando le montaba guardia afuera de su clase de francés, el viejo maestro se había empecinado más en la bebida, lo habían echado de la escuela, ya no vestía a lo catedrático francés ni hablaba de Ovidio y Petrarca. A Elena le dio lastima una noche que lo encontró espiándola detrás de un puesto de hamburguesas mientras ella se besaba con un muchacho en un carro.
A la mañana siguiente de que lo descubrió, decidió llamarlo porque, pensaba, él no tubo la culpa después de todo, la tubo la mamá que no cuido de la niña. El profesor le contestó con el habitual enfado, aunque se desmoronó después que supo quien le llamaba. Quedaron de encontrarse en un parque, él sonrió mientras colgaba, pero ella se mordió los labios en esa inconfundible expresión de ¿qué chingados estoy haciendo?
Él estaba sentado en una banca, borracho hasta la medula vociferando maldiciones a las aves que revoleteaban cerca, cuando lo encontró sólo le dio una sonrisa discreta y se sentó a su lado, parecían un abuelo y su nieta que discutían algún problema familiar. Pasaron diez minutos sin mencionar la tragedia, hasta que él le preguntó si aún tenía problemas para dormir, sí, le contestó, aún escuchó el último grito de la niña. Mira lo encontré en la parrilla de la defensa de la camioneta el día que salí de la cárcel, y en el centro de su mano abierta una cajita dorada, adentro un ojo pequeño que parecía una uva aplastada se hacía más negro y duro, como un fruto marchito.
Elena se levantó de la banca enfurecida, ¿qué esperaba mostrándole ese ojo? Se sintió desabrigada, con frío a pesar de ser un día templado. El profesor la alcanzó, le pedía que no se asustara, que ese ojo era un recordatorio muy importante de los extremos a los que solía llegar su estupidez, que lo conservaba para no olvidarse del pasado.
La convenció al fin tras quince minutos de insistencia, jaloneo y suplicas casi humillantes, pero ella aceptó porque en verdad le gustaba coger con el profesor, podía ignorar el asunto del ojo un par de horas, después lo borraría de su vida.
Le ofreció una cerveza, ella se acomodó en el sofá a esperar a que volviera de la cocina. Cuando volvió estaba desnudo ya, Elena, con poco entusiasmo y más bien desvistiéndose como para una revisión medica, se despojo de la falda y la blusa.
El profesor había explotó toda la necesidad y las ganas dentro del sexo de Elena, la había hecho llegar unas tres veces hasta que ella misma se apartó para ir por un vaso de cerveza. No dejó de resultarle extraño el buen trabajo que el maestro acaba de hacerle, porque si era verdad que su talento como amante era bien reconocido tampoco alcanzaba las mermeladas del éxtasis, a lo mucho las erecciones le duraban veinte minutos y no pasaba de las tres venidas.
Elena bebió de un trago el gran vaso de cerveza y volteó al sillón donde el profesor estaba acostado boca abajo, ¿qué tomaste está vez, algunas vitaminas?, le preguntó para curiosear el por qué de su potencia, hace un año que ya no las tomo, ya lo sabes. Se levantó y lanzó la frazada y un par de cojines, buscó debajo del sillón, pronto su cara brilló de felicidad, aquí está, esta es la grandiosa medicina, le dijo a Elena mientras alzaba hasta su vista un brazo de no más de treinta centímetros cuya manecita permanecía cerrada, lo encontré atascado debajo de la camioneta, subrayó en un tono jocoso. Elena salió corriendo del departamento, no había tomado la blusa, sólo la falda, con los brazos cruzados sobre el pecho y a toda marcha se perdió entre las calles del viejo fraccionamiento.