viernes, 3 de julio de 2009
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Nadie da por nada su corazón y no más me queda esta canción, una vez yo me sentí mandamás, sin tu amor el sésamo, se cerró. Y llorar, no más rodar y rodar, al final, la vida sigue sin ti, la muerte viene hacia mí. Nadie da por nada su corazón además nos queda alguna razón, ya no sé si voy o vengo qué va, dime tú por dónde piensas que estoy, pues tal vez no iré ni a mi funeral, has de ver, como me arrastro sin ti, como me quedo sin mí, nadie da. NADIE DA, MÁS QUE EL ADIOS DE SIEMPRE, NADIE DA, NI LO QUE SOBRA, MIRA NADIE DA: JAIME LÓPEZ
jueves, 2 de julio de 2009
OSTRO CUENTO OSTRO¡¡¡
UNA CATEDRÁTICA QUE MUERDE
Los cuatro semestres que fui su alumno me habían sido tormentosos e insoportables, sentía, ya entrada la madrugada, que estaba conduciendo por brechas equivocas mi vida, pues su recuerdo que me asfixiaba y sus acciones que me quitaban el sueño, no me hacían sentir en la existencia como alguien feliz.
Recién cumplí los cuarenta años me inscribí en la licenciatura en letras. Uno de mis nietos cursaba estudios ahí y había conseguido alentarme lo suficiente para sacar matricula. Yo no era un amante de los libros, aunque el ejercicio de la lectura siempre me ha sido agradable y útil, no tenía como principal ocupación hurgar entre páginas, ni escudriñar el significado del símbolo.
Los primeros días en el aula me parecieron interminables, aún peor porque los otros alumnos eran dos o tres veces menores que yo, e incluso al profesor le llevaba una década completa. Las compañeras lucían cada día un atuendo distinto, pero la ropa era lo menos interesante en ellas, sus cuerpos hermosos llenaban de alegría las tardes, incluso le comenté a mi hermana: esas niñas son tan bonitas que no podía creer que me dijeran Andrés, así como si nada. A ella le pareció que me entusiasmaba de más con aquellas putillas y tenía razón.
Antes de pisar el aula me imaginaba un ambiente restirado, de gente que toma el camino del otoño muy rápido, sin necesidad, sin la mesura ilusa de los años, sólo por que no soportan estar tan consientes de su pequeñez. Pero me encontré a un nutrido grupo de adolecentes que vivían las primeras ilusiones de la confusión y que disfrutaban sobretodo del mejor momento para hacer fiestas.
Algunos profesores también eran animosos, se unían a las cooperaciones y junto a todos alzaban su vaso de mezcal. Se forjaban quince o veinte churros de mota, algunas compañeras ya pedas se animaban a coger. Yo no tenía tanta suerte para que me tocará un acostón, sólo se reían de mí; consiguieron engañarme dos veces, la más buena de la fiesta se me encimaba, cuando intentaba tocarle el bollo, me lanzaba un vaso donde, previamente, habían apagado las ardientes bachas de los tabacos.
Las fiestas jamás eran programadas, de esa forma era imposible que se realizaran, las mejores ocurrían entre semana, cuando los chavos traían aún del dinero que sus padres les abonaban desde el rancho. A esto, como es de esperarse, le sucedían las crudas tremendas, amanecidos en cualquier rincón, tardábamos unos segundos en retomar la rueda, algunos recibían al sol bebiendo o inhalando coca.
Confieso que yo me retiraba temprano la mayoría de las veces y aún así no conseguía disipar el malestar a tiempo. Los maestros que no eran fiesteros no tardaron en mirarme con desdén, pues, a lo Sócrates, me acusaban de deslumbrar para confundir a los alumnos más jóvenes. Era mentira, aquellos muchachos me parecían completos bobos con un futuro insulso.
Pero ella no se conformó con chismorrear, ni con aconsejarle a los compañeros que no tuvieran más amistad conmigo de la necesaria. Fue más suspicaz pero más dañina, su ponzoña brotaba sobretodo a la hora de la clase. Desde que era estudiante de primaria me gustó sentarme en la orilla junto a la ventana, siempre me ha causado problema enfocar mi atención en una sola cosa. Ella tenía un método muy ramplón, se instalaba en el escritorio, encendía su computadora portátil y, más como una réferi que como una maestra, decía quien era el próximo en exponer el tema del día. Me costaba mucho trabajo permanecer quieto, pero tampoco me hallaba a gusto si le hacia plática a un compañero, me cansé pronto de mirar a las muchachas y hacer dibujos me entretenía, pero sólo unos minutos.
Pronto descubrí que lo mejor era salirme, me llevaba un poquito de hierba y me escondía para fumarla, lejos de los viciosos que hacían guardia en las canchas, a esos nadie los tomaba enserio porque se reventaban recio todos los días, en cambio yo prefería sólo atizar en la clase de la maestra perra, me subía a mi auto, prendía la radio y daba una vuelta por el campus, ya estimulado regresaba al salón para dar mi comentario los diez o quince minutos que restaban. Así funcionó bien las primeras semanas, después no me fumaba sólo un gallo, me hacia tres y bebía un par de cervezas, luego, la verdad no recuerdo bien como, empecé a trabar amistad con los vagos de la cancha.
Eran encajosos sin dinero, me pedían para todo, hasta querían que los llevara a la tienda, como su chofer-mecenas, un tiempo lo pasé bien entre ellos, me gustaba sentir que no tomaban a la ligera mis años, cuando les platicaba del antiguo mundo de la compra venta de marihuana en la ciudad se entusiasmaban, pero no con otro tipo de relatos, estaban obsesionados con el vicio y la parafernalia de los fumadores, algunos incluso habían sido expulsados de la universidad por negarse a disminuir su consumo en horas de escuela.
La maestra comenzó a fastidiarme al ver que entraba con los ojos rojos y la pupila dilatada, hacia cara de molestia, fruncía los labios y decía para la clase: se ve que ya se fue a dar sus vitaminas don Andrés, y los que estaban sentados se desternillaban de la risa, pues sabían que era verdad y disfrutaban de mis humillaciones públicas.
Preferí durante un par de tardes no aparecerme por la escuela, en especial los días en que la pinche maestra atendía a mi grupo; ella junto a mí es una niña idiota, pensaba cuando se acercaba la hora de entrar.
Me quedaba en casa repasando algunas lecciones, sobretodo de literatura europea del siglo XVIII, me interesaba Flaubert y eso que mi nieto me advirtió que a primera impresión me parecería abrumadoramente cursi. Pero no fue así, al contrario, lo encontré conmovedor y profundo. ¿ Cómo sabía tanto acerca de los seres humanos, cómo si sólo era un francés, es decir un simple ciudadano del mundo, podía hablar de forma tan general de los hombres?, quizá porque no era tan “simple” y había aprendido a observar el comportamiento de las personas al grado de encontrar los caracteres que las hacen similares.
Leía una edición de Madme Bovary, estaba justo en el capitulo donde Rodolphe ha perdido el interés por Emma y ella se desgañita implorándole la pasión que el esmirriado Charles no pudo darle; cuando alcé los ojos del libro y vi a la maestra perro delante de mi. Hizo trampa en el examen, me dijo en un tono de voz malicioso, lleno de rencor.
Esa fue la primera vez que me reprobó injustificadamente, pues yo no había copiado ni hecho ninguna trampa en el examen, ya cuando fui joven e hice la educación elemental había copiado mucho y había recibido muchos castigos, los cuales habían funcionado, desde los diecinueve años no hice más trampas en pruebas, ni siquiera cuando me detenían en la calle para hacerme un test de salud esos enfermeros charlatanes que le checan a uno la presión por un peso.
Estaba furioso y frustrado, esa niña pendeja quería que le diéramos nuestro respeto pero jugaba a ser la malvada maestra, sin ablandar en buen termino su pensamiento. No tenía en mi vida porque darle entrada, la misma tarde en que repasaba la novela del maestro francés me hice consiente a la fuerza de esta idea y decidí ya no pensar en el asunto, dejar el juego de la escuelita, concentrarme ante todo en que si había entrado lo hacía con el propósito que fijé mi primer día: ocupar el exceso de tiempo que le es tan común a muchos jubilados.
Un año se cumplió sin que volviera a pisar la escuela, la frustración que me había causado reprobar a una edad tan avanzada y los motivos estúpidos por los cuales había sucedido la desgracia, no me permitían caminar los pasillos ni acercarme a la puerta principal, una poderosa energía de odio y resentimiento me aprisionaban sin dejarme mover. Pero como los malos amores, se me olvidó rápido, poco a poco me fui acercando, de pronto una tarde ya había pasado todo el día ahí, tirado sobre el pasto hojeando un libro de Ezra Pound.
Mi hermana me pidió que no fumara marihuana en la sala porque a ella el aromático humo del cáñamo no le causaba ningún placer. Sólo podía fumar en las mañanas cuando ella salía a llevar a mi sobrino al jardín de niños y otro poco en la madrugada, pero eso sí conseguía quedarme alerta para asegurarme de que ellos no despertarían.
Con la prohibición en mi casa no me sentía cómodo, aunque podía fumar en la azotea, o pegado a la ventana de la calle, preferí salir todas las tardes a dar un paseo por la que acababa de ser mi escuela, me sentaba en los prados y fumaba despacio sin prisa. El viernes de esa semana fui a quemar un poco de hierba, camino a los jardines, por las aulas vacías, escuché los chillidos de unos cachorros.
El alboroto venía de un costado del edificio central, caminé deprisa, al borde de la pared encontré un trío de perritos recién nacidos que gimoteaban juntó a su madre. La maestra estaba tendida sobre la tierra, mantenía las piernas abiertas, el último cachorro luchaba por salir de la vagina estrecha, el lloriqueo se volvió callados suspiros. La catedrática tomó algunas de sus prendas, se vistió rápido sin dejar de caminar, aunque lo hacía lento, con pasos torpes; yo la perseguía con los cuatro cachorritos contra el pecho. Ella no volteaba, no se detenía, le dije que no dejara ahí a los niños, la tomé de un hombro, dio a su cuello un giró veloz para clavarme la dentadura en el brazo izquierdo, solté a las crías que cayeron dispersas a nuestro alrededor, la perra recuperó la fuerza suficiente para correr entre ladridos estruendosos que agitaban el reflejo de la luna en los vidrios de los edificios.
De los cuatro recién paridos sólo uno sobrevivió, era de un negro mate muy profundo con una de las patas traseras totalmente blanca, parecía que estaba desnudo y llevaba puesto un calcetín blanco. Me lo quedé aturdido por la impresión de lo que había observado, aunque el perro tenía el aspecto común a su especie, la imagen de su parto me incomodaba, le tenía miedo a la criatura, era un miedo que me estaba causando daño, pues le hacía tantos mimos y complacencias para “no despertar su maldad” que no había estado consiente el día que subordiné mi vida a sus caprichos, hasta el punto de pasarme los días enteros pendiente de su dormitar excesivo y su apetito sin medida.
Una tarde escuché que algo raspaba con la puerta, afuera de mi portón la maestra llamaba como hacen los animales domésticos, con las patas de arriba hacia abajo un par de veces. Aunque la odiaba, también le fingía respeto por temor a sus desconocidas facultades mutantes.
La mordida que me había proporcionado aquella noche no tenía la cicatriz formada, la carne se veía latente, pero no sentía dolor, ni molestia, al contrario, desde aquel suceso la depresión y el mal genio se mantenían menos vigentes en mi vida, las cosas parecían ser amables una vez más con el viejo y mostrarle un poco de dulzura, al fin.
Entre sollozos de perra me contó que un ex alumno la había maldecido con la condena de parir de perritos durante cinco años, éste ya es el cuarto, agregó un poco más ofuscada que al principio. No entiendo por qué no me quieren los alumnos, me repetía con insistencia, al que me embrujó lo reprobé cinco veces, pero es que olvidaba siempre ponerle el acento a Hernández en el nombre de Francisco Hernández, no podía pasar eso por alto. Sus argumentos estúpidos me sacudieron aún más, le ofrecí una cerveza pero tampoco la aceptó, sólo dijo antes de irse que tenía que matar al perro o me volvería pronto su esclavo. De su bolso sacó mil pesos que me entregó en un sobre en el que decía: como disculpa por la mordida.
Fornicio le puse de nombre al animal, me gustaba el sonido a gondolero veneciano; Até una correa de paseo a su cuello y me lo llevé a un burdel a gastar los mil pesos. El ambiente era bueno los jueves no muy tarde, me gustaban las mujeres de ahí porque no se cohibían cuando el intento de meter el dedo se presentaba, ni hacían escándalo por pedir una rebaja en la mamada de verga. Dejé a Fornicio amarrado a la mesa mientras una morena me complacía en el privado, era alta de nalgas grandes y cintura fuerte, de huesos macizos, le estaba chupando los pezones cuando escuché que Fornicio soltó chillidos adoloridos, me aparté de la mujer y fui hasta la mesa. Un mesero alto lo había cargado ya muerto después de que un tipo de sombrero vaquero le soltara cinco balas de su treinta y ocho especial sólo por darse ánimos en esa noche en que la coca estaba más rebajada que de costumbre.
La impresión sazonada con la impotencia subieron a mi corazón, caí despilfarrado al piso, no supe nada hasta que desperté en el hospital “Chispa de Cristo” la clínica donde mi hermana trabaja de enfermera. En tres días me recuperé totalmente, aunque mi estado emocional seguía apagado. Una mañana que desperté a medio día luego de soñar mucho tiempo con Fornicio, abrí los ojos y di tres aullidos que aturdieron al doctor que me cuidaba.
Hundido en la amargura no me había enterado que el periodo de inscripciones en la facultad había comenzado ya; quise retomar la carrera para mantener mi imaginación distraída, sin ocuparse únicamente de pistolas, cuerdas, asfixia con carbón.
El director me dijo que podía entrar pero que no tendría titulo si no aprobaba la materia de la maestra perra, es la única con la que se atrasó, añadió a su imbécil y por suerte breve discurso de rebienvenida. Creí que me sería fácil aprobar con la maestra por los antecedentes que entre ella y yo habían ocurrido, pero cuando me presenté en su clase el gesto con el que me recibió inmediatamente me hizo notar lo contrario; sus labios se habían colgado a la izquierda, los ojos desplegaban maldad brutal; le sonreí mientras ofrecía mi palma abierta al saludo, ella se me quedó mirando unos segundos y preguntó: ¿ya lo mataste?, me senté en una banca muy cerca de ella, hasta que terminó la clase le dije: no lo he matado, sigue en mi casa, se parece tanto a su madre.
Los efectos de la mordida no terminaron con insolentes aullidos ni depresión por la muerte de Fornicio. Una tarde antes de la clase de los martes, me había fumado un par de churros y esperaba a que el día se fuera lo más rápido posible para volver a la casa a echar una siesta; la maestra entró al salón acompañada del director, la secretaria del director y un aspirante a rector que tenía una cara grande que parecía una mascara.
El de la mascara comenzó su discurso, más becas, más escuelas en los municipios. La maestra estaba frente a mí, de pie, llevaba una falda pegada al cuerpo que dejaba ver unas formas que antes jamás le había notado, su cadera estaba bien delineada y su culo sobresalía delicioso, pero nada era tan hermoso como el aroma que despedía, un perfume acre de sexo limpio y sudor, aroma que me colocó al borde del deseo, tenía la verga parada, dura como una solera de metal; aunque mi conciencia intentaba detenerme no pude guardar las ganas de lanzarme, y me lancé sobre ella de un salto. No era más el viejo que jugaba a ser universitario, no más el mariguano que representaba para ella lo más odioso del mundo. La sujeté con mis brazos, una fuerza desconocida emanaba de mis músculos, la volteé de nalgas después de que le arrancara la ropa y la viole al puro estilo canino, con mordidas en el cuello, con ladridos feroces, con embestidas aceleradas. El director, el candidato y el resto de la clase intentaban separarme pero al menor acercamiento les asestaba una mordida rabiosa, hasta que unos malditos vinieron con un balde de agua hirviendo desde el comedor de estudiantes y lo vaciaron completo sobre mi cuerpo desnudo.
Sin tiempo para quejarme, salí del salón a toda prisa, cuando llevaba buen tramo volteé para observar como las patullas policiacas comenzaban mi casería. Pero me había puesto a correr como un perro callejero y malherido.
No me presenté más en la escuela.
Un día me llamó una compañera para preguntarme si iría a la graduación, le dije que no podía porque tendría a la maestra y a la policía detrás de mí apenas entrara al salón de ceremonias, pero ella me interrumpió, no debes preocuparte, a la maestra la encontraron muerta en su departamento, la atacaron los quince bull terrier que, dicen, tenía como mascotas. Entonces iré, le dije a la compañera entusiasmado. Pero me quedé en casa a roer un hueso grasoso de ternera.
Recién cumplí los cuarenta años me inscribí en la licenciatura en letras. Uno de mis nietos cursaba estudios ahí y había conseguido alentarme lo suficiente para sacar matricula. Yo no era un amante de los libros, aunque el ejercicio de la lectura siempre me ha sido agradable y útil, no tenía como principal ocupación hurgar entre páginas, ni escudriñar el significado del símbolo.
Los primeros días en el aula me parecieron interminables, aún peor porque los otros alumnos eran dos o tres veces menores que yo, e incluso al profesor le llevaba una década completa. Las compañeras lucían cada día un atuendo distinto, pero la ropa era lo menos interesante en ellas, sus cuerpos hermosos llenaban de alegría las tardes, incluso le comenté a mi hermana: esas niñas son tan bonitas que no podía creer que me dijeran Andrés, así como si nada. A ella le pareció que me entusiasmaba de más con aquellas putillas y tenía razón.
Antes de pisar el aula me imaginaba un ambiente restirado, de gente que toma el camino del otoño muy rápido, sin necesidad, sin la mesura ilusa de los años, sólo por que no soportan estar tan consientes de su pequeñez. Pero me encontré a un nutrido grupo de adolecentes que vivían las primeras ilusiones de la confusión y que disfrutaban sobretodo del mejor momento para hacer fiestas.
Algunos profesores también eran animosos, se unían a las cooperaciones y junto a todos alzaban su vaso de mezcal. Se forjaban quince o veinte churros de mota, algunas compañeras ya pedas se animaban a coger. Yo no tenía tanta suerte para que me tocará un acostón, sólo se reían de mí; consiguieron engañarme dos veces, la más buena de la fiesta se me encimaba, cuando intentaba tocarle el bollo, me lanzaba un vaso donde, previamente, habían apagado las ardientes bachas de los tabacos.
Las fiestas jamás eran programadas, de esa forma era imposible que se realizaran, las mejores ocurrían entre semana, cuando los chavos traían aún del dinero que sus padres les abonaban desde el rancho. A esto, como es de esperarse, le sucedían las crudas tremendas, amanecidos en cualquier rincón, tardábamos unos segundos en retomar la rueda, algunos recibían al sol bebiendo o inhalando coca.
Confieso que yo me retiraba temprano la mayoría de las veces y aún así no conseguía disipar el malestar a tiempo. Los maestros que no eran fiesteros no tardaron en mirarme con desdén, pues, a lo Sócrates, me acusaban de deslumbrar para confundir a los alumnos más jóvenes. Era mentira, aquellos muchachos me parecían completos bobos con un futuro insulso.
Pero ella no se conformó con chismorrear, ni con aconsejarle a los compañeros que no tuvieran más amistad conmigo de la necesaria. Fue más suspicaz pero más dañina, su ponzoña brotaba sobretodo a la hora de la clase. Desde que era estudiante de primaria me gustó sentarme en la orilla junto a la ventana, siempre me ha causado problema enfocar mi atención en una sola cosa. Ella tenía un método muy ramplón, se instalaba en el escritorio, encendía su computadora portátil y, más como una réferi que como una maestra, decía quien era el próximo en exponer el tema del día. Me costaba mucho trabajo permanecer quieto, pero tampoco me hallaba a gusto si le hacia plática a un compañero, me cansé pronto de mirar a las muchachas y hacer dibujos me entretenía, pero sólo unos minutos.
Pronto descubrí que lo mejor era salirme, me llevaba un poquito de hierba y me escondía para fumarla, lejos de los viciosos que hacían guardia en las canchas, a esos nadie los tomaba enserio porque se reventaban recio todos los días, en cambio yo prefería sólo atizar en la clase de la maestra perra, me subía a mi auto, prendía la radio y daba una vuelta por el campus, ya estimulado regresaba al salón para dar mi comentario los diez o quince minutos que restaban. Así funcionó bien las primeras semanas, después no me fumaba sólo un gallo, me hacia tres y bebía un par de cervezas, luego, la verdad no recuerdo bien como, empecé a trabar amistad con los vagos de la cancha.
Eran encajosos sin dinero, me pedían para todo, hasta querían que los llevara a la tienda, como su chofer-mecenas, un tiempo lo pasé bien entre ellos, me gustaba sentir que no tomaban a la ligera mis años, cuando les platicaba del antiguo mundo de la compra venta de marihuana en la ciudad se entusiasmaban, pero no con otro tipo de relatos, estaban obsesionados con el vicio y la parafernalia de los fumadores, algunos incluso habían sido expulsados de la universidad por negarse a disminuir su consumo en horas de escuela.
La maestra comenzó a fastidiarme al ver que entraba con los ojos rojos y la pupila dilatada, hacia cara de molestia, fruncía los labios y decía para la clase: se ve que ya se fue a dar sus vitaminas don Andrés, y los que estaban sentados se desternillaban de la risa, pues sabían que era verdad y disfrutaban de mis humillaciones públicas.
Preferí durante un par de tardes no aparecerme por la escuela, en especial los días en que la pinche maestra atendía a mi grupo; ella junto a mí es una niña idiota, pensaba cuando se acercaba la hora de entrar.
Me quedaba en casa repasando algunas lecciones, sobretodo de literatura europea del siglo XVIII, me interesaba Flaubert y eso que mi nieto me advirtió que a primera impresión me parecería abrumadoramente cursi. Pero no fue así, al contrario, lo encontré conmovedor y profundo. ¿ Cómo sabía tanto acerca de los seres humanos, cómo si sólo era un francés, es decir un simple ciudadano del mundo, podía hablar de forma tan general de los hombres?, quizá porque no era tan “simple” y había aprendido a observar el comportamiento de las personas al grado de encontrar los caracteres que las hacen similares.
Leía una edición de Madme Bovary, estaba justo en el capitulo donde Rodolphe ha perdido el interés por Emma y ella se desgañita implorándole la pasión que el esmirriado Charles no pudo darle; cuando alcé los ojos del libro y vi a la maestra perro delante de mi. Hizo trampa en el examen, me dijo en un tono de voz malicioso, lleno de rencor.
Esa fue la primera vez que me reprobó injustificadamente, pues yo no había copiado ni hecho ninguna trampa en el examen, ya cuando fui joven e hice la educación elemental había copiado mucho y había recibido muchos castigos, los cuales habían funcionado, desde los diecinueve años no hice más trampas en pruebas, ni siquiera cuando me detenían en la calle para hacerme un test de salud esos enfermeros charlatanes que le checan a uno la presión por un peso.
Estaba furioso y frustrado, esa niña pendeja quería que le diéramos nuestro respeto pero jugaba a ser la malvada maestra, sin ablandar en buen termino su pensamiento. No tenía en mi vida porque darle entrada, la misma tarde en que repasaba la novela del maestro francés me hice consiente a la fuerza de esta idea y decidí ya no pensar en el asunto, dejar el juego de la escuelita, concentrarme ante todo en que si había entrado lo hacía con el propósito que fijé mi primer día: ocupar el exceso de tiempo que le es tan común a muchos jubilados.
Un año se cumplió sin que volviera a pisar la escuela, la frustración que me había causado reprobar a una edad tan avanzada y los motivos estúpidos por los cuales había sucedido la desgracia, no me permitían caminar los pasillos ni acercarme a la puerta principal, una poderosa energía de odio y resentimiento me aprisionaban sin dejarme mover. Pero como los malos amores, se me olvidó rápido, poco a poco me fui acercando, de pronto una tarde ya había pasado todo el día ahí, tirado sobre el pasto hojeando un libro de Ezra Pound.
Mi hermana me pidió que no fumara marihuana en la sala porque a ella el aromático humo del cáñamo no le causaba ningún placer. Sólo podía fumar en las mañanas cuando ella salía a llevar a mi sobrino al jardín de niños y otro poco en la madrugada, pero eso sí conseguía quedarme alerta para asegurarme de que ellos no despertarían.
Con la prohibición en mi casa no me sentía cómodo, aunque podía fumar en la azotea, o pegado a la ventana de la calle, preferí salir todas las tardes a dar un paseo por la que acababa de ser mi escuela, me sentaba en los prados y fumaba despacio sin prisa. El viernes de esa semana fui a quemar un poco de hierba, camino a los jardines, por las aulas vacías, escuché los chillidos de unos cachorros.
El alboroto venía de un costado del edificio central, caminé deprisa, al borde de la pared encontré un trío de perritos recién nacidos que gimoteaban juntó a su madre. La maestra estaba tendida sobre la tierra, mantenía las piernas abiertas, el último cachorro luchaba por salir de la vagina estrecha, el lloriqueo se volvió callados suspiros. La catedrática tomó algunas de sus prendas, se vistió rápido sin dejar de caminar, aunque lo hacía lento, con pasos torpes; yo la perseguía con los cuatro cachorritos contra el pecho. Ella no volteaba, no se detenía, le dije que no dejara ahí a los niños, la tomé de un hombro, dio a su cuello un giró veloz para clavarme la dentadura en el brazo izquierdo, solté a las crías que cayeron dispersas a nuestro alrededor, la perra recuperó la fuerza suficiente para correr entre ladridos estruendosos que agitaban el reflejo de la luna en los vidrios de los edificios.
De los cuatro recién paridos sólo uno sobrevivió, era de un negro mate muy profundo con una de las patas traseras totalmente blanca, parecía que estaba desnudo y llevaba puesto un calcetín blanco. Me lo quedé aturdido por la impresión de lo que había observado, aunque el perro tenía el aspecto común a su especie, la imagen de su parto me incomodaba, le tenía miedo a la criatura, era un miedo que me estaba causando daño, pues le hacía tantos mimos y complacencias para “no despertar su maldad” que no había estado consiente el día que subordiné mi vida a sus caprichos, hasta el punto de pasarme los días enteros pendiente de su dormitar excesivo y su apetito sin medida.
Una tarde escuché que algo raspaba con la puerta, afuera de mi portón la maestra llamaba como hacen los animales domésticos, con las patas de arriba hacia abajo un par de veces. Aunque la odiaba, también le fingía respeto por temor a sus desconocidas facultades mutantes.
La mordida que me había proporcionado aquella noche no tenía la cicatriz formada, la carne se veía latente, pero no sentía dolor, ni molestia, al contrario, desde aquel suceso la depresión y el mal genio se mantenían menos vigentes en mi vida, las cosas parecían ser amables una vez más con el viejo y mostrarle un poco de dulzura, al fin.
Entre sollozos de perra me contó que un ex alumno la había maldecido con la condena de parir de perritos durante cinco años, éste ya es el cuarto, agregó un poco más ofuscada que al principio. No entiendo por qué no me quieren los alumnos, me repetía con insistencia, al que me embrujó lo reprobé cinco veces, pero es que olvidaba siempre ponerle el acento a Hernández en el nombre de Francisco Hernández, no podía pasar eso por alto. Sus argumentos estúpidos me sacudieron aún más, le ofrecí una cerveza pero tampoco la aceptó, sólo dijo antes de irse que tenía que matar al perro o me volvería pronto su esclavo. De su bolso sacó mil pesos que me entregó en un sobre en el que decía: como disculpa por la mordida.
Fornicio le puse de nombre al animal, me gustaba el sonido a gondolero veneciano; Até una correa de paseo a su cuello y me lo llevé a un burdel a gastar los mil pesos. El ambiente era bueno los jueves no muy tarde, me gustaban las mujeres de ahí porque no se cohibían cuando el intento de meter el dedo se presentaba, ni hacían escándalo por pedir una rebaja en la mamada de verga. Dejé a Fornicio amarrado a la mesa mientras una morena me complacía en el privado, era alta de nalgas grandes y cintura fuerte, de huesos macizos, le estaba chupando los pezones cuando escuché que Fornicio soltó chillidos adoloridos, me aparté de la mujer y fui hasta la mesa. Un mesero alto lo había cargado ya muerto después de que un tipo de sombrero vaquero le soltara cinco balas de su treinta y ocho especial sólo por darse ánimos en esa noche en que la coca estaba más rebajada que de costumbre.
La impresión sazonada con la impotencia subieron a mi corazón, caí despilfarrado al piso, no supe nada hasta que desperté en el hospital “Chispa de Cristo” la clínica donde mi hermana trabaja de enfermera. En tres días me recuperé totalmente, aunque mi estado emocional seguía apagado. Una mañana que desperté a medio día luego de soñar mucho tiempo con Fornicio, abrí los ojos y di tres aullidos que aturdieron al doctor que me cuidaba.
Hundido en la amargura no me había enterado que el periodo de inscripciones en la facultad había comenzado ya; quise retomar la carrera para mantener mi imaginación distraída, sin ocuparse únicamente de pistolas, cuerdas, asfixia con carbón.
El director me dijo que podía entrar pero que no tendría titulo si no aprobaba la materia de la maestra perra, es la única con la que se atrasó, añadió a su imbécil y por suerte breve discurso de rebienvenida. Creí que me sería fácil aprobar con la maestra por los antecedentes que entre ella y yo habían ocurrido, pero cuando me presenté en su clase el gesto con el que me recibió inmediatamente me hizo notar lo contrario; sus labios se habían colgado a la izquierda, los ojos desplegaban maldad brutal; le sonreí mientras ofrecía mi palma abierta al saludo, ella se me quedó mirando unos segundos y preguntó: ¿ya lo mataste?, me senté en una banca muy cerca de ella, hasta que terminó la clase le dije: no lo he matado, sigue en mi casa, se parece tanto a su madre.
Los efectos de la mordida no terminaron con insolentes aullidos ni depresión por la muerte de Fornicio. Una tarde antes de la clase de los martes, me había fumado un par de churros y esperaba a que el día se fuera lo más rápido posible para volver a la casa a echar una siesta; la maestra entró al salón acompañada del director, la secretaria del director y un aspirante a rector que tenía una cara grande que parecía una mascara.
El de la mascara comenzó su discurso, más becas, más escuelas en los municipios. La maestra estaba frente a mí, de pie, llevaba una falda pegada al cuerpo que dejaba ver unas formas que antes jamás le había notado, su cadera estaba bien delineada y su culo sobresalía delicioso, pero nada era tan hermoso como el aroma que despedía, un perfume acre de sexo limpio y sudor, aroma que me colocó al borde del deseo, tenía la verga parada, dura como una solera de metal; aunque mi conciencia intentaba detenerme no pude guardar las ganas de lanzarme, y me lancé sobre ella de un salto. No era más el viejo que jugaba a ser universitario, no más el mariguano que representaba para ella lo más odioso del mundo. La sujeté con mis brazos, una fuerza desconocida emanaba de mis músculos, la volteé de nalgas después de que le arrancara la ropa y la viole al puro estilo canino, con mordidas en el cuello, con ladridos feroces, con embestidas aceleradas. El director, el candidato y el resto de la clase intentaban separarme pero al menor acercamiento les asestaba una mordida rabiosa, hasta que unos malditos vinieron con un balde de agua hirviendo desde el comedor de estudiantes y lo vaciaron completo sobre mi cuerpo desnudo.
Sin tiempo para quejarme, salí del salón a toda prisa, cuando llevaba buen tramo volteé para observar como las patullas policiacas comenzaban mi casería. Pero me había puesto a correr como un perro callejero y malherido.
No me presenté más en la escuela.
Un día me llamó una compañera para preguntarme si iría a la graduación, le dije que no podía porque tendría a la maestra y a la policía detrás de mí apenas entrara al salón de ceremonias, pero ella me interrumpió, no debes preocuparte, a la maestra la encontraron muerta en su departamento, la atacaron los quince bull terrier que, dicen, tenía como mascotas. Entonces iré, le dije a la compañera entusiasmado. Pero me quedé en casa a roer un hueso grasoso de ternera.
domingo, 21 de junio de 2009
OTRO CUENTO DE LOCOS DROGADICTOS
PORQUE NO LO CONSIDERO UN TEMA AGOTADO Y PORQUE AUNQUE QUIERA NO ME PUEDO LIBRAR DE IMAGINAR ESTE TIPO DE HISTORIAS, ESCRIBI UN NUEVO CUENTO
SOBRE DROGAS Y DESENFRENOS SEXUALES, LOS QUE OPINAN QUE YA ME ESTANQUÉ TIENEN TODA LA RAZÓN, AUNQUE YO NO LO LLAMARIA ESTANCAMIENTO Y SÍ CONCIENCIA TEMÁTICA, ES EN ESTOS ASUNTOS DONDE CLAVO MI BANDERA, SI DISPONES DE UNOS MINUTOS Y QUIERES LEER ESTE CUENTO, ENTRALE, TE SENTIRAS COMO SI TE HUBIERAS DADO UN PISTO Y UNAS PASTAS DENSAS.
LAS NOCHES CONVULSAS DE MADAME PILDORAS
La mujer llevaba una vida miserable, agobiada por una enfermedad mental derivada de los trastornos al sueño durante cuarenta años. Las píldoras le ayudaban a dormir, pero el preció fue la neurosis demencial, el ansia feroz, las pesadillas que la despertaban temblorosa, sumergida en fantasías que por lo regular terminaban en el hospital, a punto de morir por rasgarse con un cuchillo las venas o el vientre.
Las enfermeras no la soportaban, con tres días de tenerla en la cama del hospital les bastaba de gritos, insultos, proyectiles de gelatina y papilla; cuando les había colmado la paciencia, las que cubrían el turno de la madrugada, ponían en sus venas la miel que endulzara los sueños perversos de su mente, ella dormía, las enfermeras también. Pero al despertar era el mismo número, los alaridos y las agresiones.
De todas las enfermeras que huían cuando se enteraban que una vez más habían ingresado a Madame Píldoras, como ya le conocían en las pláticas de la cafetería, la más antigua, que era enorme, ancha, como un animal bruto, barbuda, de ceja poblada, nunca rehuía a cuidarla, porque era vecina en el condominio donde la anciana tenía guardados cincuenta años. Fue de las primeras en habitar esa parte de la ciudad, que al pasar los años se convirtió en el centro de una comunidad más grande. La enfermera la conocía de quince años atrás cuando se mudó de una ciudad norteña. Pasaron cinco años de saludos en la entrada del edificio, de escuchar sus discos de Vivaldi más allá del concreto de la pared del baño, hasta que una noche la señora se abrió una herida profunda en el centro del pecho, los gritos despertaron a la enfermera, llamó a la policía y aunque escuchó el alboroto no quiso salir de su departamento.
A la mañana siguiente que entró a trabajar se enteró quien era la paciente, se acercó a ella, le tomó la mano izquierda. Le recordaba a su mamá apenas muerta, por eso le tomó estima, por eso siempre pedía ser su enfermera.
Cuando cada una estaba en su departamento también le hacia visitas para ayudarle a cambiar la cama, barrer la sala o prepárale una sopa. La anciana se pasaba las horas en la cama, drogada, escuchando los discos llenos de polvo donde los allegro y los presstisimo batallaban para sonar más frescos y menos melancólicos. Desde las primeras gotas, hasta los valium de la tarde, la señora sentía hundirse en un colchón de algodón de azúcar, donde el sueño tenía gravedad, era espeso y dulce, empalagoso y profundo.
No se conocía a ningún pariente cercano, nadie que la visitara, que le trajera unas frutas o le abriera las cortinas, cuando la enfermera tardaba más de tres días sin visitarla, la encontraba maltrecha, hedionda, con los huesos al descaro.
Así mantuvieron la relación hasta que la enfermera, por descuidarse en servicio de su amiga, también comenzó con achaques, terribles convulsiones que la habían puesto en cama; separada por un muro de Madame, pasaba los días pegada a la pared preguntando casi a gritos ¿se siente bien?, pero ni una palabra le podía escuchar a la durmiente anciana.
Sus hijas se habían marchado a una gira por el país con el equipo de futbol femenil de la organización única de peluqueras y estilistas. En la noche, después de tocarse un poco entre los pelos del pubis, pensaba en lo desagradable del tiempo, porque carcome el cuerpo, seca las ganas. Sí la voluntad fuese liquida, tan simple como servirla, pero es de materia incierta, como la soledad y esas cosas que no pueden capturarse para domesticarlas.
Le costaba el doble de trabajo atender los padecimientos de las dos, pero hacía esfuerzos impresionantes para caminar de la cama al baño, de ahí a la cocina, hervía un poco de agua para infusión, luego a la puerta, dos pasos, otros dos, ya en la entrada buscaba la llave colgada entre el milagro y el escapulario. Su amiga en la cama, la miraba con los ojos abiertos, pero sin gesto, sin espíritu. La cambiaba de ropa, le daba el té de gordolobo. Ya entrada la noche salía con pasos cortos, muy lentos, buscaba la llave de su casa y entraba.
Cuando escuchó que tocaban la puerta sintió miedo de abrirla, con dificultad se puso en pie y abrió. Tiene cara de cabroncita, le dijo al oído unos días después a su amiga, pero es buena muchacha.
Sonia era amiga de las chavas en el equipo de fut bol, no salió de gira con el resto porque su padre había atropellado a un enano torero por accidente, en la feria de su pueblo, y ella tubo que viajar hasta allá para resolver, con favor de sus nalgas gordas y un soborno, la libertad de su progenitor. Había regresado del rancho cuando la llamaron para pedirle que cuidara a su mamá por dos semanas. Como ya habían depositado tres mil pesos en su cuenta no pudo negarse.
Delgada como un poste de teléfono público, alta como un helecho aferrado a una esquina, de rasgos delicados puestos ordenadamente sobre un rostro mesurado, cuya redondez de bordes la hacia parecer exquisita al tacto, el cabello negro castaño caído sobre los hombros delicados y desnudos, el vientre enmarcado por los huesos sobresalientes de la cadera, cerca del ombligo una formación dispareja de vellos rubicundos, vestía mallas negras, tenis de calaveritas, su mechón pintado de rosa fluorescente, una pequeña argolla en la nariz, tres más en cada oreja, un piercing en la lengua y dos en los extremos del labio inferior, la blusa larga con un cinturón ancho al centro, en el pecho un letrero que decía BEBE.
La enfermera la reconoció enseguida, ya había estado en casa una o dos veces, en fiestas que organizaban las muchachas. BEBE, como le apodó desde ese momento, la cuidaba por las mañanas, antes de irse la encaminaba del brazo a la cas de su amiga. Nunca entraba, la dejaba en la puerta, un beso a la mejilla y adiós, se iba como encendida de algún motor a encontrarse con el amante o las amigas. Salvo aquella ocasión, cuando la enfermera recayó gravemente y le pidió que fuera al departamento vecino para alimentar a la señora. Con una mueca de enfado dijo que lo haría. Al entrar en el departamento, el olor de la humedad, de las medicinas y del cuerpo agonizante, la hicieron sentir nauseas, algo de miedo y nervios.
Colocó el plato con crema de chícharo y el agua fresca de melón en la coqueta frente a la cama. La anciana tenía muchos cosméticos, la mayoría en tonalidades oscuras, del sepia al ciam, del negro al café. Cuando le habló para que tomara la comida, respondió con un largo ronquido. BEBE se pasó hora y media probando los colores sobre su delicado cutis, al final se decidió por sombra purpura, labios negros, polvo blanco en las mejillas y un toque marrón para parecer muñeca abandonada.
Antes de irse entró al baño, en el lavamanos había una caja de pastillas. BEBE las identificó rápido, desde que trabajaba ahí, ansiaba encontrar unas cuantas de esas. Eran hipnóticos fuertes, sacó una cartera completa y la guardó dentro de su bolsa en forma de abeja.
Al día siguiente no fue a trabajar, la enfermera fue la única que notó su ausencia; ella misma tuvo que hacerse cargo de sus deseos. Marcó al teléfono de la muchacha pero una voz apretada le decía que no estaba disponible. Pasó la mañana y la tarde en casa de Madame, por fin estuvo despierta más de tres horas, sentadas en la cama frente al televisor, aprovechó una pausa comercial en la novela de las ocho para preguntarle ¿Qué hiciste con mis pastillas?
La enfermera creyó que se refería a los somníferos, se levantó de la cama, abrió el cajón de la coqueta y sacó una caja nueva, extrajo dos y le dijo, chúpelas, son de las dulces, pero la anciana le miraba con rencor, con severidad en sus facciones, dame mis pastillas pinche vieja. La mujer no comprendía el por qué de los insultos, la repentina lucidez de su amiga satisfacía a su esfuerzo, pero esos reclamos la desconcertaron en tal grado que abandonó el departamento con sollozos lastimeros, mientras la anciana le gritaba desde su habitación: lárgate pinche ratera, ya me las pagarás.
La mañana llegó junto con BEBE, la despertaron los toquídos insistentes de siempre. El maquillaje de muñeca bruja seguía sobre su rostro, la enfermera la miró con enojo, no había dejado aún su bolso y su chamarra de piel sobre el sofá como todas las mañas cuando ella comenzó a reclamarle por las pastillas extraviadas. No confesó que las tenía, pero en su voz que se adelgazaba, que soltaba palabras nerviosas, dejó entrever su culpabilidad y por lo tanto puso al descubierto su vicio secreto.
La enfermera no le dijo más, la dejó barrer el piso y prepararle jugo de apio. Tenía una trampa para ella. Al decir que se marchaba, le pidió que entrara de nuevo al departamento de la vieja, que le pusiera a calentar el baño, más tarde iré yo a bañarle, le dijo segundos antes de que cerrara la puerta.
BEBE prendió el boiler y se metió al baño. Sabía que la señora estaba dormida, por eso no se molestó en llamarla ni en decir hola siquiera. Abrió los cajones bajo el lavamanos y encontró la misma caja de antes pero vacía. Sintió un hueco en el estómago, había prometido llevarles doce a los chavos de la esquina que le habían comprado las otras a quince pesos cada una. Ya tenía ilusiones sobre un reproductor mp3 y un bolso en forma de araña que encontró en el centro.
Desesperada hurgó por toda la casa, hasta encontrar el cajón del tesoro en la coqueta. La vieja roncaba como un felino saciado de su hambre. Había muchas pastillas pero ningunas como las anteriores. Tomó dos cajas de ansiolíticos y una de somníferos, las sacó del paquete y las metió en un par de bolsitas de plástico que había llevado ex profeso.
En la esquina la esperaba la banda de los trece, trece cholos que habían tomado como centro de reunión el cruce de dos callejones, tenían colocados asientos hechos con rejas que les regalaba el dueño de la tienda de abarrotes donde se surtían de cervezas y cigarros. Toda la tarde después de que salían de la obra, porque muchos eran albañiles, se ponían a pistear y a fumar gallo tras gallo. La gente del barrio, aunque no les tenían mucha confianza, se habían acostumbrado a su presencia, muchos los saludaban con amistad, en contadas ocasiones había problemas, sólo cuando algún chivatón rajaba con la policía. Pero al día siguiente se sabía la identidad del soplón y todos lo esperaban para darle una madriza épica en plena calle.
Cuando la vieron llegar se emocionaron, cerveza en mano hicieron un circulo a su alrededor, qué, se hizo o no, le preguntó uno, de las que traje antier no, pero si de estas, dijo BEBE mientras sacaba de su bolso las píldoras, pero estas se las voy a dar más caras porque son más densas, a veinte la pinga, recalcó mientras los cholos renegaban del precio. Bueno a dos por veinticinco, les dijo para que mordieran el anzuelo. Y así fue, le compraron dieciséis pastillas con doscientos pesos que juntaron entre todos, apenas se las dio las repartieron y se las tragaron.
Los trece eran jóvenes, no pasaba de veinte años el más viejo. La cerveza y la marihuana no los transformaba mucho, los ponía contentos o los distraía del duro trabajo diario, salvo las peleas con otros barrios, el castigo a los chismosos y el hostigue a las chavas atractivas, no delinquían más allá, no asaltaban, ni atracaban a los transeúntes. A las doce de la noche era tranquilo pasar como a las seis o las tres de la tarde, pero desde que probaron las pingas se aceleraron más, dejaron de ir a sus trabajos, pasaban más tiempo en la esquina, no se medían con las mujeres, les tocaban el culo, les dio por empezar a robar, primero las caguamas en la tienda, luego bolsas y carteras. Estaban descontrolados, amanecían tirados en las banquetas, dormidos, con la ropa de una semana.
Y su proveedora contenta, llevándoles cada tercer día alguna novedad, ellos la llenaban de regalos, bolsas, relojes, teléfonos móviles que conseguían en sus asaltos diurnos. Cuando no tenían para compararle se dispersaban por las calles, volvían en diez minutos con el dinero suficiente para otras veinte o treinta pastillas. BEBE ya no iba a la casa de las señoras, ni contestaba cuando le llamaban las hijas de la enfermera, sólo cuando se le terminaban las pastillas se presentaba, le decía que necesitaba dinero, que la ayudara, que la dejara fregar los platos o cualquier cosa por unos pesos; la vieja se compadecía y siempre la dejaba entrar y le encargaba que le diera de comer a la vecina antes de irse.
Madame no se daba cuenta de la falta de sus fármacos, sólo notó la ausencia de aquellos hipnóticos por los que corrió a su compañera, pero como cada fin de semana visitaba al doctor, este la surtía de tabletas al por mayor.
Los trece se habían pasado al crack en menos de un mes, algunos se habían clavado tanto y en tan poco tiempo que ya presentaban síntomas de paranoia delirante, eran agresivos a la menor provocación, ya no podían robar porque la droga no los dejaba ni moverse. Pero cuando les entraba la malilla se ponían a conseguir lo que fuera.
Esa tarde en que esperaban a BEBE con más píldoras ella llegó con las manos vacías. Les dijo que ya no quería robarles más a las señoras porque ya se había comprado muchas cosas y se sentía mal de hacerles daño, además ya no se hablan entre ellas, les dijo a los cholos como si les importara. Cuatro de ellos, los más grandes, la condujeron a empujones a un lote baldío, le dieron una madriza y la amarraron a un pirul. Dime donde viven las pinches viejillas esas, le dijo uno que andaba rapado con tatuajes en la frente, los otros tres la manoseaban, le metían los dedos en el culo y la vagina, le chupaban los pezones, ella al principio pataleaba, soltaba gritos, pero luego pensó que era peor hacer escándalo, se quedó callada y aceptó la verga de los cuatro entrar y salir hasta que la bañaron en mecos.
Les dijo medio desmayada el domicilio de la enfermera y su amiga, los trece la dejaron amarrada al pirul con una jerga en la boca y dos de los menores cuidándola, armados con palos y navajas. El condominio no quedaba lejos de la esquina de los trece, cuando llegaron notaron que era un lugar muy solo, excepto por un señor mayor que al verlos apretó el paso, nadie más se veía rondando los pasillos. En el número siete tocaron el timbre, el ansia se los estaba tragando, no les habrían y decidieron brincarse por el patio. El departamento estaba en el segundo piso, no les fue difícil la entrada, sólo escalar hasta el patio, la puerta estaba emparejada y la lavadora funcionando, el ruido de las aspas no permitió que se escucharan los pasos ni las voces. Los trece entraron en la habitación de la enfermera y la encontraron con un cuchillo de cocina enterrado en la garganta, estaba tirada en el suelo, el piso beige resaltaba aún más el intenso color de la sangre que se abría paso hasta un montón de ropa sucia en la entrada, ahí se encharcaba y comenzaba a cuajar, la orilla tenía el aspecto de carne cruda y vieja. Los cholos se sacaron de onda primero, luego revolvieron todo lo que encontraban al paso, en una mochila que uno de ellos traía guardaron lo que pudieran vender y salieron. Pero no se irían de ahí sin las queridas píldoras y como habían encontrado una llave suelta en uno de los cajones de la enfermera, fueron a probar si abría la puerta de la vecina, y así fue.
La anciana estaba en el baño cuando entraron los cholos, sonaba Vivaldi en un volumen exagerado, pero no lo apagaron para no hacer sospecha. Madame se había comido frasco y medio de hipnóticos, encontraron vomito por todas partes, olía a sanatorio cada rincón de la casa, estaba tirada entre la regadera y la taza, boca arriba su cuerpo desnudo parecía el de una momia. Los trece notaron que estaba manchada de sangre en el rostro y el pecho, pero no tenía heridas, nada más la sangre poniéndose negra también en sus manos que se mantenían tiesas como si empuñaran un cuchillo. Esculcaron hasta dar con las pastillas, las vaciaron todas en sus bolsillos personales y se fueron sin cerrar las puertas, a toda prisa, llenos de temor pero animados por una energía desmedida. Caminaron de regreso sin darse cuenta que el señor grande que los vio entrar había colgado ya el auricular después de hablar a la policía y los observaba alejarse por la avenida desde su ventana cubierta con cortinas floreadas.
En el lote baldío BEBE se había desmayado amarrada y los niños aprovecharon para masturbarse con sus tetas y su cara, cuando llegaron los otros los corrieron diciéndoles que no habían encontrado la casa. Se tragaron algunas pastillas, encargaron caguamas en la tienda armando mucho desmadre, no se dieron cuenta cuando las patrullas llegaron, saltaban los agentes las bardas como gatos. Pero llegaron tarde, cuando los tenían esposados sobre las camionetas, ya habían prendido fuego al cuerpo de BEBE, los gritos de ella y el fuerte olor de carne quemada atrajeron a los agentes. En el cielo crecía un hongo de humo negro y espeso.
Las enfermeras no la soportaban, con tres días de tenerla en la cama del hospital les bastaba de gritos, insultos, proyectiles de gelatina y papilla; cuando les había colmado la paciencia, las que cubrían el turno de la madrugada, ponían en sus venas la miel que endulzara los sueños perversos de su mente, ella dormía, las enfermeras también. Pero al despertar era el mismo número, los alaridos y las agresiones.
De todas las enfermeras que huían cuando se enteraban que una vez más habían ingresado a Madame Píldoras, como ya le conocían en las pláticas de la cafetería, la más antigua, que era enorme, ancha, como un animal bruto, barbuda, de ceja poblada, nunca rehuía a cuidarla, porque era vecina en el condominio donde la anciana tenía guardados cincuenta años. Fue de las primeras en habitar esa parte de la ciudad, que al pasar los años se convirtió en el centro de una comunidad más grande. La enfermera la conocía de quince años atrás cuando se mudó de una ciudad norteña. Pasaron cinco años de saludos en la entrada del edificio, de escuchar sus discos de Vivaldi más allá del concreto de la pared del baño, hasta que una noche la señora se abrió una herida profunda en el centro del pecho, los gritos despertaron a la enfermera, llamó a la policía y aunque escuchó el alboroto no quiso salir de su departamento.
A la mañana siguiente que entró a trabajar se enteró quien era la paciente, se acercó a ella, le tomó la mano izquierda. Le recordaba a su mamá apenas muerta, por eso le tomó estima, por eso siempre pedía ser su enfermera.
Cuando cada una estaba en su departamento también le hacia visitas para ayudarle a cambiar la cama, barrer la sala o prepárale una sopa. La anciana se pasaba las horas en la cama, drogada, escuchando los discos llenos de polvo donde los allegro y los presstisimo batallaban para sonar más frescos y menos melancólicos. Desde las primeras gotas, hasta los valium de la tarde, la señora sentía hundirse en un colchón de algodón de azúcar, donde el sueño tenía gravedad, era espeso y dulce, empalagoso y profundo.
No se conocía a ningún pariente cercano, nadie que la visitara, que le trajera unas frutas o le abriera las cortinas, cuando la enfermera tardaba más de tres días sin visitarla, la encontraba maltrecha, hedionda, con los huesos al descaro.
Así mantuvieron la relación hasta que la enfermera, por descuidarse en servicio de su amiga, también comenzó con achaques, terribles convulsiones que la habían puesto en cama; separada por un muro de Madame, pasaba los días pegada a la pared preguntando casi a gritos ¿se siente bien?, pero ni una palabra le podía escuchar a la durmiente anciana.
Sus hijas se habían marchado a una gira por el país con el equipo de futbol femenil de la organización única de peluqueras y estilistas. En la noche, después de tocarse un poco entre los pelos del pubis, pensaba en lo desagradable del tiempo, porque carcome el cuerpo, seca las ganas. Sí la voluntad fuese liquida, tan simple como servirla, pero es de materia incierta, como la soledad y esas cosas que no pueden capturarse para domesticarlas.
Le costaba el doble de trabajo atender los padecimientos de las dos, pero hacía esfuerzos impresionantes para caminar de la cama al baño, de ahí a la cocina, hervía un poco de agua para infusión, luego a la puerta, dos pasos, otros dos, ya en la entrada buscaba la llave colgada entre el milagro y el escapulario. Su amiga en la cama, la miraba con los ojos abiertos, pero sin gesto, sin espíritu. La cambiaba de ropa, le daba el té de gordolobo. Ya entrada la noche salía con pasos cortos, muy lentos, buscaba la llave de su casa y entraba.
Cuando escuchó que tocaban la puerta sintió miedo de abrirla, con dificultad se puso en pie y abrió. Tiene cara de cabroncita, le dijo al oído unos días después a su amiga, pero es buena muchacha.
Sonia era amiga de las chavas en el equipo de fut bol, no salió de gira con el resto porque su padre había atropellado a un enano torero por accidente, en la feria de su pueblo, y ella tubo que viajar hasta allá para resolver, con favor de sus nalgas gordas y un soborno, la libertad de su progenitor. Había regresado del rancho cuando la llamaron para pedirle que cuidara a su mamá por dos semanas. Como ya habían depositado tres mil pesos en su cuenta no pudo negarse.
Delgada como un poste de teléfono público, alta como un helecho aferrado a una esquina, de rasgos delicados puestos ordenadamente sobre un rostro mesurado, cuya redondez de bordes la hacia parecer exquisita al tacto, el cabello negro castaño caído sobre los hombros delicados y desnudos, el vientre enmarcado por los huesos sobresalientes de la cadera, cerca del ombligo una formación dispareja de vellos rubicundos, vestía mallas negras, tenis de calaveritas, su mechón pintado de rosa fluorescente, una pequeña argolla en la nariz, tres más en cada oreja, un piercing en la lengua y dos en los extremos del labio inferior, la blusa larga con un cinturón ancho al centro, en el pecho un letrero que decía BEBE.
La enfermera la reconoció enseguida, ya había estado en casa una o dos veces, en fiestas que organizaban las muchachas. BEBE, como le apodó desde ese momento, la cuidaba por las mañanas, antes de irse la encaminaba del brazo a la cas de su amiga. Nunca entraba, la dejaba en la puerta, un beso a la mejilla y adiós, se iba como encendida de algún motor a encontrarse con el amante o las amigas. Salvo aquella ocasión, cuando la enfermera recayó gravemente y le pidió que fuera al departamento vecino para alimentar a la señora. Con una mueca de enfado dijo que lo haría. Al entrar en el departamento, el olor de la humedad, de las medicinas y del cuerpo agonizante, la hicieron sentir nauseas, algo de miedo y nervios.
Colocó el plato con crema de chícharo y el agua fresca de melón en la coqueta frente a la cama. La anciana tenía muchos cosméticos, la mayoría en tonalidades oscuras, del sepia al ciam, del negro al café. Cuando le habló para que tomara la comida, respondió con un largo ronquido. BEBE se pasó hora y media probando los colores sobre su delicado cutis, al final se decidió por sombra purpura, labios negros, polvo blanco en las mejillas y un toque marrón para parecer muñeca abandonada.
Antes de irse entró al baño, en el lavamanos había una caja de pastillas. BEBE las identificó rápido, desde que trabajaba ahí, ansiaba encontrar unas cuantas de esas. Eran hipnóticos fuertes, sacó una cartera completa y la guardó dentro de su bolsa en forma de abeja.
Al día siguiente no fue a trabajar, la enfermera fue la única que notó su ausencia; ella misma tuvo que hacerse cargo de sus deseos. Marcó al teléfono de la muchacha pero una voz apretada le decía que no estaba disponible. Pasó la mañana y la tarde en casa de Madame, por fin estuvo despierta más de tres horas, sentadas en la cama frente al televisor, aprovechó una pausa comercial en la novela de las ocho para preguntarle ¿Qué hiciste con mis pastillas?
La enfermera creyó que se refería a los somníferos, se levantó de la cama, abrió el cajón de la coqueta y sacó una caja nueva, extrajo dos y le dijo, chúpelas, son de las dulces, pero la anciana le miraba con rencor, con severidad en sus facciones, dame mis pastillas pinche vieja. La mujer no comprendía el por qué de los insultos, la repentina lucidez de su amiga satisfacía a su esfuerzo, pero esos reclamos la desconcertaron en tal grado que abandonó el departamento con sollozos lastimeros, mientras la anciana le gritaba desde su habitación: lárgate pinche ratera, ya me las pagarás.
La mañana llegó junto con BEBE, la despertaron los toquídos insistentes de siempre. El maquillaje de muñeca bruja seguía sobre su rostro, la enfermera la miró con enojo, no había dejado aún su bolso y su chamarra de piel sobre el sofá como todas las mañas cuando ella comenzó a reclamarle por las pastillas extraviadas. No confesó que las tenía, pero en su voz que se adelgazaba, que soltaba palabras nerviosas, dejó entrever su culpabilidad y por lo tanto puso al descubierto su vicio secreto.
La enfermera no le dijo más, la dejó barrer el piso y prepararle jugo de apio. Tenía una trampa para ella. Al decir que se marchaba, le pidió que entrara de nuevo al departamento de la vieja, que le pusiera a calentar el baño, más tarde iré yo a bañarle, le dijo segundos antes de que cerrara la puerta.
BEBE prendió el boiler y se metió al baño. Sabía que la señora estaba dormida, por eso no se molestó en llamarla ni en decir hola siquiera. Abrió los cajones bajo el lavamanos y encontró la misma caja de antes pero vacía. Sintió un hueco en el estómago, había prometido llevarles doce a los chavos de la esquina que le habían comprado las otras a quince pesos cada una. Ya tenía ilusiones sobre un reproductor mp3 y un bolso en forma de araña que encontró en el centro.
Desesperada hurgó por toda la casa, hasta encontrar el cajón del tesoro en la coqueta. La vieja roncaba como un felino saciado de su hambre. Había muchas pastillas pero ningunas como las anteriores. Tomó dos cajas de ansiolíticos y una de somníferos, las sacó del paquete y las metió en un par de bolsitas de plástico que había llevado ex profeso.
En la esquina la esperaba la banda de los trece, trece cholos que habían tomado como centro de reunión el cruce de dos callejones, tenían colocados asientos hechos con rejas que les regalaba el dueño de la tienda de abarrotes donde se surtían de cervezas y cigarros. Toda la tarde después de que salían de la obra, porque muchos eran albañiles, se ponían a pistear y a fumar gallo tras gallo. La gente del barrio, aunque no les tenían mucha confianza, se habían acostumbrado a su presencia, muchos los saludaban con amistad, en contadas ocasiones había problemas, sólo cuando algún chivatón rajaba con la policía. Pero al día siguiente se sabía la identidad del soplón y todos lo esperaban para darle una madriza épica en plena calle.
Cuando la vieron llegar se emocionaron, cerveza en mano hicieron un circulo a su alrededor, qué, se hizo o no, le preguntó uno, de las que traje antier no, pero si de estas, dijo BEBE mientras sacaba de su bolso las píldoras, pero estas se las voy a dar más caras porque son más densas, a veinte la pinga, recalcó mientras los cholos renegaban del precio. Bueno a dos por veinticinco, les dijo para que mordieran el anzuelo. Y así fue, le compraron dieciséis pastillas con doscientos pesos que juntaron entre todos, apenas se las dio las repartieron y se las tragaron.
Los trece eran jóvenes, no pasaba de veinte años el más viejo. La cerveza y la marihuana no los transformaba mucho, los ponía contentos o los distraía del duro trabajo diario, salvo las peleas con otros barrios, el castigo a los chismosos y el hostigue a las chavas atractivas, no delinquían más allá, no asaltaban, ni atracaban a los transeúntes. A las doce de la noche era tranquilo pasar como a las seis o las tres de la tarde, pero desde que probaron las pingas se aceleraron más, dejaron de ir a sus trabajos, pasaban más tiempo en la esquina, no se medían con las mujeres, les tocaban el culo, les dio por empezar a robar, primero las caguamas en la tienda, luego bolsas y carteras. Estaban descontrolados, amanecían tirados en las banquetas, dormidos, con la ropa de una semana.
Y su proveedora contenta, llevándoles cada tercer día alguna novedad, ellos la llenaban de regalos, bolsas, relojes, teléfonos móviles que conseguían en sus asaltos diurnos. Cuando no tenían para compararle se dispersaban por las calles, volvían en diez minutos con el dinero suficiente para otras veinte o treinta pastillas. BEBE ya no iba a la casa de las señoras, ni contestaba cuando le llamaban las hijas de la enfermera, sólo cuando se le terminaban las pastillas se presentaba, le decía que necesitaba dinero, que la ayudara, que la dejara fregar los platos o cualquier cosa por unos pesos; la vieja se compadecía y siempre la dejaba entrar y le encargaba que le diera de comer a la vecina antes de irse.
Madame no se daba cuenta de la falta de sus fármacos, sólo notó la ausencia de aquellos hipnóticos por los que corrió a su compañera, pero como cada fin de semana visitaba al doctor, este la surtía de tabletas al por mayor.
Los trece se habían pasado al crack en menos de un mes, algunos se habían clavado tanto y en tan poco tiempo que ya presentaban síntomas de paranoia delirante, eran agresivos a la menor provocación, ya no podían robar porque la droga no los dejaba ni moverse. Pero cuando les entraba la malilla se ponían a conseguir lo que fuera.
Esa tarde en que esperaban a BEBE con más píldoras ella llegó con las manos vacías. Les dijo que ya no quería robarles más a las señoras porque ya se había comprado muchas cosas y se sentía mal de hacerles daño, además ya no se hablan entre ellas, les dijo a los cholos como si les importara. Cuatro de ellos, los más grandes, la condujeron a empujones a un lote baldío, le dieron una madriza y la amarraron a un pirul. Dime donde viven las pinches viejillas esas, le dijo uno que andaba rapado con tatuajes en la frente, los otros tres la manoseaban, le metían los dedos en el culo y la vagina, le chupaban los pezones, ella al principio pataleaba, soltaba gritos, pero luego pensó que era peor hacer escándalo, se quedó callada y aceptó la verga de los cuatro entrar y salir hasta que la bañaron en mecos.
Les dijo medio desmayada el domicilio de la enfermera y su amiga, los trece la dejaron amarrada al pirul con una jerga en la boca y dos de los menores cuidándola, armados con palos y navajas. El condominio no quedaba lejos de la esquina de los trece, cuando llegaron notaron que era un lugar muy solo, excepto por un señor mayor que al verlos apretó el paso, nadie más se veía rondando los pasillos. En el número siete tocaron el timbre, el ansia se los estaba tragando, no les habrían y decidieron brincarse por el patio. El departamento estaba en el segundo piso, no les fue difícil la entrada, sólo escalar hasta el patio, la puerta estaba emparejada y la lavadora funcionando, el ruido de las aspas no permitió que se escucharan los pasos ni las voces. Los trece entraron en la habitación de la enfermera y la encontraron con un cuchillo de cocina enterrado en la garganta, estaba tirada en el suelo, el piso beige resaltaba aún más el intenso color de la sangre que se abría paso hasta un montón de ropa sucia en la entrada, ahí se encharcaba y comenzaba a cuajar, la orilla tenía el aspecto de carne cruda y vieja. Los cholos se sacaron de onda primero, luego revolvieron todo lo que encontraban al paso, en una mochila que uno de ellos traía guardaron lo que pudieran vender y salieron. Pero no se irían de ahí sin las queridas píldoras y como habían encontrado una llave suelta en uno de los cajones de la enfermera, fueron a probar si abría la puerta de la vecina, y así fue.
La anciana estaba en el baño cuando entraron los cholos, sonaba Vivaldi en un volumen exagerado, pero no lo apagaron para no hacer sospecha. Madame se había comido frasco y medio de hipnóticos, encontraron vomito por todas partes, olía a sanatorio cada rincón de la casa, estaba tirada entre la regadera y la taza, boca arriba su cuerpo desnudo parecía el de una momia. Los trece notaron que estaba manchada de sangre en el rostro y el pecho, pero no tenía heridas, nada más la sangre poniéndose negra también en sus manos que se mantenían tiesas como si empuñaran un cuchillo. Esculcaron hasta dar con las pastillas, las vaciaron todas en sus bolsillos personales y se fueron sin cerrar las puertas, a toda prisa, llenos de temor pero animados por una energía desmedida. Caminaron de regreso sin darse cuenta que el señor grande que los vio entrar había colgado ya el auricular después de hablar a la policía y los observaba alejarse por la avenida desde su ventana cubierta con cortinas floreadas.
En el lote baldío BEBE se había desmayado amarrada y los niños aprovecharon para masturbarse con sus tetas y su cara, cuando llegaron los otros los corrieron diciéndoles que no habían encontrado la casa. Se tragaron algunas pastillas, encargaron caguamas en la tienda armando mucho desmadre, no se dieron cuenta cuando las patrullas llegaron, saltaban los agentes las bardas como gatos. Pero llegaron tarde, cuando los tenían esposados sobre las camionetas, ya habían prendido fuego al cuerpo de BEBE, los gritos de ella y el fuerte olor de carne quemada atrajeron a los agentes. En el cielo crecía un hongo de humo negro y espeso.
sábado, 30 de mayo de 2009
¡¡¡¡¡YA SALIÓ EL NUEVO FANZINE "LA REVELACIÓN DEL RELAMPAGO"!!!!!!!
jueves, 16 de abril de 2009
!!!!POEMAS¡¡¡¡

CARTAS PARA CYNTHIA DE SU AMIGO ENFERMO DE GOTA EN DÍAS DE VERANO QUE PODRÍAN SER CUALQUIERA, HOY, POR EJEMPLO
I
Bajo las nubes,
debajo del halito sombrío de su peso,
sentí la gravedad hirsuta de la llovizna.
Se mantenía cálida la herida de la tierra,
verano leímos en rayados cuadernos
de pasto y flores.
Una lombriz blanda es mi pie derecho,
depravado a voluntad ardió
de dolor en su tibia poquedad de cinco dedos.
Mi querida, espera a que baje la hinchazón
para que cierres la llave de la lluvia,
déjame respirar esta agua con mis branquias,
perdidas en la madrugada cuando me fueron otorgados
los inútiles adoloridos bastones de hueso débil.
Recuperadas ahora que vienen las limosnas liquidas del cielo,
en el ocaso de mi carrera de joven,
viejo a los veintitantos,
te escribo bajo la lluvia.
Escúchame amiga mía ligera amiga:
estoy comiendo de tu recuerdo
trocitos de calma para las ansias,
reventado de pastillas,
sobado como un rey azteca al sol de la selva tendido,
y soy el ciudadano tal y tal,
no puedo regalarte un puma ni construir una pirámide,
cómo podría con el piquetazo recio del dolor de tobillo,
cómo podría si he bebido incluso el vino de las ofrendas.
Voy a los prados cantando versos a las palmas,
los helechos, las gladiolas,
perdido en el tiempo,
acariciado por sus lóbregas estaciones.
La gota sobre el parabrisas mantiene
su baile ejercitado en tintinear,
lo mojado tiene el peso de la relajación,
mis vísceras igual, por eso se callan,
el rápido adiós del colibrí que llegó montado
en la estrella de la mañana que es Satanás,
y el fruto lacio de la luz que comienza
reanima y comienza.
La gota es un útero, ahí están dentro las partículas,
ella misma es partícula, mi pie es el útero
entonces, como mi cabeza testículo,
el amor agobio,
el asco gloria,
la gota,
gota.
II
La había observado a usted,
quiero decir antes de que también le hablara,
antes de su risa balsámica
ya la había leído mágica
en los pétalos de las flores
de mi tormento,
y me hincho usted el pie de gozo, no de gota,
me puso contento como
un asalariado contento de cobrar,
me burbujeo la vida,
querida amiga brillante.
La celebro desde la alcoba
confortado por su cándida
aparición en el monitor,
deslumbrado por usted
y no por destello de la pantalla.
¡Ya!,
entraré en el agua y pondré el punto.
III
Qué es la raíz de la flor
sino una condena que aferra
la dulzura del color a la tierra,
y qué el amor sino otra
cara de el hambre de los cuerpos,
y qué el hambre de los cuerpos:
nostalgia de lo que no se dio,
cosquillas arrepentidas todo el día.
Yo elijó tu providencia de pantalla,
porque es adorable
como una nube que
dispersa el humus en los parques,
nuestra conversación de confesionario,
nuestros secretos palpitados,
puestos ahí,
a la usura de los incrédulos.
Si observaras la flor de la embriagues
que yo veo y que me hace pensar en Kleist,
te escribiría como él cartas largas a Enriqueta,
quizá podría hacerte soñar
con la pensión en el rio,
las mañanas quietas,
la complicidad con la bala que se entierra.
IV
Vestida de Klimt
muchacha Caravaggio
dulce si es Matisse
turbía de Goya
espontaneaa a lo Pollock
que poco sería Magritte
Menina suave
Renoir al sol fumando con Degas
detenida en la sala alta del Greco
fina en el descaro junto a Shielle
deliciosa por obscena
en la sala de Vermeer
con mirada increíble
parecida a Torneau.
lo escribí con tiza en la pared
hoy.
V
Ayer mantuve la atención
en algo más que llenar
el hueco infinito
y mortal de la impaciencia.
Una pareja de niños
que se besaba detrás de una camioneta
me hicieron imaginarte recostada
sobre la cajuela.
Las manos del muchacho eran la mías,
los ojos tuyos los de ella,
de ella tu respiración
de criatura adolecente.
Creciéndonos.
Soy manos de hielo desde el desierto,
escribo para decirte que estoy feliz
pensando en ti.
VI
Ciempies azul
camina la mitad del sí
la mitad del no
fabulosa estrella
centrifuga su risa
en el concreto
será verdad
lo que sueñan
los hombres
atrapar moscas
ya es la guerra
y reír ancho
ampliar
cínico el desquicio
decir te amo
vacuidad de palo
para vientos huecos
VII
Por la diáspora espora
que alumbra nuestro
encuentro,
cabalgué en autobús
con gracia equina
las millas tremendas
que da esa cosa, la lejanía.
Destilado el hígado,
hinchado el tobillo,
lo sabes muy bien,
prefiero la dulzura de
la queja que ahujas
y graduados en medicina.
También prefiero la mermelada
de fresa sobre pan blando,
nunca esperar la hora de dormir.
¿Para qué hablarle a las estrellas?,
jamás he comprendido a
los que lustran las botas,
pero comprendo lo absurdo
del intento.
VIII
Se aleja para verme,
le han dicho el otro,
espíritu, alma,
el bueno y el malo,
nombres de santos,
y luego dioses,
y generales y esclavos,
y el esto y el aquello,
creo que también a veces:
dolor y gloria.
Pero soy yo que me alejo
cercano al sol como la chispa,
susurrado al infinito,
más estúpido que el resto,
cruel antifaz
ese otro que siempre uno es
El bramido de un tráiler,
silbido rabioso que engorda,
insípida tortilla del almuerzo.
Lo despierta cualquier zumbido,
despega, pero abrazado a mi carne,
piensa que no lo escuchó,
se mueve como un pez
engañado por la espuma brotada
de la danza.
IX
Para descorazonar una manzana
hay que tener la precaución
de purificar la cuchilla
que penetra siempre al fruto
de la conciencia y de el culo.
Cuchilla enhiesta
en la izquierda profana,
la pulpa revelada,
centro de una vagina
amplia,
ejemplifica.
Corta la mano filosa,
imaginó como de costumbre
la Avenida Juárez de todo el país
chillar el alarido herido
de la orfandad sacra en el hurto.
X
¿Por qué no te corto como a la manzana
el corazón con mi mohoso cuchillo
cubierto de espinas que curan?
¿Por qué cifro la sintaxis en
versos que nacen del deseo
y no de la conciencia?
¿Y el escondrijo de la rata esta,
la de mi amor, mi cariño
bobo por la mota y los besos,
no es corriente cosa
acechar por oficio el recuerdo
de tus, simplemente, dulces gestos?
¿Deseas el sortilegio
de acariciar mi lomo
de hurón, mi panza grande,
mis todos animalejos de carne?
¿Quisieras un asalto falso y fílmico
a los balcones de un amor que
nadie entiende, o el arrebatado
dame y toma que por fuerza
será toma y dame?
Bajo las nubes,
debajo del halito sombrío de su peso,
sentí la gravedad hirsuta de la llovizna.
Se mantenía cálida la herida de la tierra,
verano leímos en rayados cuadernos
de pasto y flores.
Una lombriz blanda es mi pie derecho,
depravado a voluntad ardió
de dolor en su tibia poquedad de cinco dedos.
Mi querida, espera a que baje la hinchazón
para que cierres la llave de la lluvia,
déjame respirar esta agua con mis branquias,
perdidas en la madrugada cuando me fueron otorgados
los inútiles adoloridos bastones de hueso débil.
Recuperadas ahora que vienen las limosnas liquidas del cielo,
en el ocaso de mi carrera de joven,
viejo a los veintitantos,
te escribo bajo la lluvia.
Escúchame amiga mía ligera amiga:
estoy comiendo de tu recuerdo
trocitos de calma para las ansias,
reventado de pastillas,
sobado como un rey azteca al sol de la selva tendido,
y soy el ciudadano tal y tal,
no puedo regalarte un puma ni construir una pirámide,
cómo podría con el piquetazo recio del dolor de tobillo,
cómo podría si he bebido incluso el vino de las ofrendas.
Voy a los prados cantando versos a las palmas,
los helechos, las gladiolas,
perdido en el tiempo,
acariciado por sus lóbregas estaciones.
La gota sobre el parabrisas mantiene
su baile ejercitado en tintinear,
lo mojado tiene el peso de la relajación,
mis vísceras igual, por eso se callan,
el rápido adiós del colibrí que llegó montado
en la estrella de la mañana que es Satanás,
y el fruto lacio de la luz que comienza
reanima y comienza.
La gota es un útero, ahí están dentro las partículas,
ella misma es partícula, mi pie es el útero
entonces, como mi cabeza testículo,
el amor agobio,
el asco gloria,
la gota,
gota.
II
La había observado a usted,
quiero decir antes de que también le hablara,
antes de su risa balsámica
ya la había leído mágica
en los pétalos de las flores
de mi tormento,
y me hincho usted el pie de gozo, no de gota,
me puso contento como
un asalariado contento de cobrar,
me burbujeo la vida,
querida amiga brillante.
La celebro desde la alcoba
confortado por su cándida
aparición en el monitor,
deslumbrado por usted
y no por destello de la pantalla.
¡Ya!,
entraré en el agua y pondré el punto.
III
Qué es la raíz de la flor
sino una condena que aferra
la dulzura del color a la tierra,
y qué el amor sino otra
cara de el hambre de los cuerpos,
y qué el hambre de los cuerpos:
nostalgia de lo que no se dio,
cosquillas arrepentidas todo el día.
Yo elijó tu providencia de pantalla,
porque es adorable
como una nube que
dispersa el humus en los parques,
nuestra conversación de confesionario,
nuestros secretos palpitados,
puestos ahí,
a la usura de los incrédulos.
Si observaras la flor de la embriagues
que yo veo y que me hace pensar en Kleist,
te escribiría como él cartas largas a Enriqueta,
quizá podría hacerte soñar
con la pensión en el rio,
las mañanas quietas,
la complicidad con la bala que se entierra.
IV
Vestida de Klimt
muchacha Caravaggio
dulce si es Matisse
turbía de Goya
espontaneaa a lo Pollock
que poco sería Magritte
Menina suave
Renoir al sol fumando con Degas
detenida en la sala alta del Greco
fina en el descaro junto a Shielle
deliciosa por obscena
en la sala de Vermeer
con mirada increíble
parecida a Torneau.
lo escribí con tiza en la pared
hoy.
V
Ayer mantuve la atención
en algo más que llenar
el hueco infinito
y mortal de la impaciencia.
Una pareja de niños
que se besaba detrás de una camioneta
me hicieron imaginarte recostada
sobre la cajuela.
Las manos del muchacho eran la mías,
los ojos tuyos los de ella,
de ella tu respiración
de criatura adolecente.
Creciéndonos.
Soy manos de hielo desde el desierto,
escribo para decirte que estoy feliz
pensando en ti.
VI
Ciempies azul
camina la mitad del sí
la mitad del no
fabulosa estrella
centrifuga su risa
en el concreto
será verdad
lo que sueñan
los hombres
atrapar moscas
ya es la guerra
y reír ancho
ampliar
cínico el desquicio
decir te amo
vacuidad de palo
para vientos huecos
VII
Por la diáspora espora
que alumbra nuestro
encuentro,
cabalgué en autobús
con gracia equina
las millas tremendas
que da esa cosa, la lejanía.
Destilado el hígado,
hinchado el tobillo,
lo sabes muy bien,
prefiero la dulzura de
la queja que ahujas
y graduados en medicina.
También prefiero la mermelada
de fresa sobre pan blando,
nunca esperar la hora de dormir.
¿Para qué hablarle a las estrellas?,
jamás he comprendido a
los que lustran las botas,
pero comprendo lo absurdo
del intento.
VIII
Se aleja para verme,
le han dicho el otro,
espíritu, alma,
el bueno y el malo,
nombres de santos,
y luego dioses,
y generales y esclavos,
y el esto y el aquello,
creo que también a veces:
dolor y gloria.
Pero soy yo que me alejo
cercano al sol como la chispa,
susurrado al infinito,
más estúpido que el resto,
cruel antifaz
ese otro que siempre uno es
El bramido de un tráiler,
silbido rabioso que engorda,
insípida tortilla del almuerzo.
Lo despierta cualquier zumbido,
despega, pero abrazado a mi carne,
piensa que no lo escuchó,
se mueve como un pez
engañado por la espuma brotada
de la danza.
IX
Para descorazonar una manzana
hay que tener la precaución
de purificar la cuchilla
que penetra siempre al fruto
de la conciencia y de el culo.
Cuchilla enhiesta
en la izquierda profana,
la pulpa revelada,
centro de una vagina
amplia,
ejemplifica.
Corta la mano filosa,
imaginó como de costumbre
la Avenida Juárez de todo el país
chillar el alarido herido
de la orfandad sacra en el hurto.
X
¿Por qué no te corto como a la manzana
el corazón con mi mohoso cuchillo
cubierto de espinas que curan?
¿Por qué cifro la sintaxis en
versos que nacen del deseo
y no de la conciencia?
¿Y el escondrijo de la rata esta,
la de mi amor, mi cariño
bobo por la mota y los besos,
no es corriente cosa
acechar por oficio el recuerdo
de tus, simplemente, dulces gestos?
¿Deseas el sortilegio
de acariciar mi lomo
de hurón, mi panza grande,
mis todos animalejos de carne?
¿Quisieras un asalto falso y fílmico
a los balcones de un amor que
nadie entiende, o el arrebatado
dame y toma que por fuerza
será toma y dame?
domingo, 22 de marzo de 2009
domingo, 15 de marzo de 2009
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