sábado, 18 de octubre de 2008

DANDO DE COMER A MI EGO...





DANDO DE COMER AL EGO ME INVITÓ EL COMPAÑERO DE CAUSA Y AULA HECTOR CRISTERNA, FAMOSO POR EJECUTAR DOLOROSO BLUES CON SU BANDA, Y LECTOR ATENTO DE MIS CUENTOS; REALIZÓ UN ESTUDIO SOBRE EL LIBRO "SOLO Y SIN BOLSILLOS PARA METER LAS MANOS ANTES DE LLORAR" Y ME INVITÓ A COMENTAR CON EL SALÓN DE CLASE Y A ESCUCHAR EL CUENTO QUE SIGUE, DIJO BSARSE EN EL AMBIENTE, EL TEMA DE MIS HISTORIAS... BUENO... LA PLATICA ESTUVO RE-BIEN, NOS REÍMOS BASTANTE Y PARECE QUE A MÁS DE UNO LE AGRADO LA LECTURA. SIN MÁS UN AGRADECIMIENTO TREMENDO PARA HECTOR, ESA PLATICA ME HA INYECTADO ENERGIA, !AHAHAHAH¡






(pinturas del maestrisimo FRANCIS BACON)



Hora del almuerzo

El ruido del celular me despertó. Era Santiago, editor del que sería mi siguiente libro.
–¿Cómo estás, Garfield? Necesito que vengas a verme. Lepras Liebres quiere publicar el capítulo cuatro de la novela… y nomás me has entregado tres.
–¿Ya ahorita? Es que todavía tengo que agregarle algunas cosas…
–Pues apúrate, la revista va a imprenta en una semana. Necesito el texto lo antes posible.
–Pero es que todavía no está listo. Tú sabes, no puedo escribirlo así como así, lleva su tiempo…
–Hazle como quieras… Si no me entregas el texto, el libro se va al carajo.
Pinche Santiago. Antes, ni quién pelara mis textos, y ahora ese cabrón me presiona para que le entregue uno. Era más sencillo cuando era un cronopio desconocido y trabajaba de botarga del Dr. Simi. Por lo menos podía bailar cumbias todo el día, mientras daba paletas a niñitos imbéciles que se emocionaban por saludarme. Ni modo, a llenar hojas.
Abrí el refri para buscar algo de desayunar, nunca me ha gustado escribir con el estómago vacío. Nada, ya no quedaba ningún cerebro para comer, sólo una lata de cerveza solitaria. Bebí la cerveza mientras pensaba en Osvaldo. Estaba enojado con él, ¿cómo se le había ocurrido cobrarme por los cerebros? Antes me los daba gratis, supongo que por el morbo de verme comer carne humana. Al fin y al cabo, conseguirlos era sencillo para él, era estudiante de medicina y hacía su servicio en la morgue. Pero antier me dijo que tenía problemas, que algunos maestros estaban sospechando, que no era sencillo rajar un cráneo… y que me los vendía a doscientos pesos. ¡Doscientos pesos! Ni loco. Si me comía los sesos no era por degenerado, sino porque me salía más barato que comprar un kilo de carne.
Siempre me habían gustado los cerebros: sólo hay que agregar una pizca de orégano y sal, y listo. Lo mejor es que no necesitan aceite, se cocinan en su propia grasa. Pero pagar doscientos pesos… además ¿de dónde iba a sacar doscientos pesos? Mis últimos recursos me los había gastado en un mal negocio. Un amigo me convenció de prestarle para comprar un paquete de coca. Me dijo que tenía bastantes clientes, que no me preocupara, que mi dinero se iba a multiplicar. Cómo me dolió su muerte. El güey nunca me pagó. Su familia decía que se había deprimido y se había tomado pastillas para dormir. ¿Deprimido?, ni que fuera emo. La verdad es que cuando tuvo la mercancía a la mano, se pasoneó. Siempre había sido un goloso. Adiós dinero.
Tendría que salir a buscar algo de comer. Una cerveza no llena la panza. Garfield, Garfield, es hora de ir con algún John Bónachon que me alimente. El apodo me lo había ganado por mis párpados caídos y mi sonrisa medio agüevada. Busqué entre mis dos pantalones y las tres o cuatro playeras que había tiradas en el cuarto la que estuviera menos sucia. Hice la prueba olfativa de mis calcetines para ponerme los menos apestosos. Después de todo, tenía que ir presentable con Santiago.
Ya en la calle, miré alrededor en busca de alguna buena mujer que llevara el mismo rumbo que yo. Sin duda, siempre se camina más contento y con más ganas detrás de un buen culo. Fui a la facultad de Literatura, a buscar algún conocido que me invitara un taco. Ese era mi día de mala suerte, todos decían lo mismo, Chale, es que el profe me acaba de encargar un buen de copias, no traigo varo. En la lonchería ya debía dos tortas y tres molletes, así que sólo subí a la dirección para servirme un café. Era lo chido de estudiar ahí, podías tomar todo el café que quisieras. Once y media, debía apurarme para alcanzar a Santiago antes de que saliera al almuerzo… con suerte le sacaría algo si le prometía tener el texto listo en tres días.
Entré a su oficina lo saludé. Eran las doce. Mis tripas se revolcaban tratando de exprimirse a sí mismas. Es verdad que no era un hambre de días, pero cuando el estómago ruge, hay que hacerle caso. Santiago empezó a repetirme el mismo rollo que en la mañana, lo de Lepras Liebres y la urgencia de entregar el capítulo… su voz se iba haciendo cada vez más tenue, yo sólo pensaba en sus carnosos brazos, en su panza de menudo, pero sobre todo veía esa gran cabeza detrás de sus lentes redondos. Una enorme cabeza calva que de seguro contendría algo más que el kilo y cuarto de cerebro reglamentario. Lo convencí de que fuera a mi depa para enseñarle unos avances del escrito y otro proyecto de poesía, que no había llevado porque aún no los pasaba a la computadora, y tenía miedo de que alguien me robara los manuscritos en la calle. Obsesiones de escrito, le dije. Incluso lo convencí de dejar su carro en el estacionamiento, es que en la entrada de mi colonia están perforando para arreglar el servicio de agua potable, nomás vieras que hoyotes, hasta parece que en vez de Jiapaz es Pemex el que anda haciendo pozos petroleros, no se te vayan a fregar los amortiguadores. No sé como lo conseguí, pero se creyó todo. Tomamos un taxi que nos dejó abajo del edificio donde vivo.
–¿No decías que había unos hoyos enormes? –preguntó mientras pagaba molesto.
–Pos en la mañana sí había… – fue la única respuesta medio pendeja que atiné a decir.
Mientras subíamos las escaleras, fui planeando todo. Lo llevaría a la cocina, le diría que me esperara sentado, mientras yo iba al cuarto a buscar algún texto viejo entre los montones de libros y revistas porno que tenía guardados en rejas, le entregaría las hojas, y mientras las leía, sacaría el cuchillo de mi abuelo, ese que me había regalado porque según él “siempre es bueno tener un cuchillo bien afilado” y se lo enterraría en la nuca. Lo despedazaría en la regadera, para limpiar la sangre más fácil, y guardaría sus trozos en el refri, había suficiente espacio…
-Pasa, estás en tu casa. Siéntate en la cocina mientras busco los poemas. Te ofrecería algo de comer, pero ahorita no tengo nada…
-¿Qué traes Garfield? Andas más amable que de costumbre. Si ya sé que nunca has tenido nada que tragar…


Fui al cuarto, encontré una libreta de la prepa donde tenía escritas algunas mamadas. No importa, sólo necesito que se distraiga unos pocos segundos. Le entregué el cuaderno, lo empezó a hojear, yo abrí el cajón de la alacena donde guardo los cubiertos… ¡puta madre! el cuchillo estaba sucio, lo usé ayer para abrir una lata de sardinas, tengo que comprarme un abrelatas… Fui al fregadero a buscar el arma, pero Santiago ya se estaba levantado gritando enfadado ¡¿qué son estás mamadas?! pues eso, le contesté, no había tiempo para más explicaciones, me lancé hacia él con el cuchillo en la mano, se alcanzó a quitar, tomó una botella de charanda que había en la mesa (vacía, por supuesto) y me la lanzó con tan buen tino que me hizo un chipote, lo alcancé antes de que pudiera abrir la puerta, pero de alguna manera sostuvo mis manos antes de que pudiera clavarle nada, forcejeamos con tan mala fortuna que el que terminó con el cuchillo en la panza fui yo. Santiago, perdóname, era una bromita nada más, ayúdame, llévame al hospital… no tenía fuerzas para gritar, ¿de dónde iba a tenerlas, si no había desayunado nada? El güey ni me peló, salió corriendo mientras yo me desangraba tirado entre colillas de cigarro y latas vacías.
Nadie reclamó mi cadáver, mi familia no tenía o no quería gastar en el ataúd. “¿Pagar por sus pendejadas? Ni que cagara dinero” era lo que siempre decía mi madre las veces que me metieron a bote por andar de desmadroso… supongo que esta vez sería igual. Me llevaron a la morgue, y ahí lo vi otra vez, pinche Osvaldo, traía unos ojos de pervertido. Aún recuerdo el ruido de la sierra mientras me rajaba la cabeza… ¿cómo iba a saber que ya no me daba los cerebros gratis porque ahora era él quien se los comía?

Héctor Rodríguez Cristerna.

2 comentarios:

Lolitajáquez dijo...

jejeje.. qué onda con tu ego??

un sabroso saludo

Alejandro Santiago dijo...

jovenazo! cómo anda? aquí yo de barra en el trabajo. preparese, la semana que viene pienso hacer peda para celebrar mis 24 primaveras, jaja. Haga su ahorrito, con que vaya guardando fume para ese dia. Un saludo!