ARTICULO DE: LUIS GONZÁLES DE ALBA.
Compré boletos para ver el estreno en español de la ópera Frida y el día de la función los regalé. Detesto a Frida Kahlo y a su tiempo. No es un odio sin motivos: estoy convencido de que la misma actitud que ha trepado a los altares a una pintora mediocre, obsesionada con su desgracia (¡Dios santo! ¿Por qué no la mató el tranvía?), es la misma que mantiene pobre a México, un país rico en recursos que no tienen ni Corea ni Singapur ni Irlanda: paradigmas de países miserables hace 30 años, que sólo producían oleadas de inmigrantes y hoy son países ricos porque han seguido el camino opuesto al de México.
Vayamos por partes: Frida con sus vestidos de tehuana es el ejemplo de la mujer incapacitada para trabajar en una fábrica, hasta, vaya, para subir en camiones y desplazarse al trabajo; como pintora es ejemplo de invención por el mercado del arte gringo. La época de Frida y Diego es la del nacionalismo barato en el que se cimentaron las políticas que nos atan, todavía, a la pobreza y los defectos que incapacitan al pueblo mexicano. Uno de los peores es su xenofobia: los extranjeros vienen siempre a robarnos, y la prueba es que nomás llegan y se vuelven ricos, dice el taxista sabio. No es su mayor capacidad de trabajo, no son sus mayores conocimientos, hasta su mayor habilidad por lo que pronto prosperan entre un pueblo ensimismado. No, es que se aprovechan de los mexicanos.
Ridículo, pero también tengo mi propia xenofobia, a la inversa: veo que, siempre, son hijos de extranjeros, como del alemán señor Kahlo, quienes nos imponen el folklor como único futuro: "Pero ¿por qué queréis despojaros de vuestras tradiciones?" Los extranjeros amantes del folklor y los intelectuales mexicanos ídem, eligen lo más vistoso de las costumbres populares, como los bordados, y no se aplican jamás todo cuanto tienen de opresivo. A los indios les recetan apego a tradiciones que son, en sí mismas, productoras de pobreza, como es la "democracia" directa, a mano alzada, con la que el cacique se eterniza; o las mayordomías que aniquilan cada año la "acumulación originaria del capital", como la llamó Marx, y la vierten en fiestas lindísimas... para la foto, pero que condenan a los habitantes a seguir sin agua corriente, sin piso de cemento en casa, sin medicina como no sea la del hechicero (maravilloso fotografiado por Gabriel Figueroa). Fotografía incomparablemente mejor una mujer que transporta un hermoso cántaro de agua al hombro que un ama de casa que abre el grifo en la cocina para lavar platos. ¿Cómo puede alguien comparar la belleza de moler en metate al burdo encendido de una licuadora? Dirían quienes prohíben comer hamburguesas en Oaxaca, pero no ven mal que los APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca) quemen un teatro.
Una gran proporción de los mexicanos se cree el cuento gobiernista de que "el petróleo es nuestro" y por eso PEMEX debe irse a Texas cuando abre una refinería con capital privado, y así da empleo a texanos; no logra entender que si el IVA pasa de 15 por ciento a 10 generalizado significa que baja, no que sube. Mexicanos encuestados se oponen a la competencia en la producción de energía, aunque disfrutan de un servicio telefónico que, con ser malo, es inmensamente superior al que nos ofrecía la burocracia cuando los teléfonos eran "nuestros". Como Frida a su silla de ruedas, siguen asidos a las muletas de la ideología escolar impuesta por los gobiernos desde 1917 porque no se han desembarazado de Frida, Diego, el muralismo y nuestro glorioso pasado... de edad de piedra.
En la escuela nos adoctrinan para asumirnos hijos de los vencidos y no de los vencedores. Y poca gente revisa la doctrina: ¿astronomía maya? Predecían eclipses, pero los atribuían a que una gran serpiente devoraba al sol. No hubo explicación de la naturaleza por la naturaleza misma, base de toda ciencia. Los aztecas eran cazadores-recolectores en pleno 1300, etapa superada por mayas mil años antes y ocho mil antes por chinos. Buena parte de ese odioso adoctrinamiento viene de la época de Frida, en que los sindicatos y otras corporaciones integraron la demoledora maquinaria del gobierno y nos enseñaron asistencialismo, esto es que el gobierno, como la Divina Providencia de endenantes, proveerá a nuestras necesidades.
Y todo eso está destilado en el culto a Frida Kahlo, del que finalmente ella no es culpable: se limitó a pintar mal, autorretratarse obsesivamente y promover a las mexicanas peludas.
Luis González de Alba (1944) fue líder estudiantil en 1968. Es autor de Los días y los años (Era, 1971) y de numerosas novelas y obras de divulgación científica.
domingo, 10 de enero de 2010
sábado, 19 de diciembre de 2009
EL PINTOR Y LAS NIÑAS

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ENCONTRÉ LA PAGINA DE ESTE ARTISTA Y ME MARAVILLO SU TRABAJO, SOBRETODO ESTOS DOS RETRATOS... AH QUE MARAVILLA DE NIÑITAS... QUE DULCES, QUE PERVERSAS... Y EN MEGALIENZOS, CON SU PIEL DE ACRILICO...AQUI LA PAGINA DE CARLOS MURO PARA QUE SE CAGUEN EN LOS PANTALONES CON LO BIEN QUE PINTA, YA QUISIERAMOS MUCHOS ACERCARNOS UN POQUITO A ESTE ESPLENDOR, POR LO PRONTO A SEGUIR BABEANDO: www.carlosmuroaguado.com
martes, 1 de diciembre de 2009

FUMANDO UN TOQUE DE BUENAS NOCHES EN LA CASA DE LOS JHONSONS Y LOS MIERDAS: UN ACERCAMIENTO A LA OBRA DE WILLIAM S. BURROUGHS
¡Carne pa’ la picadora!,
sólo colocado se calma este dolor
que tanto agobia mi cuerpo terrenal
¡vida de superviviente y meterte algo decente!,
ahora me pongo con metadona
y cuando puedo de todo lo que hay,
eres muy libre si quieres confiar
sólo un amigo te puede traicionar,
la culpable de mi ruina es la sociedad
que cuando mejor estoy se acaba el material.
LA POLLA RECORDS.
sólo colocado se calma este dolor
que tanto agobia mi cuerpo terrenal
¡vida de superviviente y meterte algo decente!,
ahora me pongo con metadona
y cuando puedo de todo lo que hay,
eres muy libre si quieres confiar
sólo un amigo te puede traicionar,
la culpable de mi ruina es la sociedad
que cuando mejor estoy se acaba el material.
LA POLLA RECORDS.
PROLOGUITO INTRAVENOSO
El Ruso es un drogadicto que conocí en una época terremótica, en términos afectivos, y dolorosa, en términos físicos; me encontraba en proceso de recuperación de un tobillo con esguince que dolía en forma extrema, acentuado por querellas sentimentales del tipo no te vayas todavía.
Para mitigar el sufrimiento pasaba horas a la sombra de los edificios viejos, liando cigarros de verde alegría e ingiriendo elixires que canónigos apóstoles de la tranza, el hurto y el narcomenudeo disponían a los parroquianos más adeptos a esos terrenos de embriaguez sagrada.
En un festín de tópicas alucinaciones barbitúricas, como las que eran frecuentes, se presentó un enjuto personaje montado en una vagoneta pintada de infernal rojo carmesí, que a los dos vasos de matarratas decidió invitarnos a su casa.
El Ruso tenía una mansión: dos albercas, tres cocinas, cinco baños; me sorprendí de observarlo con la apariencia de un oficiante de la mezcla y el ladrillo rodeado de aquel lujo aristocrático. Incluso había un piano en la enorme sala, donde el Ruso hizo gala de su talento musical cuando interpretó el conocido “tata tata ta” e hizo la gracia de los invitados que no tardaron en festejarle tan suculento acorde.
Pero las virtudes artísticas del anfitrión nada interesarían de no ser por lo que se guardaba en el interior del instrumento, en la caja de cuerdas del piano el Ruso escondía quince cajas con dieciséis dosis de metadona y otras tres cajas con dosis de buprenorfina. Quienes hayan estado en una demostración de refractarios me entenderá, el vendedor nos mostraba la mercancía parloteando de sus virtudes, incluso dando unas muestras.
Busqué a un camarada, le mostré dos ampolletas que había conseguido la noche anterior y él hurtó a su hermana con diabetes dos jeringuillas para insulina. Él primero: colocó un cinturón en el brazo y se pinchó, luego yo, inexperto no encontraba la vena y me provoqué dos abscesos, luego con su ayuda logré meterme once mililitros de metadona. El efecto fue angelical, un alivio extremo, el estado de gracia absoluto, cuando la melancolía tuerce el brazo.
La mañana siguiente y todas las mañanas de quince días me desperté almorzando un chute y cenaba otro. Aunque me sentí enganchado sabía que la metadona es una sustancia que se utiliza para controlar la ansiedad cuando existe la adicción a la heroína o la morfina. Me olvidé del asunto apenas se me acabaron las ampolletas y volví al placentero churro con cerveza.
El relato de mis veleidades viciosas pretende mostrar en que forma el asunto de las drogas ha tomado una posición tan flexible en la existencia, la manera tan simple de caer enfermo, pero no del vicio de la propaganda oficial, aquel que “destruye a la sociedad” sino del desmantelamiento paradójico de casi el mismo mensaje: la sociedad que destruye.
Para que la droga entrara en mis venas fue necesario que el sistema operara efectivamente, pues la metadona es una sustancia de laboratorio, subsidiada su producción por empresas privadas u organismos de gobierno, fabricada específicamente para el alivio de dolores extremos, delirios esquizofrénicos, farmacodependencia. El acto en apariencia simple del embolo empujándola dentro del organismo es además una apología del dominio, la manipulación y la condición perene del ser humano de ser gobernador y gobernado, y de la lucha imposible, eterna, por que esto sea diferente.
Sobre el tema escribió de manera abundante William S. Burroughs, sus libros son una linterna entre la bruma, desenmascaran a los actantes del trafico, el consumo, la pesquisa, en el mundo de la adicción y cómo se construye un entarimado sobre nuestra existencia para hacernos participes de la gran teatralización del universo, que terminará por consumir incluso nuestros más vagos anhelos.
LIMPIÓN
Si algo podemos precisar acerca de lo natural en el hombre es su peculiar obsesión por dominar a los semejantes. Todos estos siglos de vida humana y al fina les aseguro que esta es la respuesta más evidente cuando ponemos los codos sobre la mesa; no hay sino poder en disputa, medios para conseguirlo y preservarlo, pero antes que nada ejecutarlo.
La competencia es el mal de nuestra especie, propició y alimentó a la hidra de las mil cabezas de la burocracia, ese monstruo al que acabamos cediendo el complejo de nuestra voluntad. Nada de grandes mitos ni pláticas con Juno, deja la inspiración y expira, estate ahí acobardado detrás del titulo de la universidad o el jornal de quince horas, no existe la culpa porque no existe el pecado, has nacido para darle dos brazos y piernas firmes, unos quince o veinte años, después el gobierno arrojara al suelo algunas migajas para que no jales del gatillo, ningún coordinador de pompas fúnebres querrá perder un cliente, ni la morgue, ni el seguro social, ni el proveedor de internet, aun si decides disparar sobre tu cabeza algún listo tendrá un buen negocio entre manos.
El resultado final de la representación celular completa es el cáncer. La democracia es cancerígena y su cáncer es la burocracia. Una oficina arraiga en un punto cualquiera del Estado, se vuelve maligna como la Brigada de Estupefacientes, y crece y crece reproduciéndose sin descanso hasta que, si es controlada o extirpada, asfixia a su huésped, ya que son organismos puramente parásitos. La burocracia es tan nefasta como el cáncer, supone desviar de la línea evolutiva de la humanidad sus inmensas posibilidades, su variedad, la acción espontanea e independiente y llevarla al parasitismo absoluto de un virus.
La literatura de William Seward Burroughs es una disección al mundo del poder corrompido y a los mecanismos por los cuales la humanidad ejerce sobre la existencia la autodepredación que le es usual desde sus días de andar en cuatro patas. El infortunio de la mayoría al pertenecer a los dominados por los dominantes, en casi todos los casos obtusas ratas criadas por el vano lujo del progreso; provoca que la vida sea una constante pelea donde se nace noqueado. En las novelas del autor estadounidense prevalece una frialdad antiromántica que parece decirnos: basta de ensoñaciones, esto es lo que hacen con nosotros y lo hacen con esto. Y William Lee se coloca un piquete de chiva .
Uno de estos mecanismos de control resalta en la obra de Burroughs: la droga, en especial las que llaman duras, sintéticos derivados del opio. El avatar inclemente de los estados para procurar que se propicie lo que el mismo escritor llamó “la histeria de las drogas”. Las sustancias no representaban un problema serio hasta que se promovió una guerra mundial contra ellas a principios del siglo pasado, cuando comenzaron las leyes prohibicionistas , creando un telón de ignorancia donde reina la estupidez, el abuso y la burla propias de una psicosis colectiva promovida por todas las instituciones y las empresas que conforman el asqueroso cuerpo fétido de lo que solemos nombrar sistema; porque sencillamente representa un gran negocio, un gran control.
Lo que produce la droga es un estado idóneo para desconectarse de la problemática del mundo, al conseguir que el sujeto se vea reducido a la necesidad de suministrarse una substancia; la fuerza, la creatividad, la vida se desploma, prisionero del placer, la maquinaría comienza la licuefacción:
Si todo placer es alivio de tensiones, la droga suministra un alivio de todo el proceso vital, al desconectar el hipotálamo, control de la lívido y la energía psíquica.
Parece más probable que la droga lo que hace es interrumpir todo el ciclo, tensión, descarga, descanso. El orgasmo no cumple función alguna para el adicto. El aburrimiento, que indica siempre una tensión no descargada, jamás afecta al adicto. Puede pasar ocho horas mirándose los zapatos. Sólo pasa a la acción cuando se vacía el reloj de arena de la droga.
FORJE USTED SEÑOR LEE
William Seward Burroughs nació en una familia aristocrática de empresarios estadounidenses en St. Louis, Missouri, en 1914. Estudió literatura inglesa en Harvard y un curso de medicina en Viena, además de otros estudios de antropología y psiquiatría.
Su bibliografía comienza con la publicación en 1953 de Yonqui una narración autobiográfica en el tiempo que pasó como adicto a la heroína, escrita en una tradición narrativa más tópica, casi realista, y publicada por primera vez en Paris. Le siguen El almuerzo desnudo (1959), la más celebrada de sus obras y a la que el otro escritor americano Jack Keorouac sugirió el titulo. El exterminador (1960), La trilogía Nova (1963-1970), entre otras, además de múltiples artículos para diversas publicaciones.
Prolífico artista gráfico, actor y amigo de músicos de rock avantgarde como Sonic Youth, Tom Waits, Pati Smith y Kurt Cobain con los que compartió el estudio de grabación dejando estupendas canciones donde resuena su voz de viejo adicto aguardentoso, The prest they called him con Cobain, The black raider con Waits.
Burroughs sufre el mal de las celebridades intelectuales, su vida ha sido enaltecida como leyenda hasta hacer borrosa su obra, hasta convertirse en el objeto de su crítica, un personaje manipulado para confeccionar un imaginario con destino a ser reprimido bajo una aparente libertad, una aparente oferta codificada y diseñada por la industria. La contracultura, el gusano en la manzana.
La adoración de los poetas Beat suele producir confusiones para quienes la taxonomía es un mal necesario y al no encontrar un calificativo más apropiado lo incluyen dentro de la corriente poética de San Francisco, comandada más bien por Allen Ginsberg, eso sí, amigo intimo de Lee y al que consideraba el mentor de dicho grupo. Jack Kerouac y Ginsberg lo encuentran como un viejo profesor en la universidad en 1944, la personalidad y la literatura del hombre mayor influencia a los jóvenes quienes además consiguen que se interese de nueva cuenta en la literatura, pues un par de años antes había perdido casi por completo el interés.
Burroughs es uno de los pensadores más serios en el tema de la adicción, junto a Thomas de Quincey , Jean Coteau o Charles Baudelaire, pero en él la droga no es un aliciente de la vida, no es escape ni confrontación, sino aniquilamiento, miseria, siete horas de mirar la punta de los zapatos para después salir a buscar otro fije. En los pasajes de sus novelas nos sentimos enfrentados a textos científicos, médicos y antropológicos mezclados con una prosa poética de imágenes condesadas, un novelista y un ratón de laboratorio que se ha inyectado unas dos mil veces y nos cuenta lo que ha pasado.
DESTÁPENSE CAGUAMAS
Es preciso que entendamos la diferencia sustancial, quiero decir de carácter, entre las drogas blandas y las duras. Las primeras son las naturales, el cannabis, el opio, el hash, los alucinógenos ceremoniales. Las segundas son las producidas por el hombre, principalmente la acetilmorfina, la cocaína y derivados del opio. Las primeras son adictivas en forma psicológica, existe una dependencia emocional a la sustancia, las otras causan adicción metabólica, el organismo depende al cien por ciento de la sustancia cuando se es un yonqui y la mayoría de las veces que un sujeto se pincha la vena se colgará del vicio, estará enfermo .
En 1927 en una asamblea de gobiernos (esos deslices traviesos donde los funcionarios gastan en contentillo romano el erario publico), con la finalidad de crear leyes que regularan el consumo y la venta de drogas, Estados Unidos de Norteamérica consiguió que la cannabis se convirtiera en droga ilegal , todo un despliegue mediático muy apoyado por el cine ha producido desde entonces un desprestigio malicioso sobre una de las más bondadosas sustancias. Anteponiendo el prejuicio y la ignorancia incluso ha conseguido una ridícula satanización de la mota que, al menos lo sabemos los consumidores habituales, procura más alivio que cualquier analgésico de Bayer, más alegría que una telecomedia y un alivio amable, dañina es verdad, pero no más que el puré de papas o la polución en los zapatos.
William Burroughs escribe acerca de la prohibición y los métodos esquivos con los que el estado norteamericano finge combatir un problema que ellos mismos alimentan: “recordemos el siglo XIX y principios del XX—los viejos buenos años—: nos evocan un afecto moderado con el opio, la cannabis, los solventes y la cocaína; eran vendidos a uno y otro lado del océano y Estados Unidos no se hundió por eso”.
Con la droga se obtiene un cordel extenso que une la infinita serie de personas-personajes que intervienen en todo momento de su presencia física, desde la producción hasta la vena; estas relaciones surgidas por la ilegalidad juegan también al lobo y la oveja, en estados corrompidos como a los que sobrevivimos, desde el adicto al consumidor casual han caído en la trampa, telaraña oficiosa donde: “El desvalimiento del adicto a la droga es un ejemplo de la libre empresa y sus efectos en un ámbito bastante amplio para incluir las incursiones predatorias de psiquiatras, cirujanos y financieros en la vida humana”.
En el mismo ensayo de revista antes citado, Burroughs divide a las personas en dos grupos: los mierdas y los Jhonson, los primeros carecen de asuntos y se ocupan de los de otros, chismosos, soplones y fanfarrones; los segundos tienen asuntos propios y se ocupan de ellos aunque están dispuestos a tender la mano. Para las sociedades en que nos movemos resulta más provechoso la propagación de los mierdas, una tierra de chismosos que sustente la estupidez de las guerras antinarcóticos, que dé enfermos a los psiquiatras y se construyan más centros de rehabilitación que hagan de consuelo en la gran representación que los manipuladores proyectan sobre todas las pantallas del mundo, donde acuosos ojos de bebés, que por desgracia han nacido humanos, tiemblan al contemplarse en esta cañería rota.
El yonqui es lascivo, perverso, porque el amor es la bandera de batalla de los gobiernos predadores, aniquilado por una chocante cursilería: “lo que llamamos amor es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente degradada y vulgarizada por el virus del poder” . Sin amor y sin voluntad el adicto conserva su carne chupada con un par de dosis al día, siempre con vértigo de caer en la abstinencia y padecer el “algebra de la necesidad” porque el verdadero problema no es la droga sino su ausencia, entonces el organismo aúlla en retorcidos compases de intestinos, necesita la jeringa o necesita la muerte, lo que llegue primero; en el síndrome uno se gradúa de yonqui, uno se ve cara a cara con lo que busca, es la verdadera enfermedad de la droga.
A William S. Burroughs debieron darle incontables ataques de abstinencia, pues él mismo confiesa que padeció la enfermedad de la droga quince años, sólo suspendía por cortas temporadas el habito en las que lo combatía con otras drogas, probándolas todas (o las que existían hasta su muerte) y experimentó además muchísimos tratamientos de cura, de los que concluyó que ninguno de los métodos usados para el alivio o la deshabituación eran efectivos, sólo causaban mayor necesidad. Al prolongar el deseo de drogarse cuando un adicto es liberado de una “granja” sale como una gata en celo y enjaulada.
Debajo del yonqui un ser larvario excreta mucosidad, es el adicto que se arrastra, último de los reductos de la humanidad, introducido en un tiempo anormal, el tiempo de la droga:
Clarinetes vibrantes: dos porteadores negros introducen al hombre desnudo y lo dejan caer sobre el estrado con brutalidad animal, despectiva… El hombre se retuerce… Su carne se convierte en una jalea viscosa, transparente, que se va evaporando en una bruma verde, dejando al descubierto un monstruoso ciempiés negro.
FUMEMOS DESNUDOS
Eric Mottrand en una charla con William Burroughs para la BBC dice acerca del escritor: “Su agudo humor farsante opera contra los agentes del poder en el mundo adicto, contra abogados y jueces, financieros y sacerdotes, doctores y psiquiatras, para exponer la ridícula idea de una sociedad absolutamente libre” . Sobre esta farsa, una sátira más bien, se desenvuelve Bill Lee, el personaje-autor de Yonqui.
Lee es un hombre maduro pero joven que ha pasado por numerosos empleos, desde fumigador a militar, una tarde su amigo Bill Gaines le propone comercializar unas cuantas ampolletas de morfina, así comienza su adicción y un camino de resistencia y entrega, donde hace de traficante, enfermo, charlatán de farmacia, ladrón de borrachos, marica de cantina, prófugo.
Encontramos en Yonqui un informe detallado de los usos y las costumbres de la gente relacionada con la heroína en los años cincuenta en América; en la novela Lee viaja de Nueva York a Kansas, de ahí a México, donde consigue de inmediato heroína cortada que le compra a una vieja en la Merced llamada Dolores. Además se muestra entusiasmado porque en ese país se puede conseguir una receta de morfina expedida por el gobierno. Al término del libro asevera que emprenderá un viaje a Sudamérica, al Amazonas, en busca del Yague de los chamanes Chimús, una planta enredadera con poderosos efectos mentales, incluso telepáticos, muy parecido al Floripondio y al Toloache mexicanos.
Casi en labor de antropólogo Burroughs narra los diversos estados por los que transcurren cuerpo y conciencia del adicto:
Las sensaciones se agudizan, el adicto tiene conciencia del funcionamiento de sus viseras hasta un punto que resulta incómodo, el peristaltismo y las secreciones son incontrolables. Independientemente de su edad, el adicto que se está desintoxicando puede caer en los excesos de un niño o un adolescente.
William Lee despotrica contra el gobierno de los Estados Unidos y las amañadas leyes que promueve contra la droga; aunque la narración corresponde más al estilo clásico, una historia narrada de manera lineal con un principio y un fin específicos, contiene la desafiante ecuación poética de Burroughs, sátira hilarante, crítica enfadada, al final verdades incómodas pues termina por concluir: “Ninguna reflexión consiente acerca de las desventajas y horrores de la droga puede darte el impulso emocional para abandonarla. La decisión de dejar la droga es una decisión celular”.
El almuerzo desnudo es una obra más compleja tanto en su propuesta narrativa como en la mordaz crítica al sistema predatorio americano. Escrita en colaboración con el artista plástico Brion Gysin que había desarrollado una técnica de composición pictórica llamada cut-up, en la que intercambiaba grafismos, algo semejante al collage, Burroughs perfeccionó la técnica de Gysin y creo el Fold-in, él mismo explica el procedimiento:
Una página del texto, mío o ajeno, es doblada por en medio y situada en otra página, leyéndose entonces a través del texto compuesto, es decir la mitad de un texto y la mitad del otro. El método fold-in se extiende hasta escribir el flashback utilizado en las películas, permitiendo al escritor moverse hacia delante o hacia atrás en su pista temporal…
Con tal estructura la novela es un camino tortuoso en el que constantemente encontramos al aliento mordaz de la confusión, como un guardavías dormido, cuyo tren a vigilar se aproxima con luces hirientes de un amarillo casi plasmático, en orquestación de nuestro avanzar por la página apretada, con esos párrafos que son bloques, que son paredes. Porque la de Burroughs es una literatura de respuesta, de ataque, un singular alejamiento del espacio-tiempo coordinado, adecuado al sujeto: “Soy un aparato para grabar… No pretendo imponer “relato”, “argumento”, “continuidad”… En la medida en que consigo un registro directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta… No pretendo entretener…”
Aunque bajo esa afirmación de no entretener nos entretiene, porque es en ese punto que la habilidad del narrador reluce; la pretensión de Burroughs era inventar una nueva mitología para la era espacial, donde el hombre aceptara el dolor de vivir: “les presento a mi obra maestra: El norteamericano desangustiado perfecto” . Conocemos ya la distopía Huxley , un mundo completamente feliz es un mundo rendido al dominio predatorio, al control totalitario, la humanización, es decir el apoderamiento fatal del universo.
En El almuerzo desnudo William Lee es un agente de Islam S.A, un corporativo burocrático que ejerce mano dura de oligarca sobre Interzone, el país que es todo el mundo, donde las razas de la tierra conviven entre la abundancia de aromas producto de un pesado humo que cubre todo el paisaje, una brisa oscura, mezcla de drogas quemadas, guisos, gases humanos y animales. En un ambiente muy parecido al mundo globalizado, un amasijo de gente medio muerta, atados a procesos jurídicos y maliciosos tratamientos experimentales de control en manos del pervertido Dr. Benway, el psiquiatra perverso que practica con la mente humana la automatización obediente a partir de la transfiguración del cuerpo, su anhelo es conseguir un cuerpo manejable al cien por ciento, al que pueda tasajear, hacer a su conveniencia:
—¿Sabe?-dice impulsivamente-, me parece que voy a volver a la cirugía tradicional de toda la vida. El cuerpo humano es de una ineficiencia escandalosa. En vez de tener una boca y un ano que se estropean. ¿por qué no tenemos un solo agujero para todo, para comer y para eliminar? Podríamos ocluir boca y nariz, rellenar el estómago y hacer un agujero para el aire directamente en los pulmones, que es donde debía haber estado desde el principio.
El cuerpo del adicto, al transformarse en masa para modelar, es un territorio proscrito donde la medicina busca la limitación, no la posibilidad, en donde las emociones son aniquiladas por la psiquiatría y la carne representa sólo aquello que nos da unidad, uno es su cuerpo. En Interzone el cuerpo humano es la batalla por el control, entre Licuefaccionistas, Emisores, Divisionistas y Factualistas, que se disputan la manipulación, reduciendo ante todo, primero que nada, la carne humana a la obediencia burocrática.
La homosexualidad en Interzone es norma, pues en un lugar en el que se ha roto con el matriarcado distributivo, el homosexual es contraindicación a los valores budinescos de la sociedad americana. Toda criatura terrestre asegura su existencia a partir de la formación de nuevas familias que mantienen la continuidad de la especie; en el hombre la cultura condiciona el comportamiento de dichos núcleos para los que la reproducción sexual es el punto medular de su permanencia. Al homosexual que detiene este ciclo se le achaca un padecimiento antinatural, se le relega como a un apestado enemigo de la especie.
—¿Los homosexuales están clasificados como pervertidos?
—No. Recuerde el archipiélago de Bismark. No hay homosexualidad declarada. Un estad-policía que funcione no necesita policía. A nadie se le ocurre que la homosexualidad sea una conducta concebible… En un matriarcado, la homosexualidad es un delito político. Ninguna sociedad tolera el rechazo declarado de sus principios fundamentales. Aquí no estamos en ningún matriarcado.
La sociedad americana deposita su funcionamiento en el estereotipo de la familia yanqui, con roles de comportamiento para cada miembro del grupo; el papá, la mamá, los hijos y los abuelos con los que invaden los aparatos de televisión, el cine, la historieta y todas las conocidas formas por las que el estado norteamericano lleva a cabo la americanización del mundo, con la que impone una conducta estándar y el abuso de instituciones a individuos es premisa para quien controla los poderes.
El libro El almuerzo desnudo es la cronología de la enfermedad de la droga, estructurado con técnicas que resultan de experimentar factores que organizan la percepción de un adicto a la heroína cuando está colocado. Además si consideramos el prólogo, el apéndice, y si se cuenta con la edición donde el autor añadió un apartado sobre las drogas que ayudan a curar el síndrome de abstinencia, tenemos un documento único en su especie, en demasía ejemplificador de las tretas de los gobiernos, de los efectos, de las maneras, de la perversión psiquiátrica, de la voraz locura del mundo, de la gran histeria de los drogas.
SACA LA BACHA
Según uno de los postulados de la filosofía pesimista de mediados del siglo XX, el hombre es un animal monstruoso capaz de ser consiente de su muerte, esta condición lo hace caducó y lo conduce sin más ni más a un enfrentamiento deprimente, por inútil, con las condiciones que lo hacen un ser humano. Su naturaleza egoísta ocasiona que no cese de inventarse un origen y un destino, por estos conceptos desarrolló su podredumbre máxima: las metrópolis, la civilización. Los hombres del progreso son maquinaria intercambiable de la industria, los deseos que promueven regulan las fatalidades del poder y su ejecución. Muestra del mundo burocrático, en el que sin embargo nos aferramos a prevalecer, y ejemplo de una de sus artimañas para reducirnos, incluso antes del nacimiento de nuevas generaciones, es la obra literaria de William S. Burroughs, no se espere encontrar en sus párrafos una pizca de ingenuidad, un indicio de subordinación, pues sus libros operan en el gran sistema como la punta de una lanza que se encaja en el cuerpo acecino de la existencia que hemos heredado, tan insulsas, tan repulsiva.
William S. Burroghs murió en 1997, después de mantenerse alejado de Estados Unidos a raíz de haber asesinado a su esposa accidentalmente mientras jugaban a Guillermo Tell y él falló el tiro dejándole a Joan Vollmer una bala clavada entre ceja y ceja. Vivió en París, México y Tanger, la ciudad marroqui que tomó como prototipo de Interzone.
Era aficionado a las armas, incluso ostentaba una colección numerosa. Su hijo murió en los noventa de un pasón, filmó junto a Brion Gysin algunos cortometrajes basados en el cut-up. En ellos aparecen escenas grabadas en Paris de él y Gysin mientras caminan, pintan, conversan, en una repetición exasperante repleta de sonidos y palabras. Directores de cine como David Cronemberg y Gus Van Sant han utilizado sus novelas como argumentos de película, incluso él mismo aparece en varios films de los años setenta, ochenta y noventa.
Habremos de apagar la bacha, quedémonos a oscuras en la casa de los Jhonson y los mierdas, pero cuidado con las ganas de ponerse un arregle, porque: “La indiferencia no es ninguna alternativa, sólo la franca insistencia en que el uso de las drogas no será tolerado”.
El Ruso es un drogadicto que conocí en una época terremótica, en términos afectivos, y dolorosa, en términos físicos; me encontraba en proceso de recuperación de un tobillo con esguince que dolía en forma extrema, acentuado por querellas sentimentales del tipo no te vayas todavía.
Para mitigar el sufrimiento pasaba horas a la sombra de los edificios viejos, liando cigarros de verde alegría e ingiriendo elixires que canónigos apóstoles de la tranza, el hurto y el narcomenudeo disponían a los parroquianos más adeptos a esos terrenos de embriaguez sagrada.
En un festín de tópicas alucinaciones barbitúricas, como las que eran frecuentes, se presentó un enjuto personaje montado en una vagoneta pintada de infernal rojo carmesí, que a los dos vasos de matarratas decidió invitarnos a su casa.
El Ruso tenía una mansión: dos albercas, tres cocinas, cinco baños; me sorprendí de observarlo con la apariencia de un oficiante de la mezcla y el ladrillo rodeado de aquel lujo aristocrático. Incluso había un piano en la enorme sala, donde el Ruso hizo gala de su talento musical cuando interpretó el conocido “tata tata ta” e hizo la gracia de los invitados que no tardaron en festejarle tan suculento acorde.
Pero las virtudes artísticas del anfitrión nada interesarían de no ser por lo que se guardaba en el interior del instrumento, en la caja de cuerdas del piano el Ruso escondía quince cajas con dieciséis dosis de metadona y otras tres cajas con dosis de buprenorfina. Quienes hayan estado en una demostración de refractarios me entenderá, el vendedor nos mostraba la mercancía parloteando de sus virtudes, incluso dando unas muestras.
Busqué a un camarada, le mostré dos ampolletas que había conseguido la noche anterior y él hurtó a su hermana con diabetes dos jeringuillas para insulina. Él primero: colocó un cinturón en el brazo y se pinchó, luego yo, inexperto no encontraba la vena y me provoqué dos abscesos, luego con su ayuda logré meterme once mililitros de metadona. El efecto fue angelical, un alivio extremo, el estado de gracia absoluto, cuando la melancolía tuerce el brazo.
La mañana siguiente y todas las mañanas de quince días me desperté almorzando un chute y cenaba otro. Aunque me sentí enganchado sabía que la metadona es una sustancia que se utiliza para controlar la ansiedad cuando existe la adicción a la heroína o la morfina. Me olvidé del asunto apenas se me acabaron las ampolletas y volví al placentero churro con cerveza.
El relato de mis veleidades viciosas pretende mostrar en que forma el asunto de las drogas ha tomado una posición tan flexible en la existencia, la manera tan simple de caer enfermo, pero no del vicio de la propaganda oficial, aquel que “destruye a la sociedad” sino del desmantelamiento paradójico de casi el mismo mensaje: la sociedad que destruye.
Para que la droga entrara en mis venas fue necesario que el sistema operara efectivamente, pues la metadona es una sustancia de laboratorio, subsidiada su producción por empresas privadas u organismos de gobierno, fabricada específicamente para el alivio de dolores extremos, delirios esquizofrénicos, farmacodependencia. El acto en apariencia simple del embolo empujándola dentro del organismo es además una apología del dominio, la manipulación y la condición perene del ser humano de ser gobernador y gobernado, y de la lucha imposible, eterna, por que esto sea diferente.
Sobre el tema escribió de manera abundante William S. Burroughs, sus libros son una linterna entre la bruma, desenmascaran a los actantes del trafico, el consumo, la pesquisa, en el mundo de la adicción y cómo se construye un entarimado sobre nuestra existencia para hacernos participes de la gran teatralización del universo, que terminará por consumir incluso nuestros más vagos anhelos.
LIMPIÓN
Si algo podemos precisar acerca de lo natural en el hombre es su peculiar obsesión por dominar a los semejantes. Todos estos siglos de vida humana y al fina les aseguro que esta es la respuesta más evidente cuando ponemos los codos sobre la mesa; no hay sino poder en disputa, medios para conseguirlo y preservarlo, pero antes que nada ejecutarlo.
La competencia es el mal de nuestra especie, propició y alimentó a la hidra de las mil cabezas de la burocracia, ese monstruo al que acabamos cediendo el complejo de nuestra voluntad. Nada de grandes mitos ni pláticas con Juno, deja la inspiración y expira, estate ahí acobardado detrás del titulo de la universidad o el jornal de quince horas, no existe la culpa porque no existe el pecado, has nacido para darle dos brazos y piernas firmes, unos quince o veinte años, después el gobierno arrojara al suelo algunas migajas para que no jales del gatillo, ningún coordinador de pompas fúnebres querrá perder un cliente, ni la morgue, ni el seguro social, ni el proveedor de internet, aun si decides disparar sobre tu cabeza algún listo tendrá un buen negocio entre manos.
El resultado final de la representación celular completa es el cáncer. La democracia es cancerígena y su cáncer es la burocracia. Una oficina arraiga en un punto cualquiera del Estado, se vuelve maligna como la Brigada de Estupefacientes, y crece y crece reproduciéndose sin descanso hasta que, si es controlada o extirpada, asfixia a su huésped, ya que son organismos puramente parásitos. La burocracia es tan nefasta como el cáncer, supone desviar de la línea evolutiva de la humanidad sus inmensas posibilidades, su variedad, la acción espontanea e independiente y llevarla al parasitismo absoluto de un virus.
La literatura de William Seward Burroughs es una disección al mundo del poder corrompido y a los mecanismos por los cuales la humanidad ejerce sobre la existencia la autodepredación que le es usual desde sus días de andar en cuatro patas. El infortunio de la mayoría al pertenecer a los dominados por los dominantes, en casi todos los casos obtusas ratas criadas por el vano lujo del progreso; provoca que la vida sea una constante pelea donde se nace noqueado. En las novelas del autor estadounidense prevalece una frialdad antiromántica que parece decirnos: basta de ensoñaciones, esto es lo que hacen con nosotros y lo hacen con esto. Y William Lee se coloca un piquete de chiva .
Uno de estos mecanismos de control resalta en la obra de Burroughs: la droga, en especial las que llaman duras, sintéticos derivados del opio. El avatar inclemente de los estados para procurar que se propicie lo que el mismo escritor llamó “la histeria de las drogas”. Las sustancias no representaban un problema serio hasta que se promovió una guerra mundial contra ellas a principios del siglo pasado, cuando comenzaron las leyes prohibicionistas , creando un telón de ignorancia donde reina la estupidez, el abuso y la burla propias de una psicosis colectiva promovida por todas las instituciones y las empresas que conforman el asqueroso cuerpo fétido de lo que solemos nombrar sistema; porque sencillamente representa un gran negocio, un gran control.
Lo que produce la droga es un estado idóneo para desconectarse de la problemática del mundo, al conseguir que el sujeto se vea reducido a la necesidad de suministrarse una substancia; la fuerza, la creatividad, la vida se desploma, prisionero del placer, la maquinaría comienza la licuefacción:
Si todo placer es alivio de tensiones, la droga suministra un alivio de todo el proceso vital, al desconectar el hipotálamo, control de la lívido y la energía psíquica.
Parece más probable que la droga lo que hace es interrumpir todo el ciclo, tensión, descarga, descanso. El orgasmo no cumple función alguna para el adicto. El aburrimiento, que indica siempre una tensión no descargada, jamás afecta al adicto. Puede pasar ocho horas mirándose los zapatos. Sólo pasa a la acción cuando se vacía el reloj de arena de la droga.
FORJE USTED SEÑOR LEE
William Seward Burroughs nació en una familia aristocrática de empresarios estadounidenses en St. Louis, Missouri, en 1914. Estudió literatura inglesa en Harvard y un curso de medicina en Viena, además de otros estudios de antropología y psiquiatría.
Su bibliografía comienza con la publicación en 1953 de Yonqui una narración autobiográfica en el tiempo que pasó como adicto a la heroína, escrita en una tradición narrativa más tópica, casi realista, y publicada por primera vez en Paris. Le siguen El almuerzo desnudo (1959), la más celebrada de sus obras y a la que el otro escritor americano Jack Keorouac sugirió el titulo. El exterminador (1960), La trilogía Nova (1963-1970), entre otras, además de múltiples artículos para diversas publicaciones.
Prolífico artista gráfico, actor y amigo de músicos de rock avantgarde como Sonic Youth, Tom Waits, Pati Smith y Kurt Cobain con los que compartió el estudio de grabación dejando estupendas canciones donde resuena su voz de viejo adicto aguardentoso, The prest they called him con Cobain, The black raider con Waits.
Burroughs sufre el mal de las celebridades intelectuales, su vida ha sido enaltecida como leyenda hasta hacer borrosa su obra, hasta convertirse en el objeto de su crítica, un personaje manipulado para confeccionar un imaginario con destino a ser reprimido bajo una aparente libertad, una aparente oferta codificada y diseñada por la industria. La contracultura, el gusano en la manzana.
La adoración de los poetas Beat suele producir confusiones para quienes la taxonomía es un mal necesario y al no encontrar un calificativo más apropiado lo incluyen dentro de la corriente poética de San Francisco, comandada más bien por Allen Ginsberg, eso sí, amigo intimo de Lee y al que consideraba el mentor de dicho grupo. Jack Kerouac y Ginsberg lo encuentran como un viejo profesor en la universidad en 1944, la personalidad y la literatura del hombre mayor influencia a los jóvenes quienes además consiguen que se interese de nueva cuenta en la literatura, pues un par de años antes había perdido casi por completo el interés.
Burroughs es uno de los pensadores más serios en el tema de la adicción, junto a Thomas de Quincey , Jean Coteau o Charles Baudelaire, pero en él la droga no es un aliciente de la vida, no es escape ni confrontación, sino aniquilamiento, miseria, siete horas de mirar la punta de los zapatos para después salir a buscar otro fije. En los pasajes de sus novelas nos sentimos enfrentados a textos científicos, médicos y antropológicos mezclados con una prosa poética de imágenes condesadas, un novelista y un ratón de laboratorio que se ha inyectado unas dos mil veces y nos cuenta lo que ha pasado.
DESTÁPENSE CAGUAMAS
Es preciso que entendamos la diferencia sustancial, quiero decir de carácter, entre las drogas blandas y las duras. Las primeras son las naturales, el cannabis, el opio, el hash, los alucinógenos ceremoniales. Las segundas son las producidas por el hombre, principalmente la acetilmorfina, la cocaína y derivados del opio. Las primeras son adictivas en forma psicológica, existe una dependencia emocional a la sustancia, las otras causan adicción metabólica, el organismo depende al cien por ciento de la sustancia cuando se es un yonqui y la mayoría de las veces que un sujeto se pincha la vena se colgará del vicio, estará enfermo .
En 1927 en una asamblea de gobiernos (esos deslices traviesos donde los funcionarios gastan en contentillo romano el erario publico), con la finalidad de crear leyes que regularan el consumo y la venta de drogas, Estados Unidos de Norteamérica consiguió que la cannabis se convirtiera en droga ilegal , todo un despliegue mediático muy apoyado por el cine ha producido desde entonces un desprestigio malicioso sobre una de las más bondadosas sustancias. Anteponiendo el prejuicio y la ignorancia incluso ha conseguido una ridícula satanización de la mota que, al menos lo sabemos los consumidores habituales, procura más alivio que cualquier analgésico de Bayer, más alegría que una telecomedia y un alivio amable, dañina es verdad, pero no más que el puré de papas o la polución en los zapatos.
William Burroughs escribe acerca de la prohibición y los métodos esquivos con los que el estado norteamericano finge combatir un problema que ellos mismos alimentan: “recordemos el siglo XIX y principios del XX—los viejos buenos años—: nos evocan un afecto moderado con el opio, la cannabis, los solventes y la cocaína; eran vendidos a uno y otro lado del océano y Estados Unidos no se hundió por eso”.
Con la droga se obtiene un cordel extenso que une la infinita serie de personas-personajes que intervienen en todo momento de su presencia física, desde la producción hasta la vena; estas relaciones surgidas por la ilegalidad juegan también al lobo y la oveja, en estados corrompidos como a los que sobrevivimos, desde el adicto al consumidor casual han caído en la trampa, telaraña oficiosa donde: “El desvalimiento del adicto a la droga es un ejemplo de la libre empresa y sus efectos en un ámbito bastante amplio para incluir las incursiones predatorias de psiquiatras, cirujanos y financieros en la vida humana”.
En el mismo ensayo de revista antes citado, Burroughs divide a las personas en dos grupos: los mierdas y los Jhonson, los primeros carecen de asuntos y se ocupan de los de otros, chismosos, soplones y fanfarrones; los segundos tienen asuntos propios y se ocupan de ellos aunque están dispuestos a tender la mano. Para las sociedades en que nos movemos resulta más provechoso la propagación de los mierdas, una tierra de chismosos que sustente la estupidez de las guerras antinarcóticos, que dé enfermos a los psiquiatras y se construyan más centros de rehabilitación que hagan de consuelo en la gran representación que los manipuladores proyectan sobre todas las pantallas del mundo, donde acuosos ojos de bebés, que por desgracia han nacido humanos, tiemblan al contemplarse en esta cañería rota.
El yonqui es lascivo, perverso, porque el amor es la bandera de batalla de los gobiernos predadores, aniquilado por una chocante cursilería: “lo que llamamos amor es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente degradada y vulgarizada por el virus del poder” . Sin amor y sin voluntad el adicto conserva su carne chupada con un par de dosis al día, siempre con vértigo de caer en la abstinencia y padecer el “algebra de la necesidad” porque el verdadero problema no es la droga sino su ausencia, entonces el organismo aúlla en retorcidos compases de intestinos, necesita la jeringa o necesita la muerte, lo que llegue primero; en el síndrome uno se gradúa de yonqui, uno se ve cara a cara con lo que busca, es la verdadera enfermedad de la droga.
A William S. Burroughs debieron darle incontables ataques de abstinencia, pues él mismo confiesa que padeció la enfermedad de la droga quince años, sólo suspendía por cortas temporadas el habito en las que lo combatía con otras drogas, probándolas todas (o las que existían hasta su muerte) y experimentó además muchísimos tratamientos de cura, de los que concluyó que ninguno de los métodos usados para el alivio o la deshabituación eran efectivos, sólo causaban mayor necesidad. Al prolongar el deseo de drogarse cuando un adicto es liberado de una “granja” sale como una gata en celo y enjaulada.
Debajo del yonqui un ser larvario excreta mucosidad, es el adicto que se arrastra, último de los reductos de la humanidad, introducido en un tiempo anormal, el tiempo de la droga:
Clarinetes vibrantes: dos porteadores negros introducen al hombre desnudo y lo dejan caer sobre el estrado con brutalidad animal, despectiva… El hombre se retuerce… Su carne se convierte en una jalea viscosa, transparente, que se va evaporando en una bruma verde, dejando al descubierto un monstruoso ciempiés negro.
FUMEMOS DESNUDOS
Eric Mottrand en una charla con William Burroughs para la BBC dice acerca del escritor: “Su agudo humor farsante opera contra los agentes del poder en el mundo adicto, contra abogados y jueces, financieros y sacerdotes, doctores y psiquiatras, para exponer la ridícula idea de una sociedad absolutamente libre” . Sobre esta farsa, una sátira más bien, se desenvuelve Bill Lee, el personaje-autor de Yonqui.
Lee es un hombre maduro pero joven que ha pasado por numerosos empleos, desde fumigador a militar, una tarde su amigo Bill Gaines le propone comercializar unas cuantas ampolletas de morfina, así comienza su adicción y un camino de resistencia y entrega, donde hace de traficante, enfermo, charlatán de farmacia, ladrón de borrachos, marica de cantina, prófugo.
Encontramos en Yonqui un informe detallado de los usos y las costumbres de la gente relacionada con la heroína en los años cincuenta en América; en la novela Lee viaja de Nueva York a Kansas, de ahí a México, donde consigue de inmediato heroína cortada que le compra a una vieja en la Merced llamada Dolores. Además se muestra entusiasmado porque en ese país se puede conseguir una receta de morfina expedida por el gobierno. Al término del libro asevera que emprenderá un viaje a Sudamérica, al Amazonas, en busca del Yague de los chamanes Chimús, una planta enredadera con poderosos efectos mentales, incluso telepáticos, muy parecido al Floripondio y al Toloache mexicanos.
Casi en labor de antropólogo Burroughs narra los diversos estados por los que transcurren cuerpo y conciencia del adicto:
Las sensaciones se agudizan, el adicto tiene conciencia del funcionamiento de sus viseras hasta un punto que resulta incómodo, el peristaltismo y las secreciones son incontrolables. Independientemente de su edad, el adicto que se está desintoxicando puede caer en los excesos de un niño o un adolescente.
William Lee despotrica contra el gobierno de los Estados Unidos y las amañadas leyes que promueve contra la droga; aunque la narración corresponde más al estilo clásico, una historia narrada de manera lineal con un principio y un fin específicos, contiene la desafiante ecuación poética de Burroughs, sátira hilarante, crítica enfadada, al final verdades incómodas pues termina por concluir: “Ninguna reflexión consiente acerca de las desventajas y horrores de la droga puede darte el impulso emocional para abandonarla. La decisión de dejar la droga es una decisión celular”.
El almuerzo desnudo es una obra más compleja tanto en su propuesta narrativa como en la mordaz crítica al sistema predatorio americano. Escrita en colaboración con el artista plástico Brion Gysin que había desarrollado una técnica de composición pictórica llamada cut-up, en la que intercambiaba grafismos, algo semejante al collage, Burroughs perfeccionó la técnica de Gysin y creo el Fold-in, él mismo explica el procedimiento:
Una página del texto, mío o ajeno, es doblada por en medio y situada en otra página, leyéndose entonces a través del texto compuesto, es decir la mitad de un texto y la mitad del otro. El método fold-in se extiende hasta escribir el flashback utilizado en las películas, permitiendo al escritor moverse hacia delante o hacia atrás en su pista temporal…
Con tal estructura la novela es un camino tortuoso en el que constantemente encontramos al aliento mordaz de la confusión, como un guardavías dormido, cuyo tren a vigilar se aproxima con luces hirientes de un amarillo casi plasmático, en orquestación de nuestro avanzar por la página apretada, con esos párrafos que son bloques, que son paredes. Porque la de Burroughs es una literatura de respuesta, de ataque, un singular alejamiento del espacio-tiempo coordinado, adecuado al sujeto: “Soy un aparato para grabar… No pretendo imponer “relato”, “argumento”, “continuidad”… En la medida en que consigo un registro directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta… No pretendo entretener…”
Aunque bajo esa afirmación de no entretener nos entretiene, porque es en ese punto que la habilidad del narrador reluce; la pretensión de Burroughs era inventar una nueva mitología para la era espacial, donde el hombre aceptara el dolor de vivir: “les presento a mi obra maestra: El norteamericano desangustiado perfecto” . Conocemos ya la distopía Huxley , un mundo completamente feliz es un mundo rendido al dominio predatorio, al control totalitario, la humanización, es decir el apoderamiento fatal del universo.
En El almuerzo desnudo William Lee es un agente de Islam S.A, un corporativo burocrático que ejerce mano dura de oligarca sobre Interzone, el país que es todo el mundo, donde las razas de la tierra conviven entre la abundancia de aromas producto de un pesado humo que cubre todo el paisaje, una brisa oscura, mezcla de drogas quemadas, guisos, gases humanos y animales. En un ambiente muy parecido al mundo globalizado, un amasijo de gente medio muerta, atados a procesos jurídicos y maliciosos tratamientos experimentales de control en manos del pervertido Dr. Benway, el psiquiatra perverso que practica con la mente humana la automatización obediente a partir de la transfiguración del cuerpo, su anhelo es conseguir un cuerpo manejable al cien por ciento, al que pueda tasajear, hacer a su conveniencia:
—¿Sabe?-dice impulsivamente-, me parece que voy a volver a la cirugía tradicional de toda la vida. El cuerpo humano es de una ineficiencia escandalosa. En vez de tener una boca y un ano que se estropean. ¿por qué no tenemos un solo agujero para todo, para comer y para eliminar? Podríamos ocluir boca y nariz, rellenar el estómago y hacer un agujero para el aire directamente en los pulmones, que es donde debía haber estado desde el principio.
El cuerpo del adicto, al transformarse en masa para modelar, es un territorio proscrito donde la medicina busca la limitación, no la posibilidad, en donde las emociones son aniquiladas por la psiquiatría y la carne representa sólo aquello que nos da unidad, uno es su cuerpo. En Interzone el cuerpo humano es la batalla por el control, entre Licuefaccionistas, Emisores, Divisionistas y Factualistas, que se disputan la manipulación, reduciendo ante todo, primero que nada, la carne humana a la obediencia burocrática.
La homosexualidad en Interzone es norma, pues en un lugar en el que se ha roto con el matriarcado distributivo, el homosexual es contraindicación a los valores budinescos de la sociedad americana. Toda criatura terrestre asegura su existencia a partir de la formación de nuevas familias que mantienen la continuidad de la especie; en el hombre la cultura condiciona el comportamiento de dichos núcleos para los que la reproducción sexual es el punto medular de su permanencia. Al homosexual que detiene este ciclo se le achaca un padecimiento antinatural, se le relega como a un apestado enemigo de la especie.
—¿Los homosexuales están clasificados como pervertidos?
—No. Recuerde el archipiélago de Bismark. No hay homosexualidad declarada. Un estad-policía que funcione no necesita policía. A nadie se le ocurre que la homosexualidad sea una conducta concebible… En un matriarcado, la homosexualidad es un delito político. Ninguna sociedad tolera el rechazo declarado de sus principios fundamentales. Aquí no estamos en ningún matriarcado.
La sociedad americana deposita su funcionamiento en el estereotipo de la familia yanqui, con roles de comportamiento para cada miembro del grupo; el papá, la mamá, los hijos y los abuelos con los que invaden los aparatos de televisión, el cine, la historieta y todas las conocidas formas por las que el estado norteamericano lleva a cabo la americanización del mundo, con la que impone una conducta estándar y el abuso de instituciones a individuos es premisa para quien controla los poderes.
El libro El almuerzo desnudo es la cronología de la enfermedad de la droga, estructurado con técnicas que resultan de experimentar factores que organizan la percepción de un adicto a la heroína cuando está colocado. Además si consideramos el prólogo, el apéndice, y si se cuenta con la edición donde el autor añadió un apartado sobre las drogas que ayudan a curar el síndrome de abstinencia, tenemos un documento único en su especie, en demasía ejemplificador de las tretas de los gobiernos, de los efectos, de las maneras, de la perversión psiquiátrica, de la voraz locura del mundo, de la gran histeria de los drogas.
SACA LA BACHA
Según uno de los postulados de la filosofía pesimista de mediados del siglo XX, el hombre es un animal monstruoso capaz de ser consiente de su muerte, esta condición lo hace caducó y lo conduce sin más ni más a un enfrentamiento deprimente, por inútil, con las condiciones que lo hacen un ser humano. Su naturaleza egoísta ocasiona que no cese de inventarse un origen y un destino, por estos conceptos desarrolló su podredumbre máxima: las metrópolis, la civilización. Los hombres del progreso son maquinaria intercambiable de la industria, los deseos que promueven regulan las fatalidades del poder y su ejecución. Muestra del mundo burocrático, en el que sin embargo nos aferramos a prevalecer, y ejemplo de una de sus artimañas para reducirnos, incluso antes del nacimiento de nuevas generaciones, es la obra literaria de William S. Burroughs, no se espere encontrar en sus párrafos una pizca de ingenuidad, un indicio de subordinación, pues sus libros operan en el gran sistema como la punta de una lanza que se encaja en el cuerpo acecino de la existencia que hemos heredado, tan insulsas, tan repulsiva.
William S. Burroghs murió en 1997, después de mantenerse alejado de Estados Unidos a raíz de haber asesinado a su esposa accidentalmente mientras jugaban a Guillermo Tell y él falló el tiro dejándole a Joan Vollmer una bala clavada entre ceja y ceja. Vivió en París, México y Tanger, la ciudad marroqui que tomó como prototipo de Interzone.
Era aficionado a las armas, incluso ostentaba una colección numerosa. Su hijo murió en los noventa de un pasón, filmó junto a Brion Gysin algunos cortometrajes basados en el cut-up. En ellos aparecen escenas grabadas en Paris de él y Gysin mientras caminan, pintan, conversan, en una repetición exasperante repleta de sonidos y palabras. Directores de cine como David Cronemberg y Gus Van Sant han utilizado sus novelas como argumentos de película, incluso él mismo aparece en varios films de los años setenta, ochenta y noventa.
Habremos de apagar la bacha, quedémonos a oscuras en la casa de los Jhonson y los mierdas, pero cuidado con las ganas de ponerse un arregle, porque: “La indiferencia no es ninguna alternativa, sólo la franca insistencia en que el uso de las drogas no será tolerado”.
Óscar Édgar López.
BIBLIOGRÁFIA
BURROUGHS, William, El almuerzo desnudo, España, Anagrama, 1997.
BURROUGHS, William, Yonqui, España, Anagrama, 1997.
BURROUGHS, William, MOTTRAND, Eric, Snack, España, Pre.textos, 1978.
BURROUGHS, William, Di no a la histeria de las drogas, en: revista Dosfilos, Zacatecas, México, Mayo-junio 1990, traducción de Pedro Moreno Salzar.
CIORAN, Emil, La caida en el tiempo, España, Tusquets, 1997.
RAMONET, Ignacio, La golosina virtual, España, Debate, 2001.
RIUS, Marihuana, cocaína y otros viajes, México, Grijalbo, 1998.
VARGAS, Hugo, Placeres y prohibiciones, www. Letraslibres.com, recuperado domingo 27 de Septiembre 2009.
BIBLIOGRÁFIA
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BURROUGHS, William, Yonqui, España, Anagrama, 1997.
BURROUGHS, William, MOTTRAND, Eric, Snack, España, Pre.textos, 1978.
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RAMONET, Ignacio, La golosina virtual, España, Debate, 2001.
RIUS, Marihuana, cocaína y otros viajes, México, Grijalbo, 1998.
VARGAS, Hugo, Placeres y prohibiciones, www. Letraslibres.com, recuperado domingo 27 de Septiembre 2009.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Y A POCO NO?

MALDITO ALCOHOL
VENENO QUE EMBRUTECE
ME QUEMAS LA GARGANTA
Y LUEGO ME ENLOQUECES.
MALDITO ALCOHOL
MIL VECES TE MALDIGO
TU ERES EL CAUSANTE
QUE ESTE HECHO UN MENDIGO.
QUISIERA YO PODER PODER
OLVIDARME DEL PASADO
CURARME LAS HERIDAS
QUE EL AMOR ME HA CAUSADO
ALEJARME DE ESTE MUNDO
DE PERVESOS DE MALVADOS.
MALDITO ALCOHOL
AMIGO Y CONFIDENTE
TU AHOGAS MI DOLOR
CUANDO MIS PENAS CRECEN.
QUISIERA YO PODER PODER...
JULIO JARAMILLO
martes, 15 de septiembre de 2009
satanás

SATANÁS
I
Al parecer lo que era luz
fue amplio resplandor de las cosas
que brillaron sin la oscuridad
del objeto mundano.
El envase de cerveza,
incluso su majestad la nube:
quebradizos esqueletos
del primer alumbramiento.
Pero como todo eso te será obvio,
te contaré de qué manera
conversan los peces:
hacen así y asá con una aleta
y asá y así con la otra,
como tú das vueltas en tu pecera de concreto.
Era una mascara el mediodía,
un holgado faldón para soterrar la tarde
en el ardor de un secreto por mí revelado,
por mí acontecido fue que lo vi de visto,
al Cristo apaleado fumar mi cigarro,
probarse mi sombrero,
escribirte la carta de este martes enlutado.
Te habló de la cajita socrática para el daimon,
copió un pétalo de flor y canto
donde bailó con su bondad ahogada.
Lo que ves arrugado,
removidas las letras por el borrador,
era una nota simple donde había escrito:
Querido Judas,
el ojo del universo no es infinito, pero sí la mirada,
tan eterno es el esplendor de lo visto
que garabateo sin descanso su nombre
aunque sobre el alma pesa el nombre mío,
es una Eva que todavía no sueña con el sapo,
pero no puede ser una bruja, sin la dulzura disidente,
es una chava loca que agarra la onda,
pero no puede ser la cariátide de ningún templo, con la cabeza tan erguida,
es una rubia bendita entre las rubias,
pero no es bálsamo para mordida de dragón,
por la amargura en que se hunde.
A esta mujer la componen cuatro triángulos
con nueve lunas gitanas
cosidas en una falda de mirtos,
el sol pasó su esmeril de orfebre
por la dermis para que radiara como él
y como él por la noche siguiera caliente,
en la medida de todo lo cálido.
Prometo encadenar el porvenir de mis visiones,
el ojo arrojará el trofeo,
seré de la tierra como es ella,
seré dentro de ella y fuera,
seré las cosas y lo que habla en las cosas,
tiempo sin calendario, estaciones sin nombre,
seré el estallido, la ráfaga de balas.
A nadie contaré lo que he visto.
II
Cualquier prado no es hogar para mi carne,
no preciso narcisos pero sí un amplio jardín
donde salir las mañanas
a orar el credo para las aves que persisten,
a plugar por mi desgracia encadenada
bajo todos los suelos del universo,
condenado como he vivido
mi revuelta no es ya la confusión,
aunque ahora comprendo al
vidente rubio que dictó
a su hija mi epopeya,
no persigo absolución para mi castigo,
el crimen llegó cuando me acusaron,
no es verdad que soy un renegado,
quería tan sólo algunos hilos
con los que juegas a bailar a esos tipos,
yo tampoco comprendo su pleitesía que los castiga,
escupo larvas cuando escuchó sus lamentos,
han llamado a las puertas de mi casa
para brotar de su vicio mi tormento,
no persigo más a la liebre del paraíso,
el tiempo vedó mi estirpe,
ahora soy de carne, de mármol,
de aluminio, de fibra, de pluma,
yo, al contrario de ti, nunca quise estar en todas partes.
III
En los días del diluvio
el barullo fue gotera,
fue relámpago, correr de agua fue,
apareció sin que mi escena diera fin,
en pleno escenario interrumpió mi pathos,
en pleno brote del zacate sacó las tijeras.
Me salvó de sujetar el cuello a la correa,
pero me quitó sus nalgas tan bonitas, tan redondas,
por usted no iré más a las fiestas de la familia,
ni estaré nervioso si el padre se emborracha y grita,
pero no tendrán barullo de hadas dulces mis tímpanos,
si el verbo deja de ser traicionero
y sede algo de su gloria a la ignorancia
de mis días precedentes,
daré amor empaquetado
en lustroso revoltijo de temores y papeles,
por supuesto:
se trató de amar a una mujer oscura, pero inocente.
Al parecer lo que era luz
fue amplio resplandor de las cosas
que brillaron sin la oscuridad
del objeto mundano.
El envase de cerveza,
incluso su majestad la nube:
quebradizos esqueletos
del primer alumbramiento.
Pero como todo eso te será obvio,
te contaré de qué manera
conversan los peces:
hacen así y asá con una aleta
y asá y así con la otra,
como tú das vueltas en tu pecera de concreto.
Era una mascara el mediodía,
un holgado faldón para soterrar la tarde
en el ardor de un secreto por mí revelado,
por mí acontecido fue que lo vi de visto,
al Cristo apaleado fumar mi cigarro,
probarse mi sombrero,
escribirte la carta de este martes enlutado.
Te habló de la cajita socrática para el daimon,
copió un pétalo de flor y canto
donde bailó con su bondad ahogada.
Lo que ves arrugado,
removidas las letras por el borrador,
era una nota simple donde había escrito:
Querido Judas,
el ojo del universo no es infinito, pero sí la mirada,
tan eterno es el esplendor de lo visto
que garabateo sin descanso su nombre
aunque sobre el alma pesa el nombre mío,
es una Eva que todavía no sueña con el sapo,
pero no puede ser una bruja, sin la dulzura disidente,
es una chava loca que agarra la onda,
pero no puede ser la cariátide de ningún templo, con la cabeza tan erguida,
es una rubia bendita entre las rubias,
pero no es bálsamo para mordida de dragón,
por la amargura en que se hunde.
A esta mujer la componen cuatro triángulos
con nueve lunas gitanas
cosidas en una falda de mirtos,
el sol pasó su esmeril de orfebre
por la dermis para que radiara como él
y como él por la noche siguiera caliente,
en la medida de todo lo cálido.
Prometo encadenar el porvenir de mis visiones,
el ojo arrojará el trofeo,
seré de la tierra como es ella,
seré dentro de ella y fuera,
seré las cosas y lo que habla en las cosas,
tiempo sin calendario, estaciones sin nombre,
seré el estallido, la ráfaga de balas.
A nadie contaré lo que he visto.
II
Cualquier prado no es hogar para mi carne,
no preciso narcisos pero sí un amplio jardín
donde salir las mañanas
a orar el credo para las aves que persisten,
a plugar por mi desgracia encadenada
bajo todos los suelos del universo,
condenado como he vivido
mi revuelta no es ya la confusión,
aunque ahora comprendo al
vidente rubio que dictó
a su hija mi epopeya,
no persigo absolución para mi castigo,
el crimen llegó cuando me acusaron,
no es verdad que soy un renegado,
quería tan sólo algunos hilos
con los que juegas a bailar a esos tipos,
yo tampoco comprendo su pleitesía que los castiga,
escupo larvas cuando escuchó sus lamentos,
han llamado a las puertas de mi casa
para brotar de su vicio mi tormento,
no persigo más a la liebre del paraíso,
el tiempo vedó mi estirpe,
ahora soy de carne, de mármol,
de aluminio, de fibra, de pluma,
yo, al contrario de ti, nunca quise estar en todas partes.
III
En los días del diluvio
el barullo fue gotera,
fue relámpago, correr de agua fue,
apareció sin que mi escena diera fin,
en pleno escenario interrumpió mi pathos,
en pleno brote del zacate sacó las tijeras.
Me salvó de sujetar el cuello a la correa,
pero me quitó sus nalgas tan bonitas, tan redondas,
por usted no iré más a las fiestas de la familia,
ni estaré nervioso si el padre se emborracha y grita,
pero no tendrán barullo de hadas dulces mis tímpanos,
si el verbo deja de ser traicionero
y sede algo de su gloria a la ignorancia
de mis días precedentes,
daré amor empaquetado
en lustroso revoltijo de temores y papeles,
por supuesto:
se trató de amar a una mujer oscura, pero inocente.
IV
Confiscada la piratería
que ironía que ironía
saldrán a vender más los viejos
parroquianos de la copia maestra,
encontrados la divina mendicidad
y el pulcro derroche
armaran revuelo los duques,
los condenados y los presos,
ya el cuerpo reciente las espinas de la cama,
es hora de saludar a la mañana hedionda,
el día hediondo, el autobús hediondo.
Sonríale si quiere a las margaritas
rotas que lo asaltan en los semáforos,
esos fantasmas de hule que no soñaron
Sor Juana ni Byron.
Pero que en su viaje al leteo,
Lucifer sí conoció encaramadas en su lecho
de rosas negras y aromáticos servicios
de té japonés.
Porque estoy convencido de que es el más dulce de los ángeles,
le ofrezco el latido de la fría tarde y el zumbido rapaz
de la autopista y la desgracia
de las nubes apelmazadas.
Para que nos procure el olvido feroz
con que castigan los reyes a los súbditos,
con que aceptó Moctezuma la sumisión de los antiguos,
con la que me siento en la fuente a esperar
a que llegue de no sé donde y a no sé qué,
pero ebria y diciendo en mi oreja:
me quiero picar la vena,
cuando sienta la punta dentro del musculo
bendeciré la maravillosa oportunidad de aniquilarme
y nadie estará ahí para pergeñar las gracias de la tierra,
sólo laudes y guitarras eléctricas chillarán
en la mecánica noche del bien morir,
estoy listo, venga la estocada épica
del aguijón, venga el derrotero continuo
de mis esfuerzos, venga el amigo fracaso
a dormirme entre sus brazos.
V
Qué es la raíz de la flor
sino una condena que aferra
la dulzura del color a la tierra,
y qué el amor sino otra
cara de el hambre de los cuerpos,
y qué el hambre de los cuerpos:
nostalgia de lo que no se dio,
cosquillas arrepentidas todo el día.
Elijo tu providencia de pantalla,
porque es adorable
como una nube que
dispersa el humus en los parques,
nuestra conversación de confesionario,
nuestros secretos palpitados,
puestos ahí, a la usura de los incrédulos.
Si observaras la flor de la embriagues
que me hace pensar en Kleist,
te escribiría como él cartas largas a Enriqueta,
quizá podría hacerte soñar
mañanas mandarinas
con la complicidad de la bala que se entierra.
VI
Contempla los arbustos enraizar
ansia oscura,
haz como las hormigas:
guarda en lo ajeno.
Tibio licor en el saco,
un trago rápido para adormecer,
uno largo para despistar.
Por el oriente
hacia la punta de tus pies
no hay sol que apueste
en el mismo juego de obscurecer.
Es el tedio la mano tendida del engaño,
usted y yo la palma que busca estrecharse,
usted manía de escarabajos,
yo líquenes de no ver,
espejuelos simétricos,
usted la calma,
yo el ansia domesticada,
usted usted usted
y yo.
VII
Un ave murió en el patio,
cambié el frio lecho de su finitud
por la tersura del cartón
de una caja de zapatos.
La caja trinaba,
me acerqué para desmentir el milagro
y calló por fuerza del canto
de diez aves la tapa.
Vibró en mí lo que es y no cascara
de odio que odiaba al esperpento,
los pájaros alzar las alas no podían
cantaban, cantaban, cantaban.
De madrugada era cuando abrí
el nido no formado,
volaron cenizas por la ventana.
Vienen las aves las tardes todas aquí,
vienen volando en la negritud
¿traerán mis ojos
que se llevaron de aquí?
VIII
Ciempies azul
camina la mitad del sí
la mitad del no
fabulosa estrella
centrifuga su risa
en el pavimento
será verdad
lo que sueñan
los hombres
atrapar moscas
ya es la guerra
y reír ancho
ampliar cínico el desquicio
decir te amo
vacuidad de palo
para vientos huecos.
IX
Para descorazonar una manzana
hay que purificar la cuchilla
que penetra al fruto
de la conciencia y de el culo.
Cuchilla enhiesta
en la izquierda profana,
la pulpa revelada,
centro de una vagina amplia,
ejemplifica.
Corta la mano filosa,
imaginó como de costumbre
la Avenida Juárez de todo el país
chillar el alarido herido
de la orfandad sacra en el hurto.
X
¿Por qué no te corto como a la manzana
el corazón con mi mohoso cuchillo
cubierto de espinas que curan?
¿Por qué cifro la sintaxis en
versos que nacen del deseo
y no de la conciencia?
¿Y el escondrijo de la rata esta,
acechar por oficio el recuerdo
de tus, simplemente, dulces gestos?
Confiscada la piratería
que ironía que ironía
saldrán a vender más los viejos
parroquianos de la copia maestra,
encontrados la divina mendicidad
y el pulcro derroche
armaran revuelo los duques,
los condenados y los presos,
ya el cuerpo reciente las espinas de la cama,
es hora de saludar a la mañana hedionda,
el día hediondo, el autobús hediondo.
Sonríale si quiere a las margaritas
rotas que lo asaltan en los semáforos,
esos fantasmas de hule que no soñaron
Sor Juana ni Byron.
Pero que en su viaje al leteo,
Lucifer sí conoció encaramadas en su lecho
de rosas negras y aromáticos servicios
de té japonés.
Porque estoy convencido de que es el más dulce de los ángeles,
le ofrezco el latido de la fría tarde y el zumbido rapaz
de la autopista y la desgracia
de las nubes apelmazadas.
Para que nos procure el olvido feroz
con que castigan los reyes a los súbditos,
con que aceptó Moctezuma la sumisión de los antiguos,
con la que me siento en la fuente a esperar
a que llegue de no sé donde y a no sé qué,
pero ebria y diciendo en mi oreja:
me quiero picar la vena,
cuando sienta la punta dentro del musculo
bendeciré la maravillosa oportunidad de aniquilarme
y nadie estará ahí para pergeñar las gracias de la tierra,
sólo laudes y guitarras eléctricas chillarán
en la mecánica noche del bien morir,
estoy listo, venga la estocada épica
del aguijón, venga el derrotero continuo
de mis esfuerzos, venga el amigo fracaso
a dormirme entre sus brazos.
V
Qué es la raíz de la flor
sino una condena que aferra
la dulzura del color a la tierra,
y qué el amor sino otra
cara de el hambre de los cuerpos,
y qué el hambre de los cuerpos:
nostalgia de lo que no se dio,
cosquillas arrepentidas todo el día.
Elijo tu providencia de pantalla,
porque es adorable
como una nube que
dispersa el humus en los parques,
nuestra conversación de confesionario,
nuestros secretos palpitados,
puestos ahí, a la usura de los incrédulos.
Si observaras la flor de la embriagues
que me hace pensar en Kleist,
te escribiría como él cartas largas a Enriqueta,
quizá podría hacerte soñar
mañanas mandarinas
con la complicidad de la bala que se entierra.
VI
Contempla los arbustos enraizar
ansia oscura,
haz como las hormigas:
guarda en lo ajeno.
Tibio licor en el saco,
un trago rápido para adormecer,
uno largo para despistar.
Por el oriente
hacia la punta de tus pies
no hay sol que apueste
en el mismo juego de obscurecer.
Es el tedio la mano tendida del engaño,
usted y yo la palma que busca estrecharse,
usted manía de escarabajos,
yo líquenes de no ver,
espejuelos simétricos,
usted la calma,
yo el ansia domesticada,
usted usted usted
y yo.
VII
Un ave murió en el patio,
cambié el frio lecho de su finitud
por la tersura del cartón
de una caja de zapatos.
La caja trinaba,
me acerqué para desmentir el milagro
y calló por fuerza del canto
de diez aves la tapa.
Vibró en mí lo que es y no cascara
de odio que odiaba al esperpento,
los pájaros alzar las alas no podían
cantaban, cantaban, cantaban.
De madrugada era cuando abrí
el nido no formado,
volaron cenizas por la ventana.
Vienen las aves las tardes todas aquí,
vienen volando en la negritud
¿traerán mis ojos
que se llevaron de aquí?
VIII
Ciempies azul
camina la mitad del sí
la mitad del no
fabulosa estrella
centrifuga su risa
en el pavimento
será verdad
lo que sueñan
los hombres
atrapar moscas
ya es la guerra
y reír ancho
ampliar cínico el desquicio
decir te amo
vacuidad de palo
para vientos huecos.
IX
Para descorazonar una manzana
hay que purificar la cuchilla
que penetra al fruto
de la conciencia y de el culo.
Cuchilla enhiesta
en la izquierda profana,
la pulpa revelada,
centro de una vagina amplia,
ejemplifica.
Corta la mano filosa,
imaginó como de costumbre
la Avenida Juárez de todo el país
chillar el alarido herido
de la orfandad sacra en el hurto.
X
¿Por qué no te corto como a la manzana
el corazón con mi mohoso cuchillo
cubierto de espinas que curan?
¿Por qué cifro la sintaxis en
versos que nacen del deseo
y no de la conciencia?
¿Y el escondrijo de la rata esta,
acechar por oficio el recuerdo
de tus, simplemente, dulces gestos?
domingo, 16 de agosto de 2009
ESE CHICO CHE SABÍA DE LO BUENO

Pues dandome un rol en esta telaraña-internet, encontré una sabrosa cumbia del que ya era mi cumbiero favorito CHICO CHE; su ritmo es contagioso, su letra ingeniosa y precisa, sus chistes mamonsísimos, su vestuario curioso, este si es el pinche rey de la cumbia y pa' acabar le compuso una rola a mi unico amor Mary jane.
aqui tienen la letra de "La mata de mota" y si pueden metanse a la página a escucuchar este cumbión en honor a todos los adoradores de santa juanita.
LA MATA DE MOTA
EN UNA MATA DE MOTA
MI HAMACA YO LA COLGUE
Y COMO ESTABA GRANDOTA
A SU RAMA YO ME TREPÉ.
EMEPECE A CORTAR SUS HOJAS
UN CARRUJO YO FORJÉ
CUANDO LLEGO LA TIRA
JUNTO CON ELLOS ME LA TRONÉ.
¡PERO HAY QUE RICA SÍ QUE ESTA LA MOTA!
YO NO LE HAGO NO A OTRA COSA
YO LA FUMO SÍ CON MI NEGRA
PERO QUE RICA SI QUE ESTA LA YERBA.
EMEPECE A CORTAR SUS HOJAS
UN CARRUJO YO FORJÉ
CUANDO LLEGO LA FLOTA
CUANDO LLEGO LA FLOTA
JUNTO CON ELLOS ME LA TRONÉ.
PERO AY QUE RICA SI
YO NO LE HAGO NO
A OTRA COSA
YO LA FUMO SI
CON MI NEGRA
PERO HAY QUE CHIDA SI
QUE CHIDA ESTA LA YERBA.
sábado, 1 de agosto de 2009
OTRO CUENTO
SOLUCIÓN SENSILLA A UN PROBLEMA COMPLICADO
Habíamos llevado hasta la orilla del mar un par de sillas, veíamos a las olas estrellarse, luego a la espuma retornar al océano. Sentía que los cangrejos, los mosquitos, todas las otras criaturas hacían lo mismo, que se detenían en un punto apacible y contemplaban al jefe mar rugir poderoso, imponiendo su presencia como un viejo que detesta las visitas.
Marcela me había invitado a pesar de que le confesé que no me gustaba viajar, a pesar incluso de que no tenía un peso en la bolsa, me rogó para que la acompañara. Pensé que estaría bien si salía un momento de mi casa, que podría pasar una semana muy cómoda en el mar, con todos los caprichos pagados.
Fuimos a la playa con Antulio y Mersilda, una pareja de maestros universitarios que eran amantes y no podían frecuentarse con libertad en la ciudad; Clara, hermana del maestro, Miriam una niña de siete años, sobrina de Marsela, ella y yo.
Por suerte Mersilda había pedido prestada una camioneta a su padre, no tuvimos que lidiar con los transportes públicos, pero sí con el endemoniado compac de los veinte éxitos de Barney que la ridícula sobrina adoraba; alcancé a contar cinco re inicios, más seis del track quince que la chiquilla cantaba con especial tono de rata atrapada.
Marsela iba a mi lado, la estimaba, pasaba buenos ratos de risa, me excitaban mucho sus senos enormes, en realidad enormes, me regalaba cerveza de su bar, me compraba coca los sábados, aunque ella no inhalara, sólo para que mantuviera firme el palo. Ponía la mano sobre mis huevos, los acariciaba cuando se hacia la dormida, con la cabeza apoyada en mi hombro, se creía que aquello me gustaba, hacerme sentir como el muñeco en el pastel de la boda.
Clara se había sentado a un lado de Marsela, con ella terminé de convencerme de viajar, la conocí mientras subía el equipaje a la camioneta e intentaba contestar las miles de preguntas que me hacia Miriam; llegó con su hermano, era bonita como un adagio de Shubert y como todo lo que es contrario a la feo. Mientras las ruedas nos conducían fuera de la ciudad me gustó verla recargada en la ventanilla, reír con la plática de su hermano, dejándome ver la hermosa sonrisa que coronaban la blancura de su piel y los grandes y brillantes ojos claros con los que iluminó la impaciencia que me producía Marsela, todo el tiempo besando mis mejilas, el cuello, las orejas.
La primera noche en la playa, cuando terminamos de cenar y habíamos bebido unos tequilas, Mersilda y Antulio se perdieron en el prolongado litoral, Clara se había sentado a un lado de la modesta fogata que hicimos para cocinar, veía las llamas crecer alimentadas por los vientos de la próxima tormenta, semejaba tanto a una estatua del Quatrocento. Marsela y yo estábamos frente al mar sentados en las sillas que el dueño de una ostionería nos rentó por cincuenta pesos. La luna era norme y resaltaba la silueta espesa de la selva. Estaba aburrido de la plática de Marsela, de su aparente estilo desenfadado de vivir, un estilo en el que imperaba hacer notar a los demás que vivían mal, que lo correcto era fingir respeto por la vida, este respeto consistía en exagerar el hipócrita miedo a la destrucción del mundo. Ella todo el tiempo pregonaba el derecho de los animales y las plantas, pero no entendía la mínima diferencia entre arbusto y matorral.
Fingí que tenía sueño y que no podía seguir contemplando la noche. Dentro de la casa de campaña acomodé unas cobijas para acostarme, ya debajo de ellas sentí a Marsela que abría la puerta, se desnudaba y comenzaba a tocarme, ella había creído que la estaría esperando, pero sólo quería descansar de su palabrería, de su “buena vibra”.
Me hice el dormido, se vistió y fue a la otra casa de campaña con la sobrina. Cuando noté que todos se habían acostado la imaginación me hizo prever que si me arriesgaba tendría suerte con Clara, había notado que me veía cuando Marsela me tenía atrapado en su melcocha, su mirada era compasiva, yo leí en ella: ven conmigo.
Abrí el cierre de la casa donde ella dormía y la encontré despierta, me dijo hola, acostada con la mano izquierda sosteniendo su cabeza. Me acerqué a sus labios, le besé el cuello, ya estaba en sus pezones cuando me apartó para pedirme que saliéramos a caminar, a conocer el pueblo, agregó ya dando los primeros pasos.
Apenas habíamos avanzado unos metros escuchamos que nos llamaban, era Miriam, venía corriendo, le pidió a Clara que la lleváramos, ya se habían entendido en el viaje, aceptó contenta y no pude negarme.
Caminamos casi un kilometro hasta el pueblo, hacía calor, sólo había algunos niños y ancianos en las entradas de sus casas, acostados en hamacas, fumando o bebiendo licor. Uno de ellos, que ya se veía muy viejo, nos pidió que nos acercáramos a donde la parca luz de una vela alumbraba de manera muy escueta la habitación de carrizos y palmas.
El viejo nos saludó con mucha cortesía, se puso de pie para darnos la mano y nos invitó a sentarnos con él. Miriam quería que siguiéramos el paseo pero yo y Clara necesitábamos beber el ron que nos había servido.
El anciano dijo que se llamaba José, estaba tan borracho que batallaba mucho para armar una frase, no podía tenerse en pie, canturreaba cumbias y hablaba con su perro, una criatura enorme, como un san Bernardo pero de pelaje liso y negro. La bestia esperaba aburrida a que el amo se metiera a la cama, soportaba sus arrumacos con la jetas colgadas en evidente gesto de enfado.
Miriam se levantó para acariciar al perro, el animal luego de gruñir y ladrar se abalanzó a ella, le clavó los dientes en el cuello y la zarandeó como si fuera un jergón de la cocina. El viejo intentó desprenderla de las fauces de su monstruo pero estaba aferrado a darle la muerte.
Miriam resistió el ataque, el perro la soltó cuando lo golpeé con un remo de lancha que estaba por ahí. Le clavó los colmillos en el rostro, la sangre que le salía con borbotones tiñó el piso de concreto blanco del anciano. La niña se había desmayado por el dolor o había muerto por toda la sangre que perdió, no lo sé.
Clara la estrechó contra su pecho mientras corría a la clínica de la comunidad, una casa de piedra con una camilla, una doctora vieja que no quería abrir y algunas medicinas. Está muerta, nos dijo al más puro estilo medico sin compasión y nos la entregó envuelta en una sábana, limpias las heridas.
El viejo no fue con nosotros ni quisimos reclamarle, en realidad él no era culpable y nosotros teníamos el lió gigantesco de contárselo a Marsela como para exigir algo imposible. La doctora se ofreció llevarnos al campamento. Le habíamos mentido, ella creía que clara y yo éramos los padres de la nena, la sensibilidad anestesiada del quirófano se le aflojó un poco y una vez que le pedimos que nos bajara nos regaló quinientos pesos, para que la entierren como es debido, agregó antes de pisar el acelerador.
Marsela ya estaba histérica porque no encontraba a Miriam, los profesores también dejaron el lecho amatorio para buscarnos y no habían regresado. Le dije a Clara que no podíamos contarle la verdad, que nos culparía por no avisarle que llevaríamos a la niña, quizá cuando los padres se enteraran nos meterían a todos a la cárcel. pero ya todo el pueblo estaría con el chisme del ataque del perro de don José y sí Marsela cruzaba palabra con algún lugareño lo descubriría todo.
La veíamos a pocos metros ir de un lugar a otro llorando, detrás de unas palmeras decidimos inventar una historia menos cruel en apariencia, pero que escondería su verdad repugnante bajo el sabor de un delicioso platillo costero.
Escondimos el cuerpo entre la maleza, lo cubrimos con hojas de plátano. El taxista que nos regresó al pueblo nos dijo que tuviéramos cuidado porque a esas horas algunos animales bajan a la carretera. Con los quinientos pesos compré un cuchillo de carnicero, un cazo grande e ingredientes para una paella de diez porciones, además el viaje de vuelta a la playa, cerca de la hierba donde habíamos dejado el cadáver.
Lo descuartizamos, lo deshuesamos y preparamos un platillo suculento, parecido a la paella pero con muchísima carne, parecía más una porción de birria de pozo. Los sobrantes los enterramos en una fosa profunda que cavamos entre los dos ayudados de palos y rocas, ahí mismo pusimos la ceniza de la fogata con que cocinamos y la ropa de la niña y su cabeza que no quisimos abrir.
Con el tazón entre las manos saludamos a Marcela, yo no podía controlar los nervios, la voz se me quebró un poco cuando le dije que habíamos ido al pueblo a comprar aquella ración de birria costera. Marcela nos dijo que Miriam había desaparecido, fingimos alarma y nos pusimos a buscarla como si en verdad ignoráramos donde estaba.
Dejámos pasar un par de horas, los profesores volvieron, venían del pueblo y cuando lo mencionaron sentí un escalofrío repulsivo, pero nadie les había contado del perro ni de la doctora, parecía que no estábamos en una tierra de soplones. Clara se acercó a nosotros cuando discutíamos si avisarle a los marinos del faro o a la policía del pueblo; allá me encontré su ropa en una piedra, nos dijo a todos en una actuación fabulosa, con lágrimas de verdad, que le brotaban de veras por la muerte de la niña y por las mentiras que la habían envuelto.
Sobre la piedra estaba la blusa y la falda, Marcela calló en la trampa y cuando llegó la policía, porque había decidido hablarles, les contó que la niña se había salido de la casa en la noche para jugar en el mar y que seguramente se había ahogado. Es frecuente que esto pase dijeron los oficiales cuando se marchaban. El equipo de buceo no encontró el cadáver y en tres horas cesó la búsqueda.
Marcela no habló con nadie, sólo lloraba. Al amanecer, cuando todos nos habíamos levantado y preparábamos las cosas para irnos, le dije a Clara que hiciéramos fuego para calentar el estofado, ella me miró con asco, pendejo, me dijo casi en silencio.
Le pedí a Antulio que me ayudara, le dimos fuego al banquete y entre los dos casi terminamos con el guiso. Los primeros bocados me dieron asco, después decidí creerme que aquello era carne de cerdo, pues sabía muy parecido. Antulio incluso insistía en que le dijera en qué restaurante lo habíamos comprado, como si pudiera volver algún día por más. Ni Clara, ni Mersilda ni Marcela quisieron de la fabulosa comida, así que preparé unos emparedados con los sobrantes para el camino.
La carretera fue un doloroso viaje al hastío, Marcela no paró el llanto, pretendía que aliviara un poco su dolor pero yo había tenido suficiente dolor también, a mi tampoco me había gustado descubrir mi frialdad y mi desinterés por la vida ajena, aunque toda existencia es ajena si lo consideramos unos minutos.
Meses después supe que Marcela había roto toda relación con sus parientes y que se había quedado algo loca, que andaba por las calles preguntando por la sobrina, como si fuese una de esas niñas secuestradas, de esto me mantenía al tanto Antulio con el que había hecho buena amistad desde el viaje y al que me interesaba tener cerca por su hermana, porque a pesar del asco que fingía tenerme también rebanó y deshueso a la chiquilla, había decidido también ir conmigo al pueblo.
Antulio me contó que Clara había guardado el disco de Barney y que lo escuchaba casi todas las noches, antes de dormir.
Marcela me había invitado a pesar de que le confesé que no me gustaba viajar, a pesar incluso de que no tenía un peso en la bolsa, me rogó para que la acompañara. Pensé que estaría bien si salía un momento de mi casa, que podría pasar una semana muy cómoda en el mar, con todos los caprichos pagados.
Fuimos a la playa con Antulio y Mersilda, una pareja de maestros universitarios que eran amantes y no podían frecuentarse con libertad en la ciudad; Clara, hermana del maestro, Miriam una niña de siete años, sobrina de Marsela, ella y yo.
Por suerte Mersilda había pedido prestada una camioneta a su padre, no tuvimos que lidiar con los transportes públicos, pero sí con el endemoniado compac de los veinte éxitos de Barney que la ridícula sobrina adoraba; alcancé a contar cinco re inicios, más seis del track quince que la chiquilla cantaba con especial tono de rata atrapada.
Marsela iba a mi lado, la estimaba, pasaba buenos ratos de risa, me excitaban mucho sus senos enormes, en realidad enormes, me regalaba cerveza de su bar, me compraba coca los sábados, aunque ella no inhalara, sólo para que mantuviera firme el palo. Ponía la mano sobre mis huevos, los acariciaba cuando se hacia la dormida, con la cabeza apoyada en mi hombro, se creía que aquello me gustaba, hacerme sentir como el muñeco en el pastel de la boda.
Clara se había sentado a un lado de Marsela, con ella terminé de convencerme de viajar, la conocí mientras subía el equipaje a la camioneta e intentaba contestar las miles de preguntas que me hacia Miriam; llegó con su hermano, era bonita como un adagio de Shubert y como todo lo que es contrario a la feo. Mientras las ruedas nos conducían fuera de la ciudad me gustó verla recargada en la ventanilla, reír con la plática de su hermano, dejándome ver la hermosa sonrisa que coronaban la blancura de su piel y los grandes y brillantes ojos claros con los que iluminó la impaciencia que me producía Marsela, todo el tiempo besando mis mejilas, el cuello, las orejas.
La primera noche en la playa, cuando terminamos de cenar y habíamos bebido unos tequilas, Mersilda y Antulio se perdieron en el prolongado litoral, Clara se había sentado a un lado de la modesta fogata que hicimos para cocinar, veía las llamas crecer alimentadas por los vientos de la próxima tormenta, semejaba tanto a una estatua del Quatrocento. Marsela y yo estábamos frente al mar sentados en las sillas que el dueño de una ostionería nos rentó por cincuenta pesos. La luna era norme y resaltaba la silueta espesa de la selva. Estaba aburrido de la plática de Marsela, de su aparente estilo desenfadado de vivir, un estilo en el que imperaba hacer notar a los demás que vivían mal, que lo correcto era fingir respeto por la vida, este respeto consistía en exagerar el hipócrita miedo a la destrucción del mundo. Ella todo el tiempo pregonaba el derecho de los animales y las plantas, pero no entendía la mínima diferencia entre arbusto y matorral.
Fingí que tenía sueño y que no podía seguir contemplando la noche. Dentro de la casa de campaña acomodé unas cobijas para acostarme, ya debajo de ellas sentí a Marsela que abría la puerta, se desnudaba y comenzaba a tocarme, ella había creído que la estaría esperando, pero sólo quería descansar de su palabrería, de su “buena vibra”.
Me hice el dormido, se vistió y fue a la otra casa de campaña con la sobrina. Cuando noté que todos se habían acostado la imaginación me hizo prever que si me arriesgaba tendría suerte con Clara, había notado que me veía cuando Marsela me tenía atrapado en su melcocha, su mirada era compasiva, yo leí en ella: ven conmigo.
Abrí el cierre de la casa donde ella dormía y la encontré despierta, me dijo hola, acostada con la mano izquierda sosteniendo su cabeza. Me acerqué a sus labios, le besé el cuello, ya estaba en sus pezones cuando me apartó para pedirme que saliéramos a caminar, a conocer el pueblo, agregó ya dando los primeros pasos.
Apenas habíamos avanzado unos metros escuchamos que nos llamaban, era Miriam, venía corriendo, le pidió a Clara que la lleváramos, ya se habían entendido en el viaje, aceptó contenta y no pude negarme.
Caminamos casi un kilometro hasta el pueblo, hacía calor, sólo había algunos niños y ancianos en las entradas de sus casas, acostados en hamacas, fumando o bebiendo licor. Uno de ellos, que ya se veía muy viejo, nos pidió que nos acercáramos a donde la parca luz de una vela alumbraba de manera muy escueta la habitación de carrizos y palmas.
El viejo nos saludó con mucha cortesía, se puso de pie para darnos la mano y nos invitó a sentarnos con él. Miriam quería que siguiéramos el paseo pero yo y Clara necesitábamos beber el ron que nos había servido.
El anciano dijo que se llamaba José, estaba tan borracho que batallaba mucho para armar una frase, no podía tenerse en pie, canturreaba cumbias y hablaba con su perro, una criatura enorme, como un san Bernardo pero de pelaje liso y negro. La bestia esperaba aburrida a que el amo se metiera a la cama, soportaba sus arrumacos con la jetas colgadas en evidente gesto de enfado.
Miriam se levantó para acariciar al perro, el animal luego de gruñir y ladrar se abalanzó a ella, le clavó los dientes en el cuello y la zarandeó como si fuera un jergón de la cocina. El viejo intentó desprenderla de las fauces de su monstruo pero estaba aferrado a darle la muerte.
Miriam resistió el ataque, el perro la soltó cuando lo golpeé con un remo de lancha que estaba por ahí. Le clavó los colmillos en el rostro, la sangre que le salía con borbotones tiñó el piso de concreto blanco del anciano. La niña se había desmayado por el dolor o había muerto por toda la sangre que perdió, no lo sé.
Clara la estrechó contra su pecho mientras corría a la clínica de la comunidad, una casa de piedra con una camilla, una doctora vieja que no quería abrir y algunas medicinas. Está muerta, nos dijo al más puro estilo medico sin compasión y nos la entregó envuelta en una sábana, limpias las heridas.
El viejo no fue con nosotros ni quisimos reclamarle, en realidad él no era culpable y nosotros teníamos el lió gigantesco de contárselo a Marsela como para exigir algo imposible. La doctora se ofreció llevarnos al campamento. Le habíamos mentido, ella creía que clara y yo éramos los padres de la nena, la sensibilidad anestesiada del quirófano se le aflojó un poco y una vez que le pedimos que nos bajara nos regaló quinientos pesos, para que la entierren como es debido, agregó antes de pisar el acelerador.
Marsela ya estaba histérica porque no encontraba a Miriam, los profesores también dejaron el lecho amatorio para buscarnos y no habían regresado. Le dije a Clara que no podíamos contarle la verdad, que nos culparía por no avisarle que llevaríamos a la niña, quizá cuando los padres se enteraran nos meterían a todos a la cárcel. pero ya todo el pueblo estaría con el chisme del ataque del perro de don José y sí Marsela cruzaba palabra con algún lugareño lo descubriría todo.
La veíamos a pocos metros ir de un lugar a otro llorando, detrás de unas palmeras decidimos inventar una historia menos cruel en apariencia, pero que escondería su verdad repugnante bajo el sabor de un delicioso platillo costero.
Escondimos el cuerpo entre la maleza, lo cubrimos con hojas de plátano. El taxista que nos regresó al pueblo nos dijo que tuviéramos cuidado porque a esas horas algunos animales bajan a la carretera. Con los quinientos pesos compré un cuchillo de carnicero, un cazo grande e ingredientes para una paella de diez porciones, además el viaje de vuelta a la playa, cerca de la hierba donde habíamos dejado el cadáver.
Lo descuartizamos, lo deshuesamos y preparamos un platillo suculento, parecido a la paella pero con muchísima carne, parecía más una porción de birria de pozo. Los sobrantes los enterramos en una fosa profunda que cavamos entre los dos ayudados de palos y rocas, ahí mismo pusimos la ceniza de la fogata con que cocinamos y la ropa de la niña y su cabeza que no quisimos abrir.
Con el tazón entre las manos saludamos a Marcela, yo no podía controlar los nervios, la voz se me quebró un poco cuando le dije que habíamos ido al pueblo a comprar aquella ración de birria costera. Marcela nos dijo que Miriam había desaparecido, fingimos alarma y nos pusimos a buscarla como si en verdad ignoráramos donde estaba.
Dejámos pasar un par de horas, los profesores volvieron, venían del pueblo y cuando lo mencionaron sentí un escalofrío repulsivo, pero nadie les había contado del perro ni de la doctora, parecía que no estábamos en una tierra de soplones. Clara se acercó a nosotros cuando discutíamos si avisarle a los marinos del faro o a la policía del pueblo; allá me encontré su ropa en una piedra, nos dijo a todos en una actuación fabulosa, con lágrimas de verdad, que le brotaban de veras por la muerte de la niña y por las mentiras que la habían envuelto.
Sobre la piedra estaba la blusa y la falda, Marcela calló en la trampa y cuando llegó la policía, porque había decidido hablarles, les contó que la niña se había salido de la casa en la noche para jugar en el mar y que seguramente se había ahogado. Es frecuente que esto pase dijeron los oficiales cuando se marchaban. El equipo de buceo no encontró el cadáver y en tres horas cesó la búsqueda.
Marcela no habló con nadie, sólo lloraba. Al amanecer, cuando todos nos habíamos levantado y preparábamos las cosas para irnos, le dije a Clara que hiciéramos fuego para calentar el estofado, ella me miró con asco, pendejo, me dijo casi en silencio.
Le pedí a Antulio que me ayudara, le dimos fuego al banquete y entre los dos casi terminamos con el guiso. Los primeros bocados me dieron asco, después decidí creerme que aquello era carne de cerdo, pues sabía muy parecido. Antulio incluso insistía en que le dijera en qué restaurante lo habíamos comprado, como si pudiera volver algún día por más. Ni Clara, ni Mersilda ni Marcela quisieron de la fabulosa comida, así que preparé unos emparedados con los sobrantes para el camino.
La carretera fue un doloroso viaje al hastío, Marcela no paró el llanto, pretendía que aliviara un poco su dolor pero yo había tenido suficiente dolor también, a mi tampoco me había gustado descubrir mi frialdad y mi desinterés por la vida ajena, aunque toda existencia es ajena si lo consideramos unos minutos.
Meses después supe que Marcela había roto toda relación con sus parientes y que se había quedado algo loca, que andaba por las calles preguntando por la sobrina, como si fuese una de esas niñas secuestradas, de esto me mantenía al tanto Antulio con el que había hecho buena amistad desde el viaje y al que me interesaba tener cerca por su hermana, porque a pesar del asco que fingía tenerme también rebanó y deshueso a la chiquilla, había decidido también ir conmigo al pueblo.
Antulio me contó que Clara había guardado el disco de Barney y que lo escuchaba casi todas las noches, antes de dormir.
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